Kaled volvió a aspirar el puro, mientras toqueteaba su mesa de roble con impaciencia. Las imágenes de su cabeza estaban acabando con él, porque, aunque hace unas horas Sashad estaba gimiendo encima de este escritorio, ahora mismo tenía una fuerte erección de solo recordarla. Rafí entró pidiendo permiso, y él se giró en la silla para aceptar un teléfono nuevo. —La señora Aisha está histérica… ha llamado a casi toda la familia. Kaled asintió pidiéndole a Rafí que se quedara, pero antes marcó su número y pegó el teléfono a su oreja. —¡Kaled! ¡Por alá! —Estoy bien… —No puedo dejar de ver las noticias… ¿Qué pasó? —Kaled se restregó sus ojos dejando el puro en el cenicero y negó. —Estamos en eso… parece un grupo mínimo de rebeldes. No hay indicios de que sea un enemigo fuerte…

