Cuando regresamos a casa ya era de noche, y en la cochera estaban los carros de mamá y de mi hermana. Papá estacionó el suyo y nos quedamos un rato, sentados ahí los dos. Papá, me tomó de la mano y dijo: —Pasé una velada muy linda contigo hoy, espero que podamos repetirlo. Si… emm… yo también. Gracias por invitarme —dije, mientras me inclinaba a abrir la puerta del carro. —Sara, no te bajes… espera… yo… Papá se fue acercando lentamente a mi… y yo ya sabía lo que estaba a punto de suceder… Y ahí, dentro del carro, comenzó a besarme como si fuéramos novios. Sus besos eran suaves y profundos; sentía su lengua recorrer la mía. Le correspondí, buscando su boca, disfrutando el sabor y la forma en que se entrelazaban nuestros labios. Su mano apretaba la mía, mientras la otra rozaba mi mejil

