Papá levantó la vista del periódico, frunció el ceño y negó con la cabeza sin pensarlo dos veces. —No. La necesito. Tengo cosas que hacer el sábado por la mañana. Marta puso cara de fastidio, pero no insistió. Se giró hacia mí, que estaba sentado en el sofá con el portátil abierto, mirando en foros lo que tardarían en asignarme destino. También podía tocarme San Sebastián. Nadie quería ir allí. Es una ciudad bonita pero cara, comentaban en los foros. —Caco —dijo, con ese tono que sabe que no puedo negarle nada—. ¿Me llevas tú? Luego vuelves para casa y papá “recupera” su furgo. Es solo ida y vuelta. No te robo el finde. Miré a papá. Él me miró a mí. Suspiró, como si cediera por cansancio más que por convicción. —Vale. Pero volvéis pronto. Y nada de tonterías. Así que me convertí en c

