Los días se convirtieron en una rutina prohibida, un ciclo vicioso y adictivo que tejía sus vidas en un tapiz de deseo crudo y tabú, donde cada amanecer traía no alivio sino una urgencia renovada que hacía que sus cuerpos se anhelaran como drogas en las venas, el aire de la casa familiar impregnado de un hedor persistente y espeso a sudor salado mezclado con semen terroso y jugos vaginales dulces y pegajosos, un perfume primal que se adhería a las cortinas, los muebles y la piel como un secreto viscoso que nadie más podía oler pero que los unía en una complicidad culpable. La normalidad superficial —desayunos apresurados, conversaciones triviales sobre el trabajo o la escuela— se rompía en instantes robados, transformando la casa de dos plantas en un laberinto de alcobas improvisadas donde

