Capítulo 6: aventuras de oficina
—Espera.
Dije y me detuve.
—¿Me despedirás si no te gusta?
Dante me mira y se ríe, sin borrar esa seductora sonrisa de niño malo.
—Sé diferenciar el trabajo del placer —dice, a la vez que acaricia mi mejilla—. Tú eres mi mejor correctora. Jamás arriesgaría los negocios por sexo.
Oh, claro. Eso es lo que soy. ¿Por qué me molesta que lo diga? Además, yo tampoco quiero nada más. ¡Y mucho menos con él! No estamos hechos el uno para el otro.
Solo es un momento y vaya que me urge.
Me agarra de la cintura, me alza y me coloca en la mesa. Es la misma situación que anoche, solo que ahora estamos en mi despacho y he decidido que me voy a dejar llevar.
—De todos modos, sé que me va a encantar —murmura rozando su nariz con la mía.
Apoya una mano en mi cuello y se inclina para besármelo. Cierro los ojos al sentir el contacto de su tibia mano en mi piel.
— Y ahora, ¿me besas? —desliza una mano hasta mis labios y me pasa un dedo por el de abajo. Mi cuerpo entra en un profundo calor.
Ese gesto me ha puesto cardíaca. Asiento con la cabeza, poso mi mano en su nuca y atraigo su rostro al mío con impaciencia. Cuando nuestros labios se juntan, no puedo evitar soltar un jadeo. Él me abre de piernas con violencia y se sitúa entre ellas. Jamás me había besado con un hombre de esta forma tan
caliente. Mi sexo se está humedeciendo con tan solo el movimiento de su lengua en mi boca. Lo aprieto más contra mí. Muevo la pelvis hacia adelante para notar su erección en mi cuerpo. Él me muerde el labio inferior. Le intento desabrochar el pantalón, pero me tiemblan tanto las manos que no lo logro.
Él me ayuda y me quita los zapatos y después su pantalón cae al suelo, permitiéndome ver todo lo que anoche me perdí. Contengo la respiración y me muerdo el labio inferior. Mis manos hablan por mí: le agarro de las nalgas sin poderme contener. Madre mía, ¿pero esta soy yo? Es lo que pasa cuando tienes un hombre así delante, que pierdes la vergüenza.
Hoy no había restricciones, hoy quería descargarme.
—Entonces no eres tan amargada... —se burla, hablando contra mislabios. Le beso una vez más. Sus labios son carnosos, húmedos y calientes.
Me encanta este hombre.
Le acaricio toda la espalda, deleitándome en las contracciones de sus músculos cada vez que se mueve. A continuación paso las manos por delante y toco su esbelto torso, sus cincelados
abdominales, su vientre plano... No sabía que existían hombres tan perfectos.
O más bien, no me imaginé follar con uno así de perfecto.
Le rozo por encima del bóxer sin apartar la mirada de la suya. Cierra los ojos y suelta un pequeño jadeo que me pone a cien. Me atrevo a meter la mano por dentro. Está húmedo, como yo. De repente en un movimiento, me sitúa al borde de la mesa. Me sube la falda hasta las caderas.
Se arrodilla, me quedo asustada por medio segundo. Él se da cuenta y se detiene, observándome con cautela.
—¿Pasa algo?
—No, no hagas eso...
—¿El qué?
—Pues... ya sabes, no me lamas.
Él me mira como si estuviera chiflada.
—¿Estás loca o qué?
—No me gusta.
—Eso es porque no te lo he hecho yo.
Sigo algo predispuesta, pero entonces él no me hace caso, Dante me quita los zapatos. De repente, noto su lengua en mi tobillo, y va ascendiendo poco a poco, de forma muy lenta. De esa forma todavía me excita más. Me siento tan húmeda que estoy al borde. Cuando llega a mi rodilla, yo ya estoy que no puedo más. Me contoneo hacia delante, tratando de arrimar mi ropa interior a su boca. Él me sujeta de los muslos, alza la cabeza y sonríe.
