Lucas levantó su pizarra hacia él con una mirada emocionada. En ella, dibujados con lápices de colores, había un hombre y una mujer, y entre ellos un niño que les tomaba de la mano. El cielo era azul, el sol dorado y la hierba verde. Todo parecía maravilloso. Edward examinó el dibujo durante un rato y, con cierta duda, preguntó: —¿Quieres una mamá, Lucas?— El niño asintió con entusiasmo. Su rostro se sonrojó, y con esfuerzo logró pronunciar una palabra: —¡Mamá!— La expresión de Edward se congeló al oírlo, y una mirada nerviosa se apoderó de él. Siempre había sido una persona serena y tranquila, pero su voz tembló, cargada de incredulidad. —Lucas… acabas de hablar—. No le había escuchado decir una sola palabra desde aquella fiebre alta que sufrió tres años atrás. Esta era la primera

