Ahora eres mi esposa

1514 Palabras
—La solución es simple —dijo Brett, finalmente rompiendo el silencio, como si estuviera dictando el término de una transacción de negocios—. Te casarás conmigo. Poliana sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. Intentó procesar esas palabras, pero simplemente no tenían sentido. Lo miró fijamente, buscando algún indicio de que aquello era una broma cruel, pero no encontró nada más que firmeza en sus ojos oscuros. —¿Casarme contigo? —susurró, casi sin voz. Luego, sacudió la cabeza, como si al hacerlo pudiera sacudir también aquella absurda idea—. Eso no tiene sentido. Brett apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hacia adelante, su presencia imponente llenando todo el espacio entre ellos. —Tiene mucho sentido, Poliana. Para ti y para mí —afirmó con tono implacable. Su socio comercial, el señor Monroe, era la razón de ese matrimonio. Era un hombre al que no podía simplemente decepcionar, y menos después de que él mismo le sugirió que casarse con ella sería un buen gesto para “pagar su deuda” con él. Al parecer, el señor Monroe era cercano a la familia Salinas; por lo que Poliana significaba algo para él. A Brett no le importaba lo que hubiese pasado entre ambos, lo que importaba era que él le había dejado claro que, si quería solucionar esa antigua "deuda", ese matrimonio era la manera de hacerlo. Así que allí estaba. —¿Y qué pasa con lo que yo quiero? —logró decir, sujetándose del respaldo de la silla para no tambalearse—. Esta es mi vida, Brett, no una maldita mercancía que puedes negociar. Él soltó una risa seca y absolutamente carente de humor. Dio un paso hacia ella, la cercanía hizo que Poliana tuviera que alzar la mirada para enfrentarlo. —¿Tu vida? —dijo, con una mueca que era más una muestra de desprecio que un gesto real—. Has jugado muy bien tus cartas, Poliana. Finges ser la víctima en todo esto, pero sé lo que estás haciendo. De alguna manera tejiste esta red para atraparme en este matrimonio. ¿Acaso tu padre no te enseñó bien? Porque se nota que eres igual de manipuladora que él. Su acusación fue como un golpe invisible. Poliana sintió que su rostro se encendía, pero no de vergüenza, sino de frustración e impotencia. Nada de aquello era cierto. Nunca había buscado nada de esto, y mucho menos hacer daño a alguien. Pero él no la escucharía, eso era evidente. Brett ya había hecho su juicio… y ella, como siempre, tendría que soportar el peso de una culpa que no le pertenecía. —El mundo está ansioso por devorarte —continuó Brett, caminando lentamente, con las manos en los bolsillos, estudiándola como si fuera una pieza de un tablero de ajedrez—. Tu apellido está manchado, y créeme, muchos están ansiosos por reclamar lo que creen que tú o tu familia les deben. Si no fuera por mí, estarías enfrentando demandas en este instante, y muy posiblemente algo peor como la cárcel. —Entiendo que crees que has ganado —dijo ella finalmente, con un leve temblor en la voz que disimuló detrás de una débil sonrisa irónica, “pero no soy una pieza más de tus negocios. —Oh, pero lo eres —replicó Brett, con una calma venenosa—. A partir del momento en que estrellaste tu vida contra la mía, te convertiste en parte del tablero. Así que decide rápido, Poliana. O aceptas este trato, o... —hizo una pausa breve pero marcada—, las consecuencias de rechazarlo serán difíciles de soportar. Esto no es una oferta, es un ultimátum. [...] La ceremonia se llevó a cabo dos días después, en una sala privada del ayuntamiento. Fue todo lo opuesto a un cuento de hadas. Brett no ocultó su desdén en ningún momento, y Poliana lo sintió claramente. Ni una sonrisa, ni una palabra amable. En cada silencio, en cada movimiento mecánico, le dejaba claro que ese matrimonio no sería nada más que un contrato, un nuevo grillete para ella. Cuando la ceremonia concluyó, Brett apenas la miró. —Ya eres la señora Avery, —dijo con un tono frío, casi burlón—. Juega bien tu papel y no interfieras en mi vida. No esperes nada de mí, y no te atrevas a exigirme más de lo que estoy dispuesto a darte. Los dedos de Poliana jugaron nerviosos sobre las esquinas del sobre que sostenía en sus manos. El contrato estaba firmado. Ella