—¿No y que no te gustaba?
—Cállate y haz lo que tengas que hacer —contesto, de forma poco amable.
Eso parece gustarle. Agacha la cabeza otra vez. Tan solo puedo ver su cabello y su maravillosa espalda. Y de súbito, uno de sus dedos rozándome por encima de la tela de mis bragas.
Se me escapa un gemido. Me tapo la boca sorprendida por mi
reacción. Pero entonces es su lengua la que serpentea por encima de mi ropa interior y dejo que mi grito de placer sea mayor.
—Shhhh, ¿no sabes que nos pueden oir? —dice en un aire sexy que me gusta.
Se siente orgulloso de estar dándome placer. Me da una palmadita para que levante el trasero. Entonces me quita las
bragas, las baja por mis piernas y también las tira al suelo. Mi corazón empieza a palpitar a una velocidad increíble. El estómago se me contrae en cuanto sus labios besan el interior de mis muslos. Vuelvo a gemir, no lo puedo evitar. Hacía tiempo que no sentía tanto deseo en mí.
Esta situación me parece de lo más excitante.
No quiero que pare.
Dante me abre más de piernas y clava los dedos en mis muslos. Doy un brinco al sentir su lengua en mi abertura húmeda. La desliza con suma lentitud, muy suave, y yo me retuerzo buscando más profundidad. Me está haciendo sufrir demasiado. Necesito sentirlo en mi sexo, y lo necesito ahora. Sus manos suben y bajan por mis muslos, acariciándomelos. Me excito aun más, me siento fuego, lo evito pero mi cuerpo solo son sensaciones.
Entonces un orgasmo me invade. A él tan solo le ha dado tiempo a rozarme el clítoris con la punta del dedo, me quedo sudada y en shock.
Él me mira pareciendo también sorprendido.
Él se levanta y me observa desde arriba con una expresión indescifrable. Quiero decir algo, pero no se me ocurre nada.
Creo que es la primera vez que alguien que no soy yo me da un orgasmo.
Sonrie, parece que le alcé el ego.
Se levanta y camina hacia la silla y, antes de sentarse, se deshace del bóxer quedando enteramente desnudo. Bajo de la mesa con la boca abierta, todavía muda por la sorpresa. Su
miembro palpita; Está duro.
—Termina de desnudarte.
De inmediato, hago lo que me pide. Sin que diga nada más, me
desabrocho también el sujetador y lo tiro por los aires. Él sonríe y se acomoda en la silla.
Me gusta que me mire así, me gusta todo de él.
—Ven.
Camino hacia él aún con la falda puesta. No me la quiero quitar, quiero hacerlo con ella. Cuando me acerco, extiende los brazos y me toma de los brazos. Me siento a horcajadas sobre sus piernas. Él toma de mis pechos, mirándolo con deseo, y se inclina para besarlo. Lame el pezón con lentitud y termina con un mordisco. Con la otra mano me acaricia las nalgas cuando yo empiezo a moverme sobre él, rozandonos...
En un momento parece ponerse nervioso y me la aprieta con ganas. Sin darme tiempo a hacer o decir nada, sube hasta mi boca y me besa con ansia.
Me apoyo en sus hombros y rozo mi sexo contra el suyo. Él me aprieta más del trasero, tratando de bajarme. Quiero hacerle sufrir un poco más. Me muevo hacia delante y hacia atrás.
—Vamos, siéntate sobre mí, quiero sentirte—le tiembla la voz. Acaricio su pecho desnudo mirándolo con una sonrisa traviesa. Él atrapa mi otro pecho y lo estruja al tiempo que se muerde los labios. Rozo mi entrada con su puntita, sacándole un jadeo. Pero yo tampoco puedo aguantar más. Separo más las piernas, me apoyo en su estómago y me deslizo hacia abajo muy lentamente.