Cuando las horas pasaron, Gianna jamás detuvo su baile, al contrario, disfrutaba cada movimiento que daba, mientras que, Artemis desde el otro lado de la habitación era provocado, intentando mantenerse frío y distancia, casi sin irrelevancia, tomando otro trago de whisky, fumando un tabaco y observando el grado de entidad que inevitablemente Alonzo ya poseía.
—¡Otro fajo más! —pidió haciendo señas a sus hombres. Alonzo no había mentido, la cantidad de dinero sobre la mesa era impresionante, tres fajos de billetes listos para Gianna en un par de horas, posiblemente más de lo que hubiese ganado en meses.
Artemis al notar la situación, no pudo evitar ponerse de pie, quedando ante Gianna mientras dejaba su vaso de whisky sobre la mesa, apagaba el tabaco y hacia señas a los hombres de Alonzo.
—El baile ha terminado, es momento de ir a casa, Alonzo. —avisó Artemis al tomar a Gianna del brazo y detener su baile.
Alonzo no pudo evitar alterarse, poniéndose de pie mientras tambaleaba sus pasos llenos de alcohol y algunas otras sustancias. —¡Yo no me voy! ¡He pagado por su esa mujer, déjame disfrutarla! —pidió al alzar sus brazos al aire lleno de enojo y frustración.
Artemis, quien conocía a la perfección el estado en el que se encontraba, no hizo más que llamar una vez más a sus hombres, explicándole nuevamente a Alonzo el show que hacía y las altas horas de la noche, pidiéndole que por favor, regresara a casa.
Alonzo podía ser mucho mayor que Artemis, incluso con mucha más experiencia en aquel mundo de mafia y dinero en el que ambos estaban, pero aún así, el respeto que Artemis se había ganado, simplemente era único.
—¡Está bien, está bien hombre! ¡Me iré! —avisó al balancearse de lado a lado. —Pero esa mujer, —señaló a Gianna. —Se viene conmigo hasta mi cama. —avisó.
Artemis temía que la decisión de aquella mujer, la cual podía sacar aún mucho más dinero de aquel hombre, fuese aceptar su propuesta e irse a la cama con él. Porque lo único que quería, en ese preciso momento, era ser el mismísimo Alonzo y tenerla bailando horas sobre él.
Giró hasta verla, respirando hondo y preguntando, intentando sonar indiferente, —Puedes irte, tu hora ha terminado. Es tu decisión. —avisó.
Gianna no hizo más que doblar su cuerpo hasta tomar los tres fajos de dinero y negar. —Soy bailarina, no prepago. —aclaró.
Artemis no hizo más que sonreír internamente, haciendo señas para que Alonzo fuese sacado de allí, terminando por oírlo gritar con enojo, —¡Eres una puta!
Las puertas del lugar fueron cerradas una vez más, dejando a Franco, quien iba más dormido que despierto y a Artemis completamente solo con Gianna.
Ella intentó caminar hacia la salida, pero Artemis, quien no quería desperdiciar ni un segundo de verla, inmediatamente la detuvo.
—¿Dónde crees que vas?
—Dijiste que mi turno habría terminado, pensé que podía irme. —explicó confundida.
Artemis negó, señalando el sofá frente a él mientras le ofrecía un vaso de whisky.
Ella simplemente negó, acercándose hasta él para quitar el tabaco de su mano que inmediatamente llevaría hasta su boca. Inhalaría un poco, exhalaría y terminaría por sonreír al regresar a su asiento.
—Hay que hablar antes, sin dejar de lado, mi porción del pastel. —avisó al observar el dinero. —Me gustan las personas limpias y justas, más cuando se trata de negocios, señorita Veratti. Cuéntame un poco sobre ti, ¿por qué es la primera vez que te veo o al menos oigo ese apellido? —preguntó confundido.
Gianna arregló el cabello tras su oreja, respirando hondo mientras dejaba caer su cuerpo sobre el asiento. —Olvidaba el dinero, no pasa nada, es el dueño, es el que manda. —informó. —Y siendo sincera, la primera vez que oí sobre usted, me hablaron con autoridad, las personas allí fuera lo ven como un Dios intocable. ¿Por qué?
Él rió inevitablemente. —El respeto es clave para la supervivencia en éste lado del mundo, señorita Veratti. —aclaró. —Pero ahora dígame usted, ¿por qué bailarina de Pole Dance? ¿Si familia acaso...?
Ella negó. —Desde muy pequeña lo he visto como un arte, mi familia siempre lo odió. Soy independiente desde los veinte años. —aclaró. —Ya no hay nadie a quien le deba una explicación de lo que decido hacer con mi cuerpo.
—Entonces está soltera. —comentó.
Ella sonrió al asentir. —Digamos que sí, un alma libre es más peligrosa que un arma. ¿Y usted? ¿Está casado? ¿Qué edad tiene?
Artemis bebió otro trago de whisky y negó. —Un alma libre es más peligrosa que un arma. —repitió. —¿Y por qué querría usted saber mi edad? Hace muchas preguntas, ¿podría confiar en ti?
Gianna inmediatamente lució un poco apenada, negando inmensamente mientras se ponía de pie. —Lo siento, tiene razón, yo no debí... No debí ser tan atrevida.
—Treinta. Tengo treinta años, señorita Veratti.
Ella sonrió de lado, acercándose hasta estirar su mano nuevamente. —Es todo un placer, señor De Luca.
Él tomó su mano, mirándola fijamente y la besó con delicadeza. —Todo un placer, señorita Veratti. Ya puede irse, la casa invita.
—¿Eso que quiere decir?
—Le pertenecen el cien porciento de sus ganancias ésta noche, estoy segura que el señor Alonzo volverá por usted. Debe tener cuidado, es brusco y decidido cuando realmente desea algo. —advirtió. —Ya puede irse, la veré mañana. —aclaró.
Ella sonrió nuevamente, doblando su cuerpo hasta tomar los fajos de billetes mientras le daba a Artemis una vista que lo enloquecía, observando inevitablemente la belleza que Gianna poseía.
Una vez más se marchó, Franco De Luca, su hermanito menor, abrió sus ojos y comenzó a burlarse de él, acercándose hasta despeinar su cabello y golpear su pecho repetidas veces.
—¡Te gustó! ¡Te gustó! ¡Conocería las palabras de mi hermanito en cualquier lugar!
Artemis rió, dejando caer su cuerpo sobre el asiento mientras pasaba sus manos por su barbilla y revivía el baile envolvente de Gianna.
—Es una mujer asombrosa, no lo puedo negar. —avisó. —Pero es tan asombrosa como misteriosa y peligrosa. Necesito saber más de ella.
—¡No comiences con tus sospechas ridículas! ¡Es una mujer preciosa!
—No he sobrevivido todo este tiempo por ser confiado, Franco. Aprende, algún día tendrás que tomar mi lugar.
—Espero falte mucho para eso, disfruto ver a las chicas bailar, beber, disfrutar y volver a casa sin trabajar.
—¡Niñato! —gritó burlón su hermano mayor.