Volver a la mansión Sánchez fue como retroceder en el tiempo… a los años más fríos de su vida. Estrella cruzó el umbral de la entrada con paso firme, aunque el alma hecha jirones. Su único deseo era llegar a su antigua habitación, cerrar la puerta, y no pensar en nada hasta que el dolor dejara de arder.
Pero no había dado ni tres pasos cuando la voz que más odiaba en el mundo la detuvo.
—Mira nada más quién regresó como perra apaleada… —dijo Mariana desde lo alto de la escalera, con una copa de champán en la mano y una sonrisa teñida de veneno—. Supuse que no tardarías. Cuando Bárbara me contó lo de esta noche, me dije: Estrella vendrá con la cola entre las piernas.
Estrella levantó la mirada, helada.
—¿Tú sabías? —preguntó, la voz baja, contenida—. ¿Sabías lo de Daniel y Bárbara?
—Por supuesto que lo sabía —respondió Mariana con total desparpajo, bajando los escalones con lentitud felina—. No tengo hijas tímidas, Estrella. Lo tuyo con Daniel era solo un triste montaje de tu abuelo. Pero Bárbara… ella sí supo cómo conquistar a ese hombre.
—Eres una bruja —espetó Estrella, apretando los puños—. ¡Es tu propia hija! ¿Cómo puedes celebrar algo tan repugnante?
Mariana se detuvo frente a ella, tan cerca que podía oler el perfume costoso que siempre usaba como si con eso ocultara su podredumbre interna.
—Y tú eres una ingenua, igual que lo fue tu madre —espetó, con una sonrisa cruel—. ¿Sabes, querida? Siempre me pareció una ridícula. Creía que con su carita dulce y su apellido se iba a quedar con José para siempre… pero él ya estaba cansado de ella cuando me conoció. Yo era la novedad. La pasión. Yo le di una hija de verdad. No una muñeca mimada como tú.
Estrella sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que cuando tu madre se accidentó, José y yo ya estábamos juntos. Muy juntos. Bárbara apenas tenía un año menos que tú… ¿de verdad nunca lo pensaste? —soltó una carcajada amarga—. La que estaba de más en esa casa era ella. Tu madre. Yo solo vine a ocupar el lugar que me correspondía.
El silencio fue ensordecedor. Estrella tragó saliva con dificultad, mirando a aquella mujer como si la viera por primera vez.
—¿Estás insinuando que tu llegada no fue una casualidad? ¿Que mi madre…?
—Estoy diciendo que el pasado es pasado. —Mariana le dio un trago lento a su copa—. Y que tú deberías agradecer que te permitamos quedarte aquí, aunque sea por esta noche. Pero cuidado, Estrella… abrir viejos secretos puede resultar peligroso. Sobre todo, para las princesas que ya no tienen castillo.
Estrella dio un paso atrás, horrorizada.
La rabia ardía en su garganta, pero ahora se mezclaba con algo más oscuro, más frío: sospecha.
Quizás, por primera vez en su vida, entendía que su madre no había muerto por un accidente. Y que lo que había empezado esta noche con la traición de Daniel… era solo la primera pieza de un rompecabezas macabro que llevaba quince años enterrado.
Estrella no respondió. No le daría el placer de verla romperse. Subió las escaleras, firme, aunque cada paso dolía. En su corazón ya no solo ardía la traición. Ardía un propósito.
Y esta vez, no descansaría hasta saber la verdad.