Una nueva salida

1095 Palabras
El silencio apenas le dio espacio para descansar. No llegó a dormirse del todo cuando algo la hizo despertar de golpe. Su cuerpo se tensó como un resorte, el corazón retumbó con fuerza mientras instintivamente tiraba de las mantas hasta cubrirse un poco más. La manija de la puerta giró con una ominosa suavidad, y entonces lo vio otra vez, luego de la humillante noche de bodas. Brett cruzó el umbral despacio. —¿Qué estás haciendo aquí? —susurró Poliana, esforzándose por mantener la voz firme, aunque esta tembló irremediablemente. Él no respondió de inmediato. Su figura alta y vigilante parecía no tener prisa. Sus ojos oscuros, cargados de una frialdad que la desordenaba, la escrutaron en el débil juego de luces. Cerró la puerta tras de sí con una calma inquietante, situándose a unos pasos de la cama. Poliana, incapaz de apartar la mirada de él, sintió cómo la ansiedad la envolvía por completo. —Creo que te quedó claro desde el principio —comenzó él, con un tono bajo, seco y afilado como una cuchilla—. Este matrimonio no es más que un acuerdo. Nunca seremos marido y mujer, y espero que no alimentes ridículas ilusiones al respecto. El frío en su voz fue como un jarro de agua helada que la golpeó en plena madrugada. Poliana abrió la boca para responder, pero no pudo articular palabra. Brett dio un paso más hacia ella, y aunque la tensión entre ambos era palpable, él continuó. —Mañana todos lo sabrán. —Hizo una pausa deliberada, disfrutando del impacto que provocaban sus palabras—. Haré correr el rumor de que no pasamos la noche juntos. ¿Te imaginas lo que pensarán de ti? Serás la comidilla de cada reunión, la burla en cada rincón. Poliana sintió cómo un ardor subía desde su pecho hasta sus ojos, pero no iba a llorar. No frente a él. Se obligó a mantener la compostura, aunque el temblor en sus manos la traicionaba. Brett, como si no fuera suficiente, se inclinó un poco hacia ella, acercándose solo lo justo para hacerla sentir insignificante. —¿Lo entiendes? Nunca habrá nada entre nosotros. Más vale que sepas quedarte en tu lugar. Poliana lo miró con los ojos entrecerrados y dejó que una lagrima vaga recorriera su mejilla, que luego limpió rápidamente con su mano. —Quiero ver a mi abuela. Haz que venga, necesito verla. Brett se sorprendió con su petición. No le pareció mala idea, quizá podía utilizar a esa anciana de alguna forma... Sí, eso haría. Sonrió ladino y asintió con la cabeza. —Bien, le avisaré a tu abuela que quieres verla. [...] La mansión Avery parecía aún más imponente con la llegada de la abuela de Poliana. A pesar de su avanzada edad, la señora Salinas se mantenía firme, con una mirada astuta que escondía años de sabiduría y secretos. Brett, inexpresivo como siempre, la recibió en la entrada y la acompañó hasta los jardines, donde Poliana la esperaba con impaciencia. —Abuela —susurró Poliana, con un nudo en la garganta, abrazándola con fuerza. La anciana le acarició el cabello con ternura, aunque sus ojos la estudiaban con cuidado. Ambas tomaron asiento en un banco de hierro forjado, rodeadas por el aroma de las rosas que trepaban los muros de la mansión. —Hija, mírate… —susurró la anciana, tomando sus manos entre las suyas—. No tienes buen semblante. Poliana bajó la mirada, sintiendo el ardor de las lágrimas luchando por salir. —No soy feliz, abuela. Este matrimonio es horrible. Brett me trata con indiferencia, con desprecio. Me siento atrapada, sin poder hacer nada… La anciana guardó silencio por un momento, como si estuviera eligiendo sus palabras con sumo cuidado. Luego, sonrió con una dulzura que parecía casi enigmática. —No te amargues, niña. Sé inteligente. Poliana frunció el ceño, sin entender lo que su abuela intentaba decirle. —¿Inteligente? ¿Cómo se supone que haga eso? Nada de lo que haga cambiará su actitud. La anciana suspiró y le dio un suave apretón en las manos. —Utiliza tus encantos, Poliana. —¿Qué? —La joven se apartó levemente, desconcertada—. No, abuela… Él no quiere verme, apenas me dirige la palabra. Nunca hemos… consumado nuestro matrimonio. La anciana arqueó una ceja y una sonrisa sutil apareció en sus labios. —Tal vez es hora de que eso cambie. Poliana sintió el calor subir a sus mejillas. —No puedo hacer eso, no puedo simplemente… —Oh, querida. Claro que puedes. Un hombre como él… puede que sea frío y despiadado, pero sigue siendo un hombre. La indiferencia no siempre es real. Tal vez está esperando a que tú tomes la iniciativa. Poliana apartó la mirada, sus pensamientos eran un torbellino de confusión y miedo. Su abuela siempre había sido una mujer sabia, pero este consejo… ¿Podría realmente hacer algo así? ¿Se atrevería siquiera a intentarlo? —Piénsalo, niña. No se trata solo de él. Se trata de ti. Si esta es tu vida ahora, ¿no crees que deberías tomar el control de ella? La anciana se puso de pie con una elegancia propia de su linaje, acariciándole la mejilla con cariño. —Solo te daré este consejo: a veces, el poder no está en la fuerza ni en la riqueza, sino en saber jugar bien tus cartas. Poliana apartó la mirada, sus pensamientos eran un torbellino de confusión y miedo. Su abuela siempre había sido una mujer sabia, pero este consejo… ¿Podría realmente hacer algo así? ¿Se atrevería siquiera a intentarlo? La anciana se inclinó un poco más hacia ella y bajó la voz. —Escúchame bien, niña. Hay maneras de despertar el interés de un hombre que se resiste. Conozco una medicina… algo que puedes poner en su copa una noche. Solo un poco, lo suficiente para ayudarlo a relajarse, para que deje de lado sus barreras. Cuando el cuerpo habla, la mente deja de resistirse. Poliana abrió los ojos con sorpresa, pero la anciana la miró con seriedad. —No es nada malo, querida. Solo… un empujoncito. A veces, los hombres necesitan que se les recuerde lo que tienen al alcance de la mano. Poliana sintió una extraña emoción burbujeando en su pecho. Esperanza. Tal vez, solo tal vez, esto era lo que necesitaba para cambiar la dinámica entre ellos. Si lograba acercarse a Brett de esa manera, si lograba cruzar esa barrera, tal vez las cosas podrían mejorar. Ahora tenía una oportunidad. Y no pensaba desaprovecharla.
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