Semanas pasaron así en un borrón de placer crudo y explícito, el calendario marcado no por fechas sino por moretones frescos y fluidos secos, el secreto los unía más que nunca en una intimidad perversa que borraba rencores pasados —abrazos post-coito que se prolongaban en caricias tiernas, confesiones susurradas sobre miedos y deseos que fluían entre penetraciones, la casa transformada en un santuario donde cada rincón guardaba ecos de gemidos: la mesa del comedor rayada por uñas, el pasillo estrecho manchado de semen goteante, el sótano olvidado convertido en alcoba para folladas salvajes contra paredes de concreto que absorbían gritos. Sexo crudo, explícito, en cada rincón de la casa —contra el frigorífico vibrante en medianoche, sobre la alfombra rasposa en tardes perezosas, en el garaj

