En su primer día como la señora Avery, Poliana descubrió que su nueva vida sería un verdadero calvario. La fría ceremonia civil que los unió ya había dejado en ella un sabor amargo, pero nada la preparó para el crudo recibimiento en la mansión Avery. Brett ni siquiera se molestó en fingir cortesía; con la frialdad que lo caracterizaba, le asignó un cuarto alejado, pequeño y carente del más mínimo lujo, una declaración tajante de su intención de mantenerla a distancia. Para él, este matrimonio no era más que un castigo compartido, y no pretendía disimularlo.
Cada rincón de la mansión parecía magnificar ese frío. Altiva y majestuosa, la residencia Avery era un monumento a la opulencia, pero también un lugar impregnado de silencios incómodos y ecos sofocantes. Poliana sintió de inmediato que no era bienvenida, no solo por Brett, sino también por el personal que, sin palabras, dejaba clara su lealtad absoluta hacia su patrón. Eran miradas cargadas de juicio, murmullos apagados detrás de las puertas cerradas, un aislamiento que empezaba a pesarle. Pero Poliana no era alguien que se doblegara fácilmente, y a pesar de la hostilidad, decidió que no permitiría que la derrotaran tan rápido.
Sin nada más que hacer, Poliana resolvió explorar su entorno. Si iba a vivir atrapada en esa mansión, al menos entendería los confines de su prisión. Los pasillos eran interminables, casi laberínticos, y la atmósfera que los envolvía era tan gélida como el propio Brett. Pero mientras avanzaba, cada habitación, cada detalle arquitectónico, parecía contar una historia que aún debía descifrar. Fue entonces cuando llegó a una puerta que no parecía encajar con el resto del diseño impecable del lugar. Era una entrada descuidada y algo oculta, como si alguien hubiera querido relegarla al olvido.
Giró la manija y, para su sorpresa, la puerta cedió. Lo que encontró al otro lado era un mundo completamente diferente. La habitación que se desplegaba ante ella estaba en penumbra, pero conformada por detalles personales que contrastaban con la crudeza del mundo exterior de Brett. Había estanterías llenas de libros viejos, un escritorio cubierto de papeles desordenados, como si alguien los hubiera dejado en plena efervescencia creativa. Pero lo que capturó su atención fue un retrato que presidía la estancia. La mujer en la pintura era hermosa, con una calidez en su expresión que parecía irradiar luz propia, tan ajena a todo lo que Brett representaba.
Mientras examinaba el retrato, la voz de Brett irrumpió como un trueno, haciéndola girar de golpe.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó con dureza. Su mirada era glacial, cargada de una furia contenida que electrificaba la atmósfera.
Poliana, incapaz de encontrar excusas, balbuceó una respuesta.
—Yo… no... sabía... —intentó justificarse, pero él no estaba dispuesto a escuchar.
Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos, y cada palabra que pronunció fue como un golpe seco.
—Este espacio no te concierne. No vuelvas a husmear en mi vida privada. Hay límites, Poliana, y sería prudente que no los cruzaras.
—Su voz, aunque baja, era intensa y cargada de advertencia.
Poliana quiso replicar, incluso dejar salir la indignación que ardía en su pecho ante su tono autoritario, pero algo en los ojos de Brett la detuvo. Más allá de la furia, había un destello de dolor profundo, un tipo de vulnerabilidad que él parecía esforzarse en esconder. Calló, guardando las palabras que quería lanzar como un dardo, pero su curiosidad ya estaba encendida.
Brett por su parte la sacó a rastras de la habitación y cerró la puerta con llave. Se giró hacia ella y la empujó de regreso al pasillo. Poliana no esperó más para salir corriendo y encerrarse en la habitación que ahora era suya. Se sintió aliviada, pues Brett no intentó seguirla y más bien, se quedó encerrada ahí hasta que anocheció.
Con el corazón aún acelerado por el encuentro con Brett, Poliana entró en su habitación, esperando poder relajarse. Pero, algo llamó su atención: sobre la cama, doblada con cuidado, había una pequeña bata de seda blanca. Poliana se acercó con cautela y la levantó para examinarla. Era hermosa, pero evidentemente muy pequeña para cubrir su cuerpo generoso.
"¿Quién la puso aquí?" se preguntó, frunciendo el ceño.
Sabía que no podía haber sido Brett, ya que él la odiaba abiertamente. Entonces, ¿quién había tenido acceso a su habitación?
Se miró en el espejo y vio su reflejo, tenía los ojos cansados y la piel pálida. No tenía más elección que vestirse con aquella pequeña bata, aunque se sentía ridícula pensando en cómo se vería. Sin embargo, no quería dar importancia a aquel gesto. Sin pensarlo más, se quitó la ropa y se puso la bata.
El color realzaba la palidez de su piel y el tejido sedoso la envolvía como una segunda piel. Se sintió expuesta, como si cualquier persona que entrara en la habitación pudiera verla de inmediato. Pero sabía que no podía preocuparse demasiado por eso en ese momento. Después de todo, no era como si tuviera otra opción.
Con resignación, Poliana se acercó a la cama y se acostó, la bata se deslizó alrededor de ella mientras se tendía en las sábanas. Intentó relajarse, pero no lo logró del todo. El reloj en la pared señaló la media noche. Debía estar durmiendo, pero no podía hacerlo. Aquel lugar era extraño para ella. No estaba costumbrada a ello.
De repente, escuchó el sonido de la puerta de la habitación, abierta ligeramente. Al principio, Poliana pensó que se trataba de alguien del servicio que había venido a atenderla en algo, pero luego escuchó la voz de Brett y su cuerpo se estremeció. Vestido con un traje n***o impecable, su mirada se clavó en ella con la fuerza de un depredador que evalúa a su presa. Poliana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la mirada. Aunque todo en su interior gritaba que huyera, algo en él la retenía, como una serpiente hipnotizando a su víctima.
¿Qué haría ahora? No tenía más elección que enfrentarlo. Con una respiración profunda, habló:
—Así que ésta es la chica que tuvo el valor de venderse por un puñado de billetes —dijo Brett, su voz baja y cargada de desdén.
El comentario golpeó a Poliana como una bofetada. Sintiendo cómo sus mejillas ardían de vergüenza, apretó los puños.
La puerta se abrió un poco más y Brett entró en la habitación. Su mirada descendió sobre Poliana, que se sentía temblar con ansiedad. Luego, su mirada subió hasta su rostro y Poliana sintió como si fuera golpeada. Había crueldad en sus ojos y la hacía sentir pequeña y vulnerable.
—Eso no es cierto —murmuró, con voz temblorosa, pero firme.
Brett soltó una carcajada seca, inclinándose ligeramente hacia ella.
—¿Y eso lo hace mejor? ¿Crees que tu nobleza cambia el hecho de que ahora me perteneces? ¿Qué firmaste tu libertad por un sueño absurdo?
Cada palabra era como un dardo venenoso, y Poliana se tambaleó emocionalmente bajo su peso. Pero no iba a dejar que él viera cuán profundamente le dolía. Respiró hondo, levantando la barbilla para enfrentarlo.
—Cumpliré con mi parte —dijo, esforzándose por mantener su dignidad—, pero no permitiré que me humilles más de lo necesario.
Él se acercó, y la tensión en la habitación aumentó. Cada paso que daba hacia ella hacía que su corazón latiera con más fuerza, hasta que la distancia entre ambos fue prácticamente inexistente. Brett alzó una mano, y por un instante, Poliana creyó que iba a tocarla.
Pero en lugar de eso, tomó el contrato de sus manos, dejándola con los brazos vacíos.
—¿Sabes lo que significa este papel? —preguntó, su voz apenas un susurro. Ella no respondió, incapaz de moverse bajo su escrutinio—. Significa que todo lo que eras, todo lo que pensabas que podías ser, se ha terminado. Ahora, harás lo que yo diga, cuando yo lo diga.
Poliana sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, pero se negó a dejarlas caer. Brett inclinó la cabeza, observándola con una mezcla de curiosidad y algo más oscuro.
Poliana se sentó en la cama, con la bata arremolinada a su alrededor, y miró hacia la puerta.
—¿Así que intentas provocarme en nuestra boda? —dijo Brett, con voz llena de desprecio— ¡Esa bata! ¡Ese cabello! ¡Esa piel!
La acusación le hizo sentir humillada y Poliana se cubrió la cara con las manos, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar.
—¿Por qué tienes que ser tan cruel? —exclamó, sin importarle que su voz fuera apenas audible.
Brett se rió.
Brett avanzó hacia Poliana mientras su risa se convertía en un gruñido de desdén. Le tomó la mano y la arrastró a la cama, donde se detuvo frente a ella. La mirada de Poliana se desvió hacia el suelo, temblando de miedo y vergüenza. Brett se rio de nuevo y comenzó a desatar la bata de seda blanca que Poliana se había puesto. Lo hizo con una velocidad y ferocidad que la hizo gritar de dolor, pero Brett no paró hasta que la ropa estuviera en pedazos en el suelo. Poliana se cubrió los pechos con los brazos, llorando sin cesar. Brett la miró con odio en los ojos.
—Ahora eres decente —dijo con dureza.
Mientras Brett terminaba de arrancar la bata, su mirada se posó en Poliana y esta sintió un escalofrío recorriendo su espalda. La luz de la habitación parecía intensificarse, convirtiéndose en una llama que iluminaba la escena. Brett la miró con una intensidad que hizo que Poliana sintiera como si estuviera siendo examinada en un laboratorio científico. Su mirada se deslizó por su cuerpo, sacudiendo los músculos y mostrando la forma de sus senos y piernas. Poliana se sintió humillada y avergonzada, pero al mismo tiempo, sentía ansiedad. Quería desaparecer.
Intentó taparse con las sábanas, pero Brett fue más rápido y las apartó con un movimiento brusco.
—No te tapes —dijo con voz ronca—. Quiero verte bien.
Poliana se sintió completamente expuesta y vulnerable mientras él continuaba observándola con esos ojos hambrientos.
Pero entonces, de manera repentina, Brett pareció recuperar la cordura y sacudió la cabeza como si intentara sacarse algún pensamiento de la mente.
—Esto es un error —murmuró, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la puerta—. No eres suficiente para mí.
Poliana quedó inmóvil, respirando con dificultad, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que no quería dejar caer. En ese momento, entendió que no había marcha atrás. Y aunque su mente le gritaba que se apartara, su corazón latía fuerte, y de alguna manera, algo en su interior sabía que su vida había cambiado para siempre.
Con eso, salió de la habitación, dejando a Poliana sola y confundida sobre lo que acababa de pasar. Ella se tapó con las sábanas, sintiendo un escalofrío que le recorría todo el cuerpo. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Brett había reaccionado así? No entendía nada.