Seamos amigos

2046 Palabras
Laura se levantó llena de energía. Quería hacer algo diferente y divertido. Pensó que sería genial salir al pueblo, pues se empezaba a sentir presa en aquel lugar. El estar rodeada de personas todo el tiempo y con una rutina predeterminada la estaba hostigando. Después de vestirse, se paró frente al espejo, notó que las marcas de los golpes que le proporcionaron sus primas habían desaparecido. Dejó su cabello suelto, eso era lo que más le gustaba de su físico o, tal vez, lo único. Estaba saliendo de la villa y aún no sabía cómo llegaría al pueblo. —¿A dónde vas, Ojos melosos? —la sorprendió esa voz varonil que tanto le molestaba y… estremecía. —No es de tu incumbencia —respondió tajante—. Y, por favor, deja de llamarme así. —No pidas, imposibles, preciosa. —Le sonrió—. ¿Vas a escaparte? —¿Acaso tengo que escaparme? Solo quiero visitar el pueblo. —Estás de suerte, Ojos melosos, voy para allá.  —¿Y…? —Que puedo llevarte. —¿Llevarme? No, gracias. Además… ¿Tienes auto aquí? —Claro. ¿Cómo crees que vine? —Pues pensé que viniste con tu padre. —Claro que no. Mi padre vino antes que yo. Además, me gusta viajar solo.  —Como sea —respondió haciéndose la desinteresada. Luego se marchó y Kevin fue detrás de ella. —¿Podrías dejar de seguirme? —se quejó parándose de repente, Kevin no se había percatado y chocó de frente con ella; Laura resbaló y Kevin la sostuvo con su brazo derecho por la cintura. La llevó hacia él y quedaron tan cerca que ambos sentían la respiración del otro. El impacto fue electrizante. Kevin posó la mirada sobre esos labios color cereza que lo enloquecían. Tenía tantas ganas de probarlos… Laura sentía que se moriría de un infarto. Pudo sentir un cosquilleo en su estómago, por las manos le recorría un sudor frío… Recordó aquella vez, hace nueve años—. ¿Qué piensas hacer? —dijo mirándolo a los ojos. Él miró sus labios, se veían dulces. Realmente quería saborearlos. Se mordió su labio inferior como conteniéndose. —No te preocupes, no te voy a besar, si eso es lo que estás pensando —le soltó. —Bueno, no me sorprendería que lo hicieras. Es muy típico de niños ricos que se creen que pueden obtener todos sus caprichos. —Él dejó escapar una risita sarcástica. —¿Qué he hecho para que tengas ese concepto de mí? —¿Tú qué crees? —dijo arqueando una ceja. —¿En serio? Eso fue hace nueve años y éramos unos muchachos. ¿Me vas a juzgar por eso? A no ser… —se acercó buscando algo en su mirada— que no hayas olvidado ese beso… —Movió las cejas con una sonrisita pícara—. Parece que significó mucho para ti. —Ja, ja —soltó una risa falsa—. Ni en tus sueños. —Entonces, olvida ya eso. Seamos amigos, ¿vale? —Extendió su mano. Después de pensarlo unos segundos, Laura estrechó su mano en respuesta. —Está bien, Kevin Mars; pero, por favor, mantén tu distancia.  —Vaya… realmente crees que soy peligroso. —Rio entretenido—. No te preocupes, cuando me conozcas bien, sabrás lo caballeroso que soy. Tan caballeroso que te voy a llevar al pueblo. Vamos. —La tomó de la mano. Cuando llegaron al garaje, las tres hermanas y Pablo los sorprendieron. —Kevin. —Se le acercó Claudia coqueteándole, cosa que él no soportaba. —¿Y ustedes qué? —Kevin preguntó no muy contento. —Mi tío nos mandó a comprar algunas cosas para la actividad de esta noche —respondió Pablo— y nos dijo que te pidiéramos que nos llevaras.   —¿En serio…? —dijo entre dientes. Su suerte no podía ser peor—. ¿Y por qué no llaman un taxi? O… usan el vehículo de papá. —¿No nos quieres llevar? —le abordó Claudia—. ¿Acaso tenías planes? —dijo mirando a Laura. —¡Claro que no! —respondió Laura espantada, luego tornó su mirada hacia él—. Kevin, no veo cuál es el problema de llevarlos. De todas formas, estás muy dadivoso hoy. —¡Pero tantas personas en mi auto…! —se excusó. —Entonces yo me voy por mi cuenta. Así serán una persona menos —Laura contestó cruzada de brazos. —¡Claro que no! Yo te invité primero. —Respiró, luego rodó los ojos—. Bien… pero solo los llevaré al pueblo. Laura sube —dijo abriendo la puerta del copiloto, asegurándose de que Claudia no tomase la delantera. Pablo se le acercó con esa mirada de burla que lo caracterizaba y le dijo al oído: —Lo siento. No fue mi intención arruinarte los planes. —Y le dio unas palmadas en el hombro. —No te preocupes, primo. Suerte en tus compras con las parlanchinas Gutiérrez —sonrió. Emprendieron el viaje. Llegaron al pueblo y cada uno tomó su camino. Kevin se estacionó en un parqueadero y siguió a Laura. Ella decidió ignorarlo; sacó su cámara de su pequeño bolso y empezó a tomar fotos de todo lo que le llamaba la atención. Kevin la miraba entretenido. —Vaya, que te gusta fotografiar. —Es como un hobby —contestó—. ¿Podrías dejar de seguirme? —En realidad no sé adónde ir. ¿Puedo quedarme contigo? —Laura se ruborizó. —No entiendo. ¿A qué viniste entonces? —Vine a traerte —confesó. Laura estuvo inmóvil unos segundos sin saber cómo responder a eso.  —¿Por qué te molestarías en traerme? —preguntó confusa—. Eres un mentiroso, dijiste que venías al pueblo. —Él rio con descaro. —No es una molestia. No permitiría que vinieras sola a un lugar que desconoces — respondió con naturalidad. Laura sabía que fue un gesto de amabilidad, pero… ¿por qué su corazón latía tan fuerte al escuchar esas palabras? ¿Qué era lo que tenía Kevin Mars que la ponía a la defensiva y al mismo tiempo le provocaba tanta ternura? Después de apreciar y fotografiar todo el lugar, hicieron una parada en la bahía. Laura estaba distraída con las olas. —Ojos melosos. —Kevin la sorprendió con dos helados—. ¿Qué sabor prefieres? —Ummm… Ninguno. —Él miró los helados decepcionado. Laura rio—. ¡Es broma! Me gustan todos los sabores de los helados, pero si tengo que escoger… prefiero el de vainilla. — Kevin le pasó el helado que escogió y se quedó él con el de frutillas. Pasaron una mañana agradable. Fueron a una feria que estaba cerca de la bahía. Fue muy entretenido ver a Kevin tratar de ganar el gran oso para demostrar su hombría, no obstante, fue Laura la que dio en el blanco. —Fue muy divertido, Kevin Mars —dijo ella entretenida. Estaban en la parte frontal de la villa.  —¿Podrías llamarme solo Kevin? —Eso es imposible, precioso. —Sonrió con malicia. — Oh… Te estás vengando, ojos melosos. Preferiría un apodo más personal. —Así como decidiste cómo llamarme, yo decido cómo llamarte a ti. —Aún estaban hablando cuando Clara se les acercó. —¿Dónde estuviste toda la mañana, Laura? —Salí a conocer el pueblo. —Kevinsito —se dirigió a Kevin ignorando la respuesta de Laura—. Tu padre me dijo que las niñas se fueron contigo y Pablo a hacer las compras.  —¡Rayos! —él soltó de repente—. ¡Los olvidé por completo! —Rascó su cabeza. En ese momento, sonó su celular. Él contestó sabiendo quién era—. Lo siento, me descuidé. Les tocará venir en taxi. Laura fue escoltada por su tía a la cocina. Encontró muy extraño que hubiese vuelto con Kevin y, peor aún, que hubiesen dejado tirados a los demás. Tenía que saber qué estaba ocurriendo entre ellos. —Laurita, ¿qué sucede contigo y el hijo de Cristian? —preguntó estando ya en la cocina. —¿Qué voy a tener con ese chico raro? —dijo con indiferencia—. Ambos íbamos al pueblo y se ofreció a llevarme —contestó. —Ummm… —Duró unos segundos pensativa—. Ten en cuenta que no debes ponerte en el camino de Claudia. —Laura se quedó aturdida. ¿A qué se refería su tía? —Perdón, tía. ¿Qué insinúas? En ese momento, entraron unas criadas a la cocina. —Niñas, mi sobrina Laura las va a ayudar en todo lo que necesiten. —No es necesario, señora. Tenemos todo bajo control —dijo una de ellas. —Un poco de ayuda no les vendría mal. Además, no quiero que mi sobrina esté por ahí de ocio. Ya las otras están ayudando, es justo que Laura también haga algo. —Pero, señora. Tememos causar alguna molestia al señor Mars. No creo que le guste que sus invitados estén haciendo quehaceres. —No se preocupen. Yo se lo comentaré a Cristian. Laurita, no seas de estorbo, ayúdalas en todo lo que necesiten. Después, quiero que sirvas la mesa. Luego de servir, puedes sentarte a comer con nosotros. Sabes que debes ganarte lo que te comes. —Le apretó las mejillas con sus huesudos dedos y se marchó. Las criadas se sentían tensas con Laura en la cocina. —Chicas, no se sientan incómodas con mi presencia. No estoy aquí para espiarlas ni nada parecido. Estoy acostumbrada a ayudar en la cocina y servir mesas. —Rio—. Y no soy buena, para nada. Al principio, el ambiente fue tenso e incómodo, pero a medida que avanzaban, se tomaron confianza y se estuvieron divirtiendo con las anécdotas de Laura. El tiempo voló y todos esperaban en el gran comedor. Kevin no dejaba de mirar el espacio vacío de Laura; estaba sumergido en sus pensamientos cuando la vio entrar con los demás criados. Se sorprendió mucho al verla sirviendo. Estaba confundido y más porque su padre no había dicho nada. —Por aquí, Laura —dijo Claudia en forma de burla. Laura le sirvió con naturalidad y gracia. Sus primas no dejaron de hacer comentarios de burla y la tenían loca de aquí para allá, a ese ritmo no tendría chance de sentarse a comer. —¿Por qué Laura está sirviendo el almuerzo? —Kevin preguntó no soportando la actitud de las hermanitas. —Es un asunto familiar, Kevinsito —Clara contestó—. Mis sobrinas deben aprender a ser útiles y, como hoy se requería ayuda por la actividad, le pedí a Laurita que ayudara en la cocina igual que las demás aportaron cuando fueron a hacer las compras. —Entiendo —dijo asintiendo—. Me siento un inútil ahora. Yo no he ayudado en nada, Pablo fue a hacer las compras… ya sé, serviré con Laura —dijo poniéndose de pie y tomó la bandeja de Laura—. Ya puedes sentarte a comer, te estoy relevando. —Le dedicó una sonrisa. —No es necesario… —dijo nerviosa—. Estoy bien. —Ya todos estamos terminando de comer y tú sigues dando más vueltas que un trompo sirviéndole a tus primitas. Te relevo, siéntate, por favor. —Laura le cedió la bandeja y se sentó. Sintió los ojos de sus primas y tía sobre ella, sabía que eso no terminaría allí. Kevin caminó alrededor y preguntó—: ¿Alguien quiere carne? —Su padre tosió tratando de evitar la risa. Pablo movió la cabeza tratando de no decir algo que hiciera que Kevin le golpeara con la bandeja—. Entonces, si a alguien se le antoja algo, lo toman de aquí —dijo poniendo el recipiente en frente de las hermanas Gutiérrez. Luego se sentó a terminar su comida. Fue inevitable para Laura no mirarlo, sus ojos miel brillaban. Kevin la miró con intensidad, sus miradas conectadas fueron muy obvias.
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