Bajo las Luces y las Sombras

1483 Palabras
El gran salón resplandecía con un lujo calculado. Candelabros colgantes, mármol pulido, camareros con guantes blancos y un cuarteto de cuerdas envolviendo la noche con elegancia. Estrella avanzó con seguridad fingida, el vestido azul noche acariciando sus piernas, los tacones resonando en el mármol como pequeños latidos de nerviosismo. Ella no quería estar allí. Pero no asistir habría sido un escándalo: una de las accionistas visibles de CIA ausente en la gala anual con inversionistas y figuras influyentes del mundo automotriz... imposible. Mientras tomaba una copa de champán de la bandeja de un camarero, lo vio. Daniel. Alto, de cuerpo elegante, cabello rubio peinado hacia atrás y un perfil hermoso que tantas veces soñó besar. Se veía impecable en su esmoquin n***o, como salido de una fantasía bien construida... pero vacía. Y pegada a su brazo, Bárbara, resplandeciente en un provocativo vestido rojo que apenas dejaba lugar a la imaginación. Estrella sintió una punzada en el pecho… pero esta vez, no era dolor. Era despertar. ¿Cómo pudo haber desperdiciado tantos años de su vida enamorada de él? Se sintió ridícula, una ilusa. Había idealizado a un hombre que nunca la eligió, que siempre la mantuvo en espera, como una opción, como un plan B envuelto en migajas de afecto. —Estrella —saludó Bárbara con una sonrisa venenosa—. Qué... clásico tu look. Muy tú. Dijo viendo a Estrella despectivamente. Por eso Daniel me prefirió a mí. Yo sí soy una mujer que sabe complacerlo y tú que, ¿Sigues esperando al príncipe azul? Estrella la miró sin expresión. —Al menos no necesito usar mi escote como carta de presentación. La sonrisa de Bárbara titubeó por un segundo. Daniel no dijo nada. Su rostro era una máscara inmutable. Ni una palabra, ni una explicación. Solo sus ojos, fijos en Estrella, parecían implorar algo que ni él se atrevía a verbalizar. Pero ya no tenía poder sobre ella. Ya no. Estrella dio un paso para alejarse. Y entonces él apareció. Un hombre alto, vestido con un traje n***o perfectamente entallado. Era hermoso, como un actor de cine. Mandíbula fuerte, piel dorada, cabello oscuro peinado con descuido elegante y una mirada imposible de ignorar. Se movía con seguridad, como alguien acostumbrado a dominar cualquier espacio. La conversación entre asistentes se convirtió en un murmullo. —¿Quién es ese? —susurró una mujer. —No lo sé, pero... qué hombre —respondió otra. —Nunca lo había visto en ningún evento —murmuró alguien más. Cruzó el salón directo hacia Estrella, como si fuera la única persona en todo ese lugar. —¿Estás bien? —preguntó con voz profunda, tomando su mano con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su presencia. Estrella apenas pudo asentir, sorprendida de verlo allí. Él dirigió una mirada fría y calculada a Daniel, que permanecía inmóvil, la mandíbula apretada. No dijo una sola palabra. Ni siquiera intentó detenerlos. —Con permiso —dijo el desconocido, y sin más, se llevó a Estrella por uno de los pasillos hasta llegar al jardín exterior, iluminado por tenues faroles dorados. La noche estaba fresca, y el contraste con el ambiente cargado del interior se sintió como un respiro. —No sabía que estarías aquí —murmuró ella, aún un poco descolocada. Él no respondió. Solo la miró. Largo. Intenso. Dio un paso más, acortando la distancia, y bajó la mirada hasta sus labios. —Te ves increíble esta noche —dijo con voz grave, cargada de algo que la hizo estremecer. Ella bajó la mirada… pero terminó enfocándose en sus labios. No sabía si era el aire nocturno, el silencio tenso o la forma en que él la miraba, como si fuera una provocación envuelta en piel. Pero entonces él la besó. Un beso atrevido, hambriento, ardiente. No fue una caricia suave, fue una declaración. De deseo. De posesión. De algo que Estrella no entendía, pero que su cuerpo reconoció al instante. Las manos de él se cerraron en su cintura, atrayéndola contra su cuerpo. Estrella respondió sin pensar, sus dedos enredándose en la tela de su camisa, el corazón desbocado. El beso se volvió más profundo, más intenso, como si quisieran devorarse sin palabras. El calor entre ambos era sofocante. La piel de Estrella hormigueaba, su cuerpo temblaba bajo el roce de su proximidad, y por un instante pensó que no podía pensar, solo sentir... Pero él se detuvo. Con un gruñido suave, como si le costara separarse, apoyó su frente contra la de ella, su respiración agitada. —Mierda!... —susurró, casi para sí mismo. Ella lo miró, confundida, con el deseo a flor de piel. Cristian levantó la mano, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos… y se apartó. Y entonces, sin decir más, dio media vuelta y se fue, perdiéndose entre las sombras del jardín. Perspectiva de Cristian Cristian Rosales llevaba apenas unos minutos en la gala cuando la vio. Estrella. Estaba de espaldas, pero no necesitó más que un segundo para reconocerla. Ese vestido azul oscuro que no pedía atención, pero que la envolvía con una elegancia peligrosa. Caminaba como si el mundo no pudiera tocarla, con el mentón en alto, los hombros rectos. Una visión imposible de ignorar. Era bella, sí, maldita sea, demasiado bella. Pero había algo más en ella. Algo contenido. Feroz. Como un lobo que ha aprendido a caminar entre ovejas sin olvidar sus colmillos. Entonces los vio. Daniel Serrano, ese bastardo con cara de ángel caído. Alto, cabello rubio perfectamente acomodado, mandíbula marcada y ese aire de superioridad que a Cristian siempre le pareció patético. A su lado, una mujer enfundada en un vestido rojo tan corto y ajustado que rozaba lo vulgar. Bárbara, si su memoria no le fallaba. La hermana venenosa. Y Estrella… justo allí, enfrentándolos sola. Cristian frunció el ceño. No podía oír lo que decían, pero el lenguaje corporal de Bárbara lo decía todo. Sonrisa afilada, gestos exagerados… provocación pura. Y Daniel, ese idiota de perfil perfecto, simplemente… mirando. Sin hacer nada. Cuando se acercó lo suficiente, escuchó con claridad: —Qué... clásico tu look. Muy tú. Por eso Daniel me prefirió a mí. Yo sí soy una mujer que sabe complacerlo y tú que ¿Sigues esperando al príncipe azul? Cristian apretó los dientes. No era su pelea, lo sabía. Apenas conocía a Estrella. Pero algo oscuro, primitivo, casi territorial, rugió dentro de él. Esa mujer no merecía ser humillada. Mucho menos frente a alguien como Daniel. Cruzó la sala sin pedir permiso, sin vacilar. Se detuvo frente a ella, tomó su mano. Firme. Caliente. Palpitante. —¿Estás bien? Ella lo miró, confundida. Asintió apenas. Cristian clavó una mirada helada en Daniel. El muy cobarde no dijo una palabra. Bajó la vista como un niño regañado. —Con permiso —dijo Cristian, y sin más, se la llevó. No preguntó si quería irse. Simplemente, la tomó. Porque podía. Porque le nacía. Porque nadie iba a hablarle así frente a él sin consecuencias. La llevó al jardín. El aire nocturno era fresco, limpio, sin el perfume artificial ni las falsas sonrisas del salón. Cristian no hablaba. Solo la miraba. Y por dentro, luchaba con el deseo. Ella lo provocaba sin querer. La forma en que sus labios temblaban, la curva de su cuello, el movimiento de su pecho con cada respiración. Era arte, maldita sea. Era fuego envuelto en piel. —No sabía que estarías aquí —murmuró ella, aún desconcertada. Él no respondió. Estuvo a punto de decirle quién era. De revelarlo todo. Pero no. Todavía no. Solo la miró. Y sonrió, de lado. —Te ves increíble esta noche— Dijo el, aunque lo que él quería decirle era: Eres tan jodidamente hermosa, que quiero follarte aquí mismo. Y entonces la besó. Sin aviso. Sin permiso. Sin suavidad. Un beso de deseo puro. Crudo. Lleno de hambre contenida. Ella lo sintió y respondió. Con la misma urgencia. Con los dedos aferrados a su chaqueta, el cuerpo entregado, el alma vibrando. Cristian la sujetó por la cintura, acercándola. Su boca exploró la de ella como si quisiera memorizarla. Como si necesitara más. Y más. Y más. La quería. La quería allí, contra la pared, con el vestido levantado, su nombre en los labios, los gemidos en su oído. Su erección dolía. El cuerpo le gritaba que la tomara, que la hiciera suya. Allí mismo. Ya. Pero se detuvo. Apoyó su frente en la de ella. Jadeando. Peleando contra sí mismo. —Mierda... —susurró. Ella lo miró, aturdida. El deseo en su piel, en sus ojos, en cada respiración. Cristian levantó la mano, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos… y se apartó. Sin explicaciones. Sin despedida. Dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del jardín. La dejó ahí, sola, con el cuerpo encendido, los labios hinchados y el alma hecha un lío.
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