No quiero perder tiempo

1534 Palabras
El sol ya estaba alto cuando regresaron a la playa. El agua brillaba como un espejo líquido bajo la luz dorada, y la orilla estaba casi desierta, salvo por un par de niños que corrían tras una cometa y algunos pescadores que reparaban redes a la sombra de una palmera. Brett extendió una manta sobre la arena mientras Poliana se quitaba la ropa con movimientos rápidos, como si desnudarse ante él fuera una prueba de fuego. Él fingía no mirar… pero no miraba muy bien. No había forma de ignorar cómo el bikini realzaba su piel, su cintura pequeña, sus piernas torneadas y su trasero respingado. Desvió los ojos para no tentarse más. —Deja de observarme como si fueras a estudiar mi anatomía para un examen final —dijo ella, lanzándole una mirada sin mucha amenaza. —No es para un examen. Es para mi tesis —respondió él con una sonrisa. —Idiota. —Encantado. Ella corrió hacia el agua primero, sin darle tiempo de responder, y Brett fue tras ella, quitándose la camisa mientras avanzaba. Poliana gritó al contacto con el agua fría, pero no se detuvo. Hundió los pies, luego las piernas, y se sumergió de golpe, saliendo con un jadeo y el cabello pegado al rostro. Brett se zambulló detrás. El agua le supo a sal, sol y algo más: libertad. Poliana chapoteó hacia atrás, salpicándolo. —¡Te atreves! —dijo él, medio riendo. Ella volvió a salpicarlo. —¡Me atrevo! Brett nadó rápido y la alcanzó por detrás, sujetándola de la cintura. Ella chilló al sentirlo cerca, y trató de soltarse, pero él la giró, y quedaron frente a frente, flotando con el agua a la altura de los hombros. —Eso fue una declaración de guerra —dijo él, con los ojos brillantes. —Y tú eres un pésimo soldado. Te atrapé. —¿Ah, sí? Ella alzó la barbilla. —Sí. Y entonces Brett hizo algo inesperado: metió una mano bajo el agua y la levantó por la cintura. Poliana soltó una risa escandalizada mientras él giraba con ella en brazos, como si bailaran en el océano. —¡Brett! ¡Voy a ca...! Se soltó sin querer una carcajada auténtica, tan limpia y despreocupada que le dolió de lo buena que era. Él la dejó caer suavemente al agua, y cuando volvió a emerger, sus rostros estaban muy cerca. La risa de ella se había ido apagando en una sonrisa entreabierta. Los dos respiraban entrecortado, por la risa, por el momento. Por el calor. —Hace mucho que no te reías así —dijo él, con voz grave. —Hace mucho que no tenía por qué. Sus ojos se encontraron. El agua se volvió apenas un murmullo a su alrededor. —¿Y ahora? —No lo sé —susurró ella—. Tal vez aún no. Una ola los empujó un poco más cerca. Brett no la soltó. —Poliana... —¿Sí? Él no terminó la frase. Bajó la vista a su boca, solo un segundo, como quien recuerda un sabor de helado. Ella notó el gesto, tragó saliva. Sus cuerpos flotaban pegados, pero ninguno se movía. Solo el mar, alrededor de ellos. Entonces Poliana bajó la mirada, retrocedió un paso en el agua y dijo con una sonrisa pícara: —Si me tocas otra vez, te ahogo. Brett rió, pero no dio un paso atrás. —Valdría la pena. Ella nadó hacia la orilla, dejándolo atrás con una zambullida elegante. Brett la siguió un poco después, sin apurarse. La miraba como si tratara de memorizarla. Ya en la arena, Poliana se tumbó boca arriba sobre la manta. Brett se sentó a su lado, cruzado de brazos, observando el mar. —Tengo un plan —dijo Brett mientras regresaba la mirada hacia ella. —¿Qué es? —Ven conmigo —se levantó de la arena y le ofreció una mano. —Es una sorpresa, así que te taparé los ojos. Poliana asintió emocionada y ansiosa por saber de qué se trataba. Caminaban descalzos sobre la arena que ardía, esquivando caracoles y redes olvidadas por los pescadores madrugadores. La marea estaba tranquila, las olas como suspiros largos que lamían la orilla con una cadencia hipnótica. Brett, con el torso desnudo, caminaba cargando la bolsa con el equipo de buceo que había alquilado en una caseta local. En la orilla, él mismo la equipó. Ambos se sumergieron poco a poco. El agua estaba fresca, pero no fría. Una vez bajo la superficie, todo cambió: el mundo se volvió silencioso, vibrante, con un azul profundo atravesado por manchas doradas de luz. Peces de colores danzaban entre los corales como si los esperaran. Brett se adelantó unos metros y giró para verla, como si quisiera comprobar que ella estuviera mirando lo mismo que él: lo extraordinario. Poliana lo siguió y de pronto él se detuvo y señaló una tortuga marina que nadaba cerca del fondo, lenta, majestuosa. Ella abrió mucho los ojos tras la máscara, y él soltó burbujas que parecían risa. Luego hizo un gesto: estiró la mano hacia ella. Poliana la tomó. Nadaron así por un rato, de la mano bajo el mar, como si fuera un pacto silencioso entre dos que habían olvidado cómo confiar. Cuando salieron a la superficie, resoplando y riendo, Brett le salpicó agua a la cara. —¡Eso es trampa! —gritó ella, riendo. —No, eso es guerra. Y se lanzaron a una batalla acuática de salpicones, empujones suaves y risas que rompieron el aire salado. En un momento, ella terminó sobre él, hundiéndolo sin querer, y él emergió a su lado, respirando hondo. —Me encanta como te queda ese bikini, Poliana —susurró, desviando el tema y ella lo empujó de nuevo, roja de risa y vergüenza. Al atardecer, ya secos y vestidos, Brett la llevó a conocer un restaurante-bar enclavado en una colina que daba al mar. Se llamaba O Farol, y tenía farolillos encendidos incluso antes de que cayera la noche. Desde la terraza, el mar era un manto anaranjado, como si alguien lo hubiera encendido en fuego líquido. Brett pidió una botella de vino verde, típico de la región, y un plato local que prometía “romper el alma de placer”. Poliana, más relajada de lo habitual, aceptó la copa sin objeciones. Brett ya era conocido por el dueño, que los saludó con un abrazo exagerado y les trajo la primera ronda sin preguntar. —¡Provecho, casal bonito! —les guiñó. Poliana levantó una ceja. —¿Casal? —Pareja —tradujo Brett, dándole un trago a su copa—. Tranquila, no te comprometes por beber conmigo. —Ah, menos mal. Me aterra el compromiso —bromeó, pero le tembló la voz. La comida fue un festín de sabores que explotaban como fuegos artificiales: bolinhos de bacalao, arroz de mariscos, mandioca frita, y una moqueca que hizo que Poliana cerrara los ojos del placer. Rieron, compartieron bocados, jugaron a inventar historias sobre los otros comensales y, para cuando llegaron al tercer cóctel, ella ya tenía los hombros bajos, el alma un poco más liviana, y las mejillas color canela. —¿Sabes? —dijo Poliana, con voz algo arrastrada—. Me gustas más ahora. —¿Ahora? —Sí. Ya no pareces el mismo hombre que me maltrató y abandonó por tres años. Espero que ese hombre nunca regrese… El calor del alcohol les ablandaba las costillas. —Mataría a ese hombre si pudiera —susurró Brett conteniendo una sonrisa amarga. Ella bajó la mirada, riendo. —Cállate, estás borracho. —Un poco. Pero no miento. Poliana se inclinó hacia él con los ojos brillantes. Había calor en su piel, y el murmullo del mar se mezclaba con la música y las luces. —Ya es hora de irnos, Brett… Brett pagó la cuenta y la condujo por la playa de regreso, tomándola por la cintura. —Tengo arena en todos lados —dijo Poliana, haciendo una mueca. —Puedo ayudarte a quitártela —respondió Brett, mientras la miraba de arriba abajo y se relamía los labios. Ella se detuvo. —¿Sigues siendo así? ¿Directo? —Solo contigo —dijo él, más serio—. Porque ya no quiero perder tiempo. Se quedaron de pie frente al mar. La brisa les revolvía el cabello. La respiración de ella era desigual. Los ojos de él estaban oscuros y fijos en su boca. —No sé si es el ron, el mar, o tú... —susurró Poliana. —Soy yo —dijo Brett, acercándose un poco más—. Pero si necesitas culpar al alcohol, adelante. Ella se rió... y entonces él la besó. La besó como si ambos se estuvieran recordando. Como si el mar los empujara uno contra el otro. Luego, más urgente. La lengua de él la exploró con cuidado, con hambre. Las manos de Poliana subiendo por su nuca. —Tenemos que irnos —murmuró él, la voz ronca—. Antes de que te haga cosas que no debería en esta playa pública. Ella se mordió el labio. Y susurró: —¿Y si quiero que me las hagas?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR