Capítulo 5: Incomodidad con Dante

1277 Palabras
Capítulo 5: Incomodidad con Dante —Uhm, ¿ibas a usar eso aquí? —dice. Me pongo más colorada. —No, ¿pero por qué entras así en la oficina —suelto. —¿Qué hacías con un vibrador, Gloria? —pregunta acercándose, dejo de respirar y solo lo termino de guardar como si no me importara. —Es solo que... —dejo de hablar— no te debo explicaciones. Él se rie se inclina sobre el escritorio, con los puños apoyados en él, y me mira con la ceja arqueada. Yo agacho la cabeza porque no puedo soportar su intensa mirada, no después de lo de anoche... lo que no fue. Al fin, se aparta y da un par de pasos hacia atrás. Observo de forma disimulada su pantalón n***o, su camisa blanca que le luce a la perfección, me gusta, él es tremendamente sexy, guapo y... joder, un sueño humedo. —Dante, espero que a la próxima llames a la puerta —le digo. Él no me dice nada, deslizo mis ojos por su abdomen recordando como se contraían bajo mi tacto, ¿por qué lo alejé? ¿por qué hice eso? Vuelvo a mirar su rostro, Dante me está mirando, me pregunto qué querrá si hoy no he tenido que corregir nada. Este es capaz de inventarse algo para vengarse por lo de ayer. Me sorprende cuando dice: —Gloria Vett, quiero que te levantes. ¿Qué? Su voz es autoritaria. En un principio, no me atrevo a moverme. Pero sus ojos enfadados me obligan a levantarme. —Ven aquí —dice. Camino como una autómata. Por mi cabeza merodea la idea de que me va a despedir. ¡Joder, lo sabía! Está despechado y me va a echar. Más me valdría haberme acostado con él; al menos me habría llevado esa alegría para el cuerpo. Pero a ver, si me despide... quizá pueda reclamar, puesto que lo va a hacer sin ningún motivo real y... Me sitúo ante él. Sin miedo. No tengo por qué, vergüenza sí, miedo no. Él se mantiene serio y murmura: —Apóyate en la mesa. —¿Como dice? —Que vayas a la mesa, Gloria —su tono cada vez es más duro. Lo miro totalmente incrédula. No sé muy bien qué es lo que pretende, y tampoco tengo claro que deba obedecerlo. Pero como su mirada me está traspasando, lo hago. Él sonríe, satisfecho. De repente, se desanuda la corbata y me la tira a la cara. La recojo incrédula. Él ya se está desabrochando la camisa y la deja caer al suelo. —¿Qué... qué significa esto, Dante? —pregunto incrédula. —Siéntate en la mesa y súbete la falda —me ordena con voz firme. Yo abro la boca sin poder creer lo que está sucediendo. —¿En qué parte del contrato dice que debo hacer esto? —replico. Frunce el ceño molesto. Segundos después se apresura hacia mí pegándome contra la mesa. Me toma una pierna y me la sube hasta su cadera al momento que su boca roza la mía pero no me besa... oh, esto... si me ha excitado un poco. —Esta vez no te vas a escapar, amargada —susurra y aprieta su pecho contra el mío. —Llamándome así, solo consigues que quiera huir de ti —respondo algo malhumorada. —Uhm —susurra cerca de mis labios. Me empuja contra el escritorio. Pasa la mano por mi cabeza con posesión, su aliento a centimetros de mi boca. —¿Te gustan las mesas, eh, Dante? —digo con ironía. —Si estás tú, sí. —replica. Siento mi rostro enrojecer. Permito que me bese, salvajemente, vorazmente, me gusta, me excita, quiero más. Me muerde el labio inferior con suavidad, al tiempo que me acaricia la nuca. Mi cuerpo ha despertado, de repente esto se siente ardiente y quiero dejarme llevar. Pero Dante se aparta y me mira, mientras se quita el cinturón del pantalón con estudiada lentitud y esa actitud sobrada que empieza a enloquecerme. Todos sus movimientos son muy excitantes. —Y ahora, Gloria, verás la gloria —dice. Me lo quedo viendo. — Túmbate sobre el escritorio y demuéstrame que no eres una Amargada. —Esto no está bien —digo. —Lo que no está bien es lo que me hiciste anoche —replica—. Me dejaste caliente como un microondas, solo me calentaste. No por eso siento que le deba nada aunque la situación si me parece excitante. —Mañana me voy de viajes de negocios —dice—. Y no me voy a marchar sin haber probado cada parte de tu cuerpo. —Dante, no —digo simplemente porque no me da la gana su exigencia, porque aunque es mi jefe no tiene derecho a exigirme eso en el trabajo. —¿Por qué no? —cada vez se está enfadando más. —Aquí no —digo. —Aquí, sí —replica. Parece un niño mimado. Camina hacia la puerta al tiempo que se saca una llave. Ante mi atónita mirada, la cierra. Después se gira hacia mí sonriendo. —Nadie va a entrar y tú no vas a salir. —Puedo simplemente gritar —digo, muy digna, aunque sé que no lo haré. —Vas a gritar, Gloria, pero del placer —dice. Se detiene frente a mí, estoy nerviosa porque es muy sexy y a la vez siento que estoy por perder el control con su exigencia posesiva y demandante. No puedo evitar que se me acelere la respiración; mi pecho sube y baja de manera agitada. Qué calor. —Te mueres por sentir mis manos en tu piel —dice—, en vez de ese vibrador que solo de amarga más. Otra vez con lo de amargada. Giro los ojos. —El vibrador me tranquiliza —protesto. —Por unos segundos, hasta que solo amarga más, porque necesitas un buen pe,ne que te de duro y no te deje caminar. Me quedo sin aliento. ¿Pero qué me ha dicho? ¿que necesito pe,ne? Pero sobre todo... ¿por qué no me siento ofendida? Aunque sigo pensando que es inaceptable hacerlo aquí, en mi oficina, con los otros trabajadores fuera. Él se coloca ante mí. Esta vez no lo aparto. No obstante, cuando va a besarme, ladeo la cara. Él suelta una risita y me coge de la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo. Me veo reflejada en sus ojos. Puedo leer en ellos lo mucho que me desea. —Me desesperas de la misma forma que me enloqueces —dice— Y eso es algo que me excita. A mi también. Mi cuerpo se mueve solo. Sin que yo les haya dado permiso, mis brazos se levantan hasta apoyarse en sus hombros musculosos. Él sonríe, orgulloso y satisfecho. Se inclina sobre mí y me da un primer beso muy suave, se separa un poco para observar mi reacción. Yo me quedo con ganas de más, ansiando que me dé a probar un poco más. Me sorprendo a mí misma cuando deslizo una mano por su hombro, acariciándole el hombro donde tiene un tatuaje de manera sensual. Él me mira fijamente para ver qué haré, con la respiración más profunda a cada segundo que pasa. Me inclino para pasar mi lengua por el sexy dibujo. Se lo lamo con lentitud, dibujando los trazos con mi lengua. Él inspira y apoya una mano en mi pelo, mientras con la otra baja por mi costado. —Bésame, vamos. Bésame —me ordena. Pero yo seguí bajando por su torso desnudo hasta estar frente a su cremallera...
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR