No soy frágil

1002 Palabras
a risa de Brett resonó grave, áspera, cargada de un deseo que ya no podía contener. Poliana temblaba bajo el peso de su mirada, las piernas débiles, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Asintió, apenas un movimiento tembloroso de su cabeza, pero él no estaba satisfecho. —Dilo —murmuró Brett, acercándose hasta que su aliento, caliente y embriagador, rozó la piel de su cuello—. Pídemelo, Poliana. Ella tragó saliva, sintiendo cómo el calor se extendía entre sus muslos, húmedo y vergonzoso. Su orgullo se resistía, pero su cuerpo la traicionaba. —Quiero… —su voz se quebró, infantil, vulnerable—. Quiero que me tomes. Una sonrisa lenta, oscura, se dibujó en los labios de Brett. Se inclinó, rozando su nariz contra la de ella, haciendo que cada fibra de su cuerpo se tensara como una cuerda a punto de romperse. —¿Así? —susurró, arrastrando los dedos por su clavícula, descendiendo con tortuosa lentitud hasta el escote de su vestido—. ¿O más fuerte? Poliana jadeó cuando sus dedos se cerraron alrededor de uno de sus pechos, apretando con suficiente fuerza para hacerla arquearse. Antes de que pudiera responder, ella misma lo empujó contra la pared, sus manos se enredaron en su camisa con urgencia salvaje. El beso fue violento, desesperado. Lenguas chocando, dientes rozando labios, manos arañando y tirando como si el otro fuera el único oxígeno en la habitación. Brett gruñó, un sonido gutural que le vibró en el pecho, y de un movimiento brusco la levantó, envolviéndole las piernas alrededor de su cintura. La arrojó sobre la cama como un trofeo conquistado, pero no se apresuró. —Mírame —ordenó, mientras sus dedos recorrían su cuerpo con una lentitud agonizante—. Mírame mientras te deshago. Poliana gimió cuando sus manos se deslizaron bajo su vestido, rasgando la tela sin ceremonias. Sus dedos la encontraron húmeda, ardiente, y Brett sonrió, satisfecho, al sentir cómo temblaba bajo su tacto. —Jodidamente empapada por mí —murmuró, hundiendo dos dedos dentro de ella sin previo aviso—. ¿Es esto lo que querías? Ella gritó, clavándose con las uñas en sus brazos, las caderas instintivamente se movieron contra su mano. Pero Brett retiró los dedos, llevándoselos a la boca con una mirada desafiante. —No tan rápido —susurró—. Voy a hacer que lo supliques. Poliana, humillada por su propio deseo, no lo soportó. Con un movimiento brusco, lo empujó sobre la cama y se montó sobre él, sus caderas ajustándose perfectamente contra la evidente y gruesa erección que tensaba sus pantalones. Brett contuvo el aliento, los ojos oscureciéndose aún más. —No soy frágil —le espetó, desafiante, mientras desabrochaba su cinturón con manos temblorosas—. Y no voy a rogarte. Brett la miró con asombro antes de voltearla de golpe, dominándola de nuevo. —Pues ahora lo harás —gruñó, deslizando sus pantalones hasta los tobillos y posicionándose entre sus piernas—. Porque no vas a poder evitarlo. Y entonces la penetró de un solo empujón, brutal, sin preparación, haciendo que Poliana gritara y se aferrara a él como si fuera su única salvación. Poliana gritó. El dolor fue agudo, desgarrador. Sus uñas se clavaron en sus hombros, pero él no se detuvo. No había espacio para la compasión en sus ojos, solo un hambre animal que exigía ser saciada. —Relájate— le ordenó con voz ronca, pero era imposible. Cada embestida era un nuevo tormento. Brett no parecía notarlo. O no le importaba. Sus manos la sujetaban con fuerza, los dedos dejaron moretones en sus muslos mientras la tomaba con una intensidad que rayaba en lo violento. Cada movimiento era una afirmación de dominio, una prueba de que ella era suya, quería o no. Poliana apretó los dientes, conteniendo los gemidos de dolor. No había placer para ella, solo la sensación de estar siendo partida en dos, de ser consumida sin miramientos. —Así te gusta, ¿verdad? —jadeó contra su piel—. Duro. Como si odiara lo mucho que te deseo. Brett siguió moviéndose, prolongando su placer hasta que, con un gruñido ronco, se derrumbó sobre ella, vaciándose en su interior con un temblor que parecía sacarle el alma. Él se desplomó sobre ella, pesado, sudoroso, antes de rodar hacia un lado. Poliana se quedó inmóvil, con las piernas temblorosas y un dolor punzante entre sus muslos. Pero no le importaba, luego tendría tiempo para disfrutarlo. ... La paz duró poco. A medianoche, Brett se incorporó de golpe, con el cuerpo tenso, y la mente despejada de niebla. Algo estaba mal. Miró a Poliana, dormida, con la piel aún marcada por sus dedos, con su respiración tranquila. Y entonces lo entendió. —¿Qué me diste? —rugió, sacudiéndola con violencia. Poliana despertó sobresaltada, con los ojos llenos de confusión y miedo. —Brett, yo… —¡Me drogaste! —escupió, levantándose de la cama como si su contacto lo quemara—. ¿Un afrodisíaco? ¿Alguna porquería para que te tocara? Ella intentó negarlo, pero su silencio fue suficiente. Brett la agarró del cuello, no con suficiente fuerza para ahogarla, pero sí para hacerle entender su furia. —Nunca —susurró, con una voz tan fría que heló su sangre— vuelvas a jugar conmigo. La soltó, vistiéndose con movimientos bruscos antes de salir de la habitación, dejándola temblando, rota y llena de vergüenza. Poliana se hundió en las sábanas, todavía calientes por sus cuerpos, y por primera vez, sintió el verdadero peso de su error. Porque ahora Brett no solo la odiaba. La despreciaba. Poliana se quedó sola en la vasta oscuridad de la habitación, temblando. La esperanza que había sentido esa noche, ese frágil espejismo, se desintegró en el aire como humo entre los dedos. Se llevó las rodillas al pecho y lloró, en silencio, en soledad, preguntándose si acababa de destruir la única posibilidad que alguna vez tuvo de no vivir en un infierno.
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