—Hay que excavar un pozo nuevo —dijo el mayor—. El viejo se secó. No queda otro remedio que hacerlo a mano. Los dos hombres se fueron. Papá y yo nos quedamos solos. Empezamos a darle al pico y a la pala. Papá me iba dando indicaciones, paciente pero firme. —Más fuerte, Carlos. No le tengas miedo al pico. Clávalo bien, como si quisieras romper el suelo. Yo nunca había hecho una tarea así. El pico pesaba, el sudor me corría por la espalda al instante. Cada golpe me dolía en los brazos, en la espalda, pero seguía. Papá trabajaba como si nada, años de chapuzas en el cuerpo. Cuando llenamos el primer saco, lo cargué y lo subí al patio. El tipo vestido como joven estaba allí, fumando un cigarro. Me vio llegar sudado, la camiseta pegada al cuerpo, la cara roja. Se acercó, me olisqueó como un

