Semanas atrás...
El sol se reflejaba en las aguas tranquilas de la bahía, tiñendo de dorado los tejados de la pequeña ciudad costera donde Poliana Salinas había crecido. La familia Salinas era respetada y querida; su padre, Víctor Salinas, era un empresario conocido por su honestidad y compromiso con la comunidad. Tenía un astillero próspero, daba empleo a muchas familias y era un hombre de principios inquebrantables. Pero todo cambió en cuestión de días.
Poliana disfrutaba de la brisa marina aquella tarde cuando su abuela irrumpió en la casa con el rostro desencajado. Traía en la mano un periódico arrugado, temblando mientras señalaba el encabezado: Fraude financiero sacude la industria naviera: El dueño de las Salinas acusado de corrupción.
—Esto tiene que ser un error —murmuró Poliana, arrebatándole el periódico a su abuela. Sus ojos recorrieron la noticia con incredulidad. Acusaban a su padre de haber falsificado documentos y desviar fondos, lo que había llevado a la quiebra de su propia empresa.
Horas después, su padre llegó a casa, con la ropa arrugada y el rostro pálido. Poliana nunca lo había visto tan abatido.
—Nos han tendido una trampa —dijo con voz grave, mirando a su esposa e hija con un dolor indescriptible—. Federico Lozano me traicionó.
Federico era su socio y mano derecha, un hombre en el que su padre había confiado ciegamente. Al parecer, había manipulado los libros de contabilidad y usado el nombre de su papá para encubrir transacciones fraudulentas. Ahora, con Federico desaparecido y las pruebas apuntando a su padre, no había escapatoria.
Esa misma noche, las autoridades congelaron sus cuentas bancarias, y los empleados del astillero comenzaron a desertar. En cuestión de días, la familia Salinas pasó de ser respetada a ser señalada en las calles. Los amigos de la alta sociedad que solían rodearlos desaparecieron.
El golpe final llegó cuando su padre sufrió un infarto fulminante.
El funeral fue rápido y silencioso. Muy pocos asistieron. Poliana, vestida de n***o, apenas pudo sostener a su abuela mientras bajaban el ataúd a la tierra. El escándalo financiero los había dejado sin dinero, sin aliados y ahora sin el pilar de su familia.
Los días siguientes fueron una pesadilla. La casa de los Salinas, aquella hermosa construcción con vista al mar fue embargada. Sus pertenencias fueron subastadas a precios ridículos, y la humillación de perderlo todo en público la acompañó en cada esquina de la ciudad. Ahora, Brett Avery se estaba convirtiendo en su verdugo y Poliana ni lo entendía. Sí, conocía a Brett, su padre llegó a sugerir un matrimonio con él. Pero ahora la culpaba por cosas que ella no había hecho.
...
El humo se disipaba lentamente en la habitación oscura mientras Brett Avery se recostaba en su sillón de cuero, con la mirada fija en la ciudad iluminada a través de los ventanales de su oficina. Tenía el contrato en sus manos, el acuerdo que lo ataba a Poliana Salinas. Su mandíbula se tensó, y una sensación amarga se asentó en su pecho.
"Poliana Salinas", murmuró su nombre en la penumbra. Su pasado y el de ella se entrelazaban en un punto que había intentado olvidar por años.
[...]
Brett había crecido en los barrios bajos, donde la pobreza no daba tregua. Su madre trabajaba hasta el agotamiento, y su padre… bueno, nunca tuvo uno. Con el tiempo, aprendió a sobrevivir solo, a pelear por lo que era suyo. No tenía más aliados que su propia determinación.
Pero no siempre había sido un lobo solitario. Hubo un tiempo en que confió. En que amó.
Era un joven becado cuando conoció al amor de su vida, la deslumbrante hija de un nuevo rico. Ella era todo lo que él no: elegante, refinada, y con una reputación que abría puertas. La amaba con una intensidad feroz, creyendo ingenuamente que su ambición y esfuerzo serían suficientes para estar a su lado. Ella le prometió amor eterno, le hizo creer que su futuro estaba asegurado.
Hasta que lo dejó. Lo cambió por un hombre con una cuenta bancaria más abultada, con un linaje impecable. Fue en ese momento que Brett aprendió la lección más cruel: el amor no existía, solo los intereses. Y él no era lo suficientemente valioso. Esa mujer, esa mujer le había roto el corazón en mil pedazos y lo peor de todo era que la seguía amando, estaba todavía en su vida, dando vueltas en su mente, sin ningún permiso. Pero ella no lo recordaba... ¿por qué? ¿por qué no lo recordaba?
Esa traición lo marcó. Su corazón se endureció. Nunca más volvería a ser el ingenuo que entregaba su alma por una sonrisa bonita.
Pero la vida tenía formas retorcidas de jugar con él.
Poco después, recibió una oferta inesperada de un misterioso benefactor. Un hombre influyente, con la capacidad de cambiar su destino. Nunca supo realmente por qué lo eligió, solo que, de la noche a la mañana, pasó de no tener nada a amasar una fortuna considerable con su guía. Aprendió a moverse en el mundo de los negocios con frialdad, a tomar decisiones sin mirar atrás.
Entonces llegó la verdadera sorpresa.
—Hay algo que quiero pedirte a cambio —le pidió su benefactor una noche, con una copa de whisky en la mano.
Brett arqueó una ceja. Lo había esperado. Nadie daba algo sin pedirlo de vuelta.
—¿Qué es? —preguntó, sin rodeos.
—Quiero que te cases con Poliana Salinas.
El nombre encendió una alarma en su cabeza. Conocía a los Salinas, los conocía como la palma de su mano... El pasado amenazaba con regresar. Y ahora… ahora estaba aquí, escuchando esa misma propuesta, pero desde una posición diferente.
—¿Por qué? —inquirió Brett, desconfiado.
—Digamos que me debes un favor. Además… no tienes opción.
Brett rió sin humor. Por supuesto que tenía opción. Siempre la tenía. Pero miró a los ojos de su benefactor y comprendió que esta vez no.
Aceptó.
Pero su mente ya tenía una narrativa clara. Poliana Salinas no era bienvenida en su corazón... nunca. Seguramente, tras la caída de su familia, había visto en él su última oportunidad de mantener su status. Era una interesada ¿Qué relación existía entre Poliana y su benefactor? Brett no pensó mucho en ello. No era más que otra mujer aferrándose al poder y al dinero. Lo miraría con esos ojos inocentes, pero él ya no creía en cuentos de hadas.
La haría pagar por cada decepción que había sufrido, por cada mujer que lo había traicionado. Si pensó encontrar en él un cajero automático, estaba equivocada.
Sin embargo, algo lo inquietaba. En su primera reunión con ella, al verla temblorosa pero desafiante, no nada familiar en su mirada. No vio la ambición, ni el hambre por su fortuna. Ella quería irse, no quería casarse con él. ¿Por qué aparentaba ser tan digna? ¿Por qué aparentaba que no lo reconocía? Eso lo enojó de inmediato.
Vio algo más. Algo que lo desconcertó. Y eso… lo enfureció aún más.