Han pasado dos semanas desde aquel domingo en la poza. Dos semanas de miradas que se esquivan, silencios que pesan más que el calor, y una rutina forzada para fingir que nada cambió. Los padres volvieron esa misma tarde, con el coche lleno de arena y bolsas de playa, como si nada hubiera pasado. Comentaron que se les estaba acabando la pasta y que, total, ya habían visto suficiente mar. Quedó flotando en el aire, sin necesidad de palabras, que la pasta se había evaporado en gran parte por mi culpa: deudas antiguas, terapias, el centro de desintoxicación… todo eso que papá pagó con la venta del piso de la ciudad y que mamá nunca me perdonó del todo. Pero lo que cambió de verdad fue que, al llegar, la caja del Starlink ya estaba sobre la mesa del salón. Amina, la amiga mora de Marta, se la