lo había hecho. No tenía alternativa. Y la verdad golpeaba con fuerza, tan pesada y tan real como el aire denso que la rodeaba. —Esto es lo que elegiste, Poliana —la voz de Brett resonó en el aire con esa calma inquietante que la ponía aún más nerviosa. Brett estaba de pie frente a ella. La miraba con esa expresión de superioridad que tanto la irritaba y a la vez la atraía. Había algo en él, algo oscuro que la llamaba, que la hacía preguntarse si tal vez lo que había hecho era un error, o tal vez la única opción que le quedaba. — ¿Vas a quedarte ahí toda la mañana o vas a empezar a comprender las consecuencias de tu decisión? —dijo Brett, acercándose un paso más. El sonido de sus pasos resonó en el suelo como un eco sordo que hacía vibrar su pecho. Poliana tragó saliva, sintiendo la presión en su garganta. Estaba atrapada, sin vuelta atrás. —Yo… no sabía que esto sería así —susurró Poliana, casi como si intentara convencerse a sí misma. —No sabías, claro —respondió Brett con una sonrisa irónica, una sonrisa que mostraba los dientes, pero que no alcanzaba a suavizar la dureza de su mirada—. Nuestras familias se conocen, tu padre estaba seguro de que te casaría conmigo... Ustedes, oportunistas, al final lo lograron —Se acercó aún más, y el espacio entre ellos se llenó de una tensión palpable, de algo que Poliana no sabía cómo manejar. —Eso no cambia nada. La decisión ya está tomada, y ahora disfrutaré de castigarte cada día de este infeliz matrimonio. Poliana intentó mantenerse firme, pero sus rodillas parecían ceder bajo el peso de sus propios pensamientos. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había llegado tan lejos? Había aceptado casarse con el monstruo. —No quiero hacer esto… —dijo, y su voz vaciló. Era como si una parte de ella quisiera retractarse, pero algo en su interior le decía que ya no había salida. Brett la observó, y por un momento, la frialdad en sus ojos desapareció, reemplazada por una chispa de diversión casi cruel. —Te creí que sabías lo que hacías —dijo con un destello de burla en su sonrisa. —Ahora… vas a tener que aprender rápido. Ahora eres mi esposa. Con un movimiento rápido, Brett la tomó de la muñeca, tirando de ella hacia él con tal fuerza que Poliana apenas tuvo tiempo de reaccionar. Estaba tan cerca de él que podía sentir su calor, el aroma intenso de su colonia, y la sensación de su cuerpo fuerte contra el suyo. —Es hora de que empieces a entender qué significa estar bajo mi control, Poliana. —Su voz, baja y grave, dejó una marca indeleble en su mente. Poliana intentó zafarse, pero la presión de su agarre era demasiado fuerte. Podía sentir el calor de su piel sobre la suya, la fuerza con la que la mantenía atrapada, como si no pudiera escapar ni con su voluntad. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, pero, por alguna razón, no podía apartarse. Brett la observó por un segundo, como si estuviera disfrutando de la lucha interna que se reflejaba en su rostro. Y entonces, sin previo aviso, la inclinó hacia él, sus labios rozando los de Poliana con una suavidad peligrosa. Poliana se tensó, la sensación de humillación la llenó al mismo tiempo que una oleada de calor subía por su cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no podía apartarse? Era inútil, sus sentidos estaban tan agudizados que podía sentir cada fibra de su cuerpo contra el de él. Un escalofrío recorrió su columna cuando sintió cómo su pecho se apretaba contra el de él Brett, sin embargo, no permitió que ella reaccionara. Su beso fue exigente, demandante, y aunque Poliana trató de apartarse, no podía. Él la mantenía apresada contra su boca, con una fuerza que la hacía sentirse prisionera de su propio deseo. El mundo se había detenido y lo único que importaba era el sabor de sus labios sobre los suyos. La resistencia se derrumbó y Poliana se rindió al abrazo de Brett, sumergiendo su alma en un mar de pasión. Era como un juego sucio que la obligaba a jugar, sin poder escapar. Cuando finalmente se separó de ella, Poliana estaba temblando, con la respiración agitada y su corazón desbocado. —Te dije que aprenderías rápido —susurró Brett sobre su piel.
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