Cristian estaba desplomado sobre la barra, con la camisa desabrochada, el vaso medio vacío y la mirada perdida. El aire olía a alcohol caro y desesperanza. Su cabello estaba revuelto, y sus manos temblaban apenas mientras intentaba recordar en qué momento todo había comenzado a desmoronarse. —Ah, mírenlo… el gran Cristian Rosales —susurró una voz masculina con sarcasmo. Daniel se acercó con paso firme, seguido por Bárbara, vestida de forma impecable pero provocadora. Al ver el estado de Cristian, intercambiaron una mirada cómplice. —Vamos, amigo —dijo Daniel, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. No es lugar para un Rosales venir a desmoronarse. Te llevo a descansar. Cristian no opuso resistencia. Apenas murmuró algo inentendible y se dejó guiar hasta el automóvil de Daniel. Bárb

