La tarde había llegado y la actividad fue todo un éxito. Las familias, junto a unos invitados de negocio, disfrutaron de una fiesta folklórica, donde compartieron diferentes costumbres y tradiciones. Cuando cayó la noche, ya todos los invitados se marcharon. Los jóvenes se sentaron alrededor de una fogata que habían encendido cerca del lago.
—Entonces, Frank, ¿eres hijo único al igual que Kevin? —Pablo preguntó.
—Sí, soy el único heredero de los negocios de mis padres. Me he preparado bien para tomar las riendas, en todas las compañías de mi padre no hay nadie que se me compare — expresó con orgullo. Kevin y Laura pusieron los ojos en blanco.
—Entonces, tú también te dedicarás al negocio de la familia, Kevin —Frank afirmó.
—No —respondió con seguridad.
—¿No? —preguntó Claudia sorprendida.
—Kevin es un artista —contestó Pablo—. Él tiene su propio negocio. —Todos abrieron los ojos de la sorpresa. Laura era la más sorprendida, siempre pensó que él era un niño de papi y mami.
—¿Tu propio negocio? —soltó con sorpresa.
—¿Sorprendida, ojos melosos? —La miró a los ojos con una sonrisita maliciosa. Ella se sonrojó. Pudo ver reproche en su mirada, ya que lo había juzgado antes sin saber nada de él. Mientras más lo conocía, más le intrigaba y hasta… empezaba a admirarlo.
—¿De qué trata tu negocio? —preguntó curiosa y llena de intriga. Él sonrió.
—Tengo una galería de arte en París. También vendo mis propias pinturas y compongo canciones. Hice algunas relaciones en Francia y eso me ayudó mucho. Voy a ayudar a mi padre con el negocio, pero indirectamente. Pablo me va a representar, ya que a él le gustan esas cosas aburridas de la compañía. Soy un hombre independiente desde que empecé a estudiar Bellas Artes en París. Comencé a trabajar desde muy joven. Tuve la bendición de que mis padres pagaron mis estudios, pero me di la satisfacción de costearme la vida y aprender del trabajo duro. Ahora, a mis veinticinco años, estoy creando mi propio patrimonio. —Sonrió con orgullo, como si quisiera que ella conociera todos los detalles de su vida.
—Vaya… no me lo esperaba… —susurró.
—¿Qué hay de ti? —preguntó con interés.
—¿Yo…? No hