Me estás enloqueciendo

1138 Palabras
Brett no subió de inmediato. Se quedó allí, sentado en el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada baja, pensativo. Poliana lo observaba desde la cama, sin saber si acababa de tenderle una trampa a su propio orgullo o si, en realidad, deseaba que él la aceptara. —Brett… —murmuró, insegura. —¿Sigues siendo así? —preguntó él, sin mirarla—. ¿De las que dan un paso y luego se asustan y se echan atrás? Poliana abrió los labios para responder, pero no halló palabras. Él levantó la vista, y sus ojos se clavaron en los suyos como cuchillas. Había algo en su expresión… decepción, tal vez… nostalgia. Sin decir más, Brett se levantó. Caminó hasta la cama con pasos lentos, medidos, como si se negara a sí mismo la urgencia. Se sentó en el borde del colchón, dándole la espalda. —No voy a hacer nada que no quieras —dijo, con la voz baja, tensa—. Pero no me provoques si después vas a mirarme como si fuera un monstruo. Poliana frunció el ceño, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Se incorporó ligeramente, apoyando el cuerpo en los codos. —¿Crees que eso pienso de ti? Él no contestó. Se pasó una mano por la nuca, exhalando con fuerza. Entonces, ella lo dijo, apenas un murmullo: —Estás haciendo una tragedia por un “casi”. Brett se congeló. Giró el rostro lentamente hacia ella. Sus ojos estaban muy abiertos, y por un instante, la tensión se volvió otra cosa. Incredulidad. Nostalgia. —¿Qué dijiste? —Lo que oíste —dijo Poliana, encogiéndose de hombros con una sonrisa tímida. Él la miró como si le acabaran de leer la mente. Su corazón latió acelerado. Era la primera vez que notaba que la Poliana del pasado salía a través de las grietas de la actual Poliana. Ella solía decir eso cada vez que Brett la atrapaba a punto de romper las reglas. Lo decía cuando se saltaba las clases para ir a los jardines, o cuando la veía besarse con algún idiota detrás del auditorio… O cuando él aparecía y la sacaba de ahí antes de que te metieras en problemas… actuando como un amigo torpe y estúpido enamorado. Una pausa espesa se instauró entre ambos. Poliana agachó la mirada, incómoda. —¿Qué pasa? —Siempre he sido el idiota que se enamoró de ti —dijo Brett, seco, quitando varias almohadas y poniéndolas entre ellos, separando la enorme cama King. Ella palideció. El recuerdo no acudía a su mente. No con claridad. La universidad era una mancha entre dorada, negra y difusa en su memoria. Ella no recordaba nada y eso le inquietaba cada vez más a Brett… —¿Quieres que te cuente una historia? —preguntó, dudoso. Poliana sonrió con intriga. —Una vez una chica muy rica invitó a medio campus a una fiesta en su lujosa casa, incluso al becario que siempre la miraba desde lejos, el que llevaba zapatos con suela gastada y calculaba cada centavo para los libros. Él no quería ir, pero fue porque ella, en un arranque de falsa generosidad, le dijo "No seas amargado" con una sonrisa que brillaba como el anillo de diamantes que le regaló su papá. —Suena como si no fuese una buena persona —susurró Poliana. Brett sonrió ante la ironía. Era como si tuviese a dos personas distintas. La primera, nunca volvió a aparecer. — Sí, tienes razón… pero él solo era un becado, sí. El que no tenía auto, el que ella escondía cuando iba con sus amigas. El que le escribía poemas y ella los rompía después de leerlos. Pero a él no le importaba. Porque ella terminó por enamorarse de aquel hombre pobre... Todo era muy feliz hasta que ella desapareció de su vida para comprometerse con un bastardo con apellido francés. Poliana sintió una corriente fría recorrerle la espalda. —¿Sabes qué es lo peor? —Brett terminó la historia, mirando a Poliana directamente, como un juez frente al acusado—. Que la chica ni siquiera lo recordaría después. Para ella solo fue otro hombre en su vida… Para él, una herida que nunca cerró bien. Él se levantó de la cama bruscamente. Caminó hasta la ventana y se quedó allí, con la espalda tensa. —Me enamoré como un imbécil, Poliana. Y ella se comprometió con otro por dinero. Aunque, algo pasó con ese compromiso y el francés canceló el matrimonio —Brett hizo una pausa mientras volvía hacia ella—. Hasta que se me presentó una oportunidad grandiosa, gané mucho dinero gracias a un benefactor. El que hoy esté aquí es casi como una lotería. El silencio fue absoluto. Poliana se llevó una mano al pecho. Las palabras de Brett la habían golpeado como un látigo y no sabía exactamente por qué. No solo porque eran duras, sino porque, en algún lugar dentro de sí, resonaban con una culpa vaga, difusa, ¿como si fueran ciertas… o para ella? —¿Es por eso por lo que no confías en las mujeres? ¿Es por ella? —susurró, con voz ronca—. ¿Creíste que yo sería como ella y te traicionaría? El mundo se detuvo. Brett sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Aquella pregunta, inocente y terrible a la vez, le atravesó el pecho como un cristal afilado, rompiendo algo que llevaba años sellado. Pero esta Poliana, la de ahora, no se reía. No lo miraba con desdén, no lo había abandonado. Sus ojos brillaban con algo que él no había visto antes en ella: culpa ajena, un dolor prestado, como si el peso de aquella ofensa no le perteneciera y, sin embargo, lo cargara por él. —No lo entiendes... —logró decir, pero su voz sonó ajena, rota. Poliana alzó una mano temblorosa hacia su rostro. —Ayúdame a entender... Y entonces... se desmoronó. Brett la atrajo hacia sí con una urgencia que lo aterraba, como si temiera que fuera a esfumarse. Sus labios se encontraron en un choque de sabores amargos, con lágrimas, culpas, recuerdos podridos, y Poliana lo recibió todo, abrazándolo tan fuerte que le dolían los brazos. Él temblaba contra ella, como un niño perdido que por fin encontraba refugio después de una tormenta interminable. Cuando se separaron, Brett tenía el rostro húmedo. —Maldita sea... —susurró, avergonzado, intentando apartarse, pero Poliana no lo soltó. Lo sostuvo con una firmeza que le partió el alma. —Ya ella no está aquí para hacerte daño —le dijo, apoyando su frente contra la de él—. Yo no podría traicionarte, Brett. Brett sonrió. Si tan solo ella supiera… —Y, aun así, me estás volviendo a enloquecer.
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