Capítulo 43
Neriam se acercó de inmediato a Mónica. Esta la abrazó y relajó sus hombros entre sus brazos.
—¿Qué sucede? ¿Cómo está Helena? —dijo Neriam a Mónica, poniendo su mano suavemente en su espalda.
—Tranquila, hermana. Helena está respirando sola. Son lágrimas de alegría, ella está bien, entre lo que cabe.
Ronal salió de la habitación con el doctor; tenía los ojos empañados de lágrimas.
El doctor le dijo:
—Beta, el estado de la señora Helena es favorable. Ha respondido muy bien al tratamiento y, como vieron, está respirando sin la máquina de oxígeno.
—¿Y por qué aún no despierta? —preguntó Ronal.
—Es por los calmantes. En unos minutos se le pasará el efecto. Cuando despierte estará un poco desorientada. Es bueno que alguien se quede con ella. Si al despertar vemos que está mejor, posiblemente mañana sea dada de alta. Pero, como le dije antes, puede que por estar expuesta tanto al humo del incendio quede con secuelas a futuro.
Neriam habló:
—¿Qué secuelas podrían ser esas, doctor?
El doctor se giró y miró a Neriam.
—Podría tener dificultades respiratorias, desarrollar una disminución permanente de la capacidad pulmonar —continuó el doctor con tono serio—. El humo irritó profundamente sus vías respiratorias. Existe riesgo de que desarrolle fibrosis leve con el tiempo.
—¿Eso significa que no volverá a estar como antes? —preguntó Ronal con el ceño fruncido.
—Significa que deberá cuidarse más que nunca. Evitar estrés, evitar exposición al humo, polvo… y estar bajo control médico constante. Si no se trata adecuadamente, podría tener crisis respiratorias.
—Entiendo —dijo Ronal con algo de tristeza.
Mónica se acercó a él y lo abrazó, diciéndole:
—Amor, no todo es malo. Ve el lado positivo, solo tenemos que cuidarla mucho de ahora en adelante. Sería bueno que se mudara con nosotros a la hacienda, de ese modo siempre estaremos cerca de ella y podremos cuidarla.
Neriam asintió y dijo:
—Es verdad. En la hacienda hay mucho espacio y sé que Helena estará feliz porque verá a Gael todos los días.
El doctor intervino:
—El aire fresco le hará muy bien a su recuperación y, si ustedes están al pendiente de que ella se cuide y no se esfuerce de más, estará bien.
El doctor hizo una reverencia y se marchó.
Ronal les dijo a todos que se fueran a continuar con la investigación, que él y Mónica se quedarían con su madre el resto del día para que no estuviera sola cuando despertara.
Ángel y Neriam asintieron, y Marco les dijo que él iría a hablar con sus espías para que se infiltraran en la manada del Alfa Darek y pudieran seguir sus movimientos.
Todos se pusieron en marcha para continuar la investigación. Neriam dejó solo cuatro guardias con Ronal y Mónica; el resto se retiró. Con el intruso muerto, no creía que se atrevieran a ir al hospital otra vez, pero era mejor cuidar a Helena.
Cuando Ángel se subió al Jeep para manejarlo, Neriam se sentó de copiloto. Los guardias se subieron a otros vehículos y todos se pusieron en marcha hacia la hacienda.
Ángel sentía la mirada pesada de Neriam a su lado, pero no se atrevía a mirarla.
Neriam quería decirle algo, pero no encontraba el valor de hablarle.
Luego de unos minutos, Ángel respiró profundo y tomó valor para voltearla a ver.
Su mirada se encontró con los ojos negros de Neriam y él le preguntó sutilmente:
—¿Quiere decirme algo, Alfa?
Neriam parpadeó, miró al frente, a la carretera, y dijo:
—¿Por qué crees que tengo algo para decirte?
—Porque no ha parado de mirarme desde que salimos del hospital.
—Pues solo pensaba —respondió ella mirando la carretera.
Los grandes árboles al lado de la vía y los autos avanzaban, cada uno con su propia prisa.
—Lo sé. La pregunta sería, ¿en qué está pensando?
Neriam suspiró y dijo:
—En lo frágil que es la vida.
—Así es, Alfa. Hoy estamos aquí y mañana todo puede cambiar. Por eso debemos vivir sin arrepentimientos y darlo todo por ser felices, aunque a veces parezca imposible —dijo Ángel mirando la carretera frente a él.
—¿Eso crees que es vivir la vida? Parece algo fácil cuando lo dices así.
—No he dicho que sea fácil, Alfa, solo que hay que vivirla y no estancarnos en lo malo o en el pasado. Recordar el pasado como algo bonito que ya fue vivido, aprender de lo que nos pasó y estar en el presente con más experiencia y con más ganas de seguir viviendo, y poder esperar un mañana con la convicción de que, pase lo que pase, estamos dispuestos a resolverlo.
—Pues es cierto, cada día trae su propio afán, pero igual hay que esperar lo inesperado —respondió Neriam mirando el camino.
—Eso mismo pienso yo —respondió Ángel—. Por eso creo fielmente que el camino es más fácil de recorrer cuando alguien está a nuestro lado.
Neriam se giró para mirarlo. Ángel mantenía su mirada fija en la carretera y dijo:
—Ya estamos llegando.
Neriam volvió a mirar el camino y ya estaban entrando en los límites de la hacienda.
La casa se imponía a lo lejos como un gran castillo. Al verla, no pudo evitar suspirar y pensar en Gabriel.
Ángel se dio cuenta del cambio de humor de Neriam y permaneció en silencio hasta que llegaron a la entrada de la casa principal.
Ambos bajaron del Jeep y entraron en la casa.
Cuando se dirigían a la oficina de Neriam, escucharon a Gael reír a carcajadas y Neriam fue a su encuentro.
Al llegar a una sala común, vieron a Diana, quien tenía a Gael en las piernas y lo subía y lo bajaba, haciéndolo reír sin parar. La escena era hermosa.
Diana estaba tan entretenida con Gael jugando que no los sintió llegar hasta que Ángel le habló:
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Diana volteó y los vio a ambos. Enseguida se puso de pie e inclinó la cabeza, saludando a Neriam con respeto.
Neriam respondió su saludo.
—¿Cómo se encuentra, señora Diana?
—Muy bien, Alfa, gracias por preguntar. Vine a cuidar a Gael, ya que la señora Mónica me lo pidió de favor para poder ir al hospital a ver el estado de salud de Helena.
—Ya veo —dijo Ángel.
Gael, al ver a Neriam, le estiró los brazos feliz para que lo cargara.
Neriam se acercó, lo tomó en brazos y empezó a hacerle cariño al bebé.
Ya no parecía el Alfa Tenebrosa de siempre, sino solo una mujer dulce con un bebé en brazos.
Ángel quedó encantado de verla en esa faceta y se preguntó para sí si algún día estaría así, teniendo su propio hijo en brazos y estarían todos en esa misma situación, pero como una familia y juntos, habiendo aceptado y vivido su destino.
Neriam, cuando tenía a Gael en sus brazos, era una persona totalmente diferente. Sonreía y no tenía la postura de siempre como Alfa poderosa y sin sentimientos.
Pero los que estaban allí eran personas de confianza, donde ella podía mostrarse tal cual como era sin esperar traición al verla distraída.
Ya pasaban las doce del día y el Alfa Kael caminaba en su oficina de un lado a otro, con el cabello despeinado y el rostro cansado.
Alguien tocó la puerta de su oficina y este dijo:
—Adelante.
Un hombre ingresó. Tenía una edad avanzada y lo saludó:
—Alfa.
—¿Cómo está ella, doctor? —dijo el Alfa Kael con impaciencia.
—Alfa, tuve que aplicarle un sedante, ya que sus nervios la tenían muy alterada.
Kael pasó las manos por su cabello, frustrado.
Luego miró al doctor y dijo:
—Esto no lo puede saber nadie.
El doctor asintió y se retiró.
El doctor cerró la puerta tras de sí y el sonido del pestillo resonó más fuerte de lo normal en la oficina.
Kael permaneció de pie, inmóvil.
El silencio comenzó a oprimir las paredes.
Se acercó lentamente al ventanal y apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinando la cabeza. Afuera, el territorio parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.
Y esta vez…
No sería un simple aviso.
Sería el inicio real de la guerra y el tenia que decidir de que lado estaba.