Un trato con el monstruo
Poliana Salinas no podía creer lo que estaba sucediendo. La vida, que antes parecía ser solo un juego de casualidades y certezas, se desmoronaba ante sus ojos. En menos de una semana había perdido a su padre, su estabilidad, su futuro… todo. La fría brisa de la tarde calaba en su piel mientras caminaba sin rumbo por las calles solitarias de la ciudad. Cada paso que daba la acercaba más al abismo, al lugar donde la esperanza se había apagado.
—¿Qué voy a hacer ahora? —susurró, sintiendo un nudo en la garganta que casi la ahogaba. Nadie podría entender lo que estaba
pasando por su mente, ni siquiera ella misma.
Su padre había sido su único sostén, y ahora que él se había ido, ella estaba completamente perdida. La empresa familiar que había construido con tanto esfuerzo había quedado en ruinas, sumida en un océano de deudas que parecía no tener fin. Y lo peor de todo era que las deudas no eran solo financieras. Había algo mucho más oscuro y peligroso que amenazaba con tragársela.
Las palabras del abogado resonaban en su mente: "Si no consigues el dinero para pagar esto, Poliana, perderás mucho más que tu hogar."
El rostro de su madre, esa mujer siempre tan fuerte, se apareció en su mente, pálida y cansada, luchando por mantenerse a flote mientras el cáncer la consumía. El último aliento de su padre había sido una súplica silenciosa por salvar lo que quedaba, pero ¿cómo salvar lo que ya estaba irremediablemente roto?
Poliana cerró los ojos, el peso de la angustia aplastando su pecho. Un sollozo se escapó de sus labios. La vida había jugado con ella, y ahora no quedaba nada, ni siquiera el valor para levantarse. ¿Cómo había llegado a este punto? ¿Cómo había perdido el control de todo?
Fue entonces cuando vio la figura que se acercaba desde la penumbra, casi como una sombra en la distancia. El viento agitaba las hojas caídas de los árboles, pero no fue el sonido de la naturaleza lo que la alertó. Fue esa presencia inconfundible que sentía acercarse.
—¿Poliana Salinas? —la voz masculina la arrancó de sus pensamientos, fría y grave, como si ya supiera todo sobre ella.
Se giró, los ojos vidriosos por el cansancio, y ahí estaba él. Brett Avery. Su mirada, oscura y penetrante, parecía leer cada rincón de su alma, como si todo lo que había sido o dejado de ser estuviera escrito sobre su piel. Él era un hombre cuya sola presencia dominaba el aire. Alto, de porte imponente, con una confianza desbordante que ni siquiera intentaba esconder. Y ella… ella solo era una sombra frente a él.
—¿Qué quieres? —su voz tembló al salir, pero se obligó a mantener la compostura.
Brett la observó con una sonrisa irónica, como si le divirtiera la desesperación que no podía ocultar.
—Sé lo que estás buscando, Poliana. Y tengo lo que necesitas. Pero, claro, siempre hay un precio que pagar.
Un escalofrío recorrió la columna de Poliana, pero no podía retroceder. Estaba demasiado cerca del borde como para dar marcha atrás. La desesperación le arrancaba el orgullo, y aunque le costara aceptarlo, sabía que él tenía el poder de salvarla o destruirla.
—No quiero tu ayuda. —Su tono fue más firme de lo que se sentía, y sin embargo, el miedo se reflejaba en sus ojos.
Brett dio un paso hacia ella, y la distancia entre ellos se desvaneció. Podía sentir su respiración cálida y pesada, como un eco que retumbaba en su pecho. La proximidad de ese hombre, con su poder y su control, le era casi insoportable.
—¿Estás segura de que no la quieres? —preguntó, su voz tan suave y seductora que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
—¿O es que ya no te quedan opciones? Porque, créeme, Poliana, este es el único trato que te queda. Y si no lo tomas… no te quedará nada.
Ella tembló, pero no de frío, sino de una mezcla de impotencia y rabia contenida. ¿Cómo podía un hombre como él ofrecerle la única salida en un momento tan oscuro? Su sonrisa despectiva no hacía más que avivar la furia que se estaba gestando en su interior. Sin embargo, no tenía otra alternativa.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, y al pronunciar esas palabras, algo dentro de ella se quebró. Ya no había vuelta atrás.
Brett la observó un momento, y luego se acercó aún más, hasta que el calor de su cuerpo la envolvió.
—Lo que quiero de ti, Poliana, es lo que pocos hombres en tu vida han sido capaces de pedirte. Lo que harás, lo harás por necesidad. Pero, no te preocupes, te aseguro que disfrutarás cada segundo de ello.
El sudor comenzó a resbalar por su frente. Poliana no podía mover los labios, no podía gritar. El precio de su salvación parecía un abismo al que estaba a punto de arrojarse. ¿Podría sobrevivir a esto? ¿Sería capaz de seguir adelante, sabiendo que al final perdería más de lo que había ganado?
Brett se alejó de ella con una sonrisa, dándole la espalda antes de que pudiera responder.
—Lo pensaremos en el camino —dijo con tono divertido, como si lo que acababa de decir no tuviera peso alguno, como si ella estuviera completamente a su disposición.
Poliana no pudo evitar fijarse en su figura recortada por la luz que se desvanecía detrás de él. El viento ya no la tocaba. Solo el vacío quedaba a su alrededor.
Y en ese vacío, en ese espacio aterrador entre el miedo y la necesidad, Poliana tomó una decisión.
...
El sonido de los tacones de Poliana resonaba en el pasillo vacío, marcando el ritmo de su caminar. El eco de sus pasos parecía burlarse de ella, como si cada uno de ellos la acercara más a un destino que no había elegido. El aire en el edificio era denso, cargado de tensión, como si cada rincón estuviera lleno de secretos esperando a ser revelados. Y en ese instante, Poliana entendió que ella misma era uno de esos secretos.
La oferta de Brett había quedado grabada en su mente como una marca de fuego, y no podía dejar de pensar en lo que implicaba. Lo que él le había dicho, sus palabras llenas de promesas oscuras y su mirada cargada de una seducción peligrosa, la perseguían a cada instante.
—"Te aseguro que disfrutarás cada segundo de ello"—. La frase le retumbaba en los oídos, como un mantra que se repetía una y otra vez, haciéndola preguntarse qué tipo de trato estaba a punto de aceptar.
Al llegar frente a la puerta de su nuevo "apartamento", una palabra que no significaba más que una cárcel dorada, Poliana detuvo sus pasos. Se giró brevemente para mirar hacia atrás, pero las luces de la ciudad que atravesaban las ventanas no ofrecían consuelo alguno. Todo lo que veía ahora era un mundo que se desmoronaba, un futuro que ya no le pertenecía.
Respiró hondo antes de seguirlo, como si ese simple gesto fuera la última barrera entre la cordura y la desesperación.
El interior del apartamento era moderno, lujoso, pero la opulencia no hacía más que resaltar lo vacío de su situación. Las paredes de vidrio ofrecían una vista impresionante, pero Poliana no podía dejar de sentir que esa belleza solo la aislaba más, que solo la mantenía alejada de todo lo que alguna vez había sido real.
Brett la observaba desde el sillón, su figura elegante contrastó con la atmósfera fría del lugar. Estaba tan quieto que parecía una estatua, pero Poliana sabía que estaba lejos de ser inofensivo. El aura de poder que lo rodeaba era palpable, y aunque él no hiciera nada más que mirarla, sentía como si todo su ser estuviera siendo invadido.
El silencio entre ellos era espeso, como una cuerda tensa esperando ser cortada.
Poliana no respondió de inmediato. Estaba luchando con lo que sentía, con la furia que se acumulaba en su pecho y la repulsión hacia sí misma por haber llegado a este punto. Pero todo eso se desvaneció cuando él la miró directamente a los ojos, un brillo oscuro en su mirada que dejaba claro que sabía exactamente lo que pasaba por su mente.
—Sé que no quieres estar aquí. —La frase de Brett era directa, sin rodeos, como si ya hubiera leído sus pensamientos. —Pero también sé que no tienes otra opción.
Poliana apretó los puños, luchando por mantener el control. Cada palabra que él decía la hería, pero también la empujaba a actuar, como si ella fuera una marioneta atrapada en un juego que no comprendía del todo.
—¿Qué es lo que realmente quieres de mí? —Preguntó finalmente.
Brett sonrió de manera lenta, calculadora, como si disfrutara de la tormenta interna que ella estaba viviendo. Se levantó finalmente, dando un paso hacia ella, tan seguro de sí mismo que cada movimiento suyo parecía imbuido de una autoridad que Poliana no podía ignorar.
—Lo que quiero de ti, Poliana, es muy simple —dijo—. Lo que quiero es que seas mía. Y por supuesto, también quiero que me pagues por salvarte.
Un nudo se formó en la garganta de Poliana. Las palabras de Brett se asentaron sobre su pecho como una losa. Él no le ofrecía un trato cualquiera, no la estaba salvando por pura generosidad. No. Lo que le ofrecía era algo mucho más humillante, algo que la condenaba a un destino que no había elegido, pero que, al parecer, no tenía poder para evitar.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Brett? —repitió, esta vez sin poder ocultar la desesperación que se filtraba en su voz.
Brett la observó, como si estuviera evaluando cada palabra que decía, cada respiración que tomaba.
—Tu silencio, Poliana. Tu sumisión. Quiero que seas mi sombra, mi posesión. Y, por supuesto, espero que te entregues por completo a mí.
El aire entre ellos se cargó con una electricidad palpable, y Poliana sintió como si todo su ser estuviera suspendido en el aire, a punto de caer. Sus ojos se encontraron con los de Brett, y por un instante, algo en su interior se quebró. La realidad de lo que estaba a punto de suceder la aterrorizaba, pero también la atraía. La promesa de algo prohibido, de algo que solo él podía ofrecerle.
Brett la observó, sabiendo exactamente lo que pasaba por su mente. Se acercó un paso más, hasta quedar tan cerca que el calor de su cuerpo firme la envolvía. Y en ese instante, Poliana no pudo evitarlo: su corazón latió con fuerza, y por un segundo, todo lo que había sido ella misma se desvaneció.
—Hazlo —susurró Brett, con voz rasposa, como si supiera exactamente cómo tomarla, cómo doblegarla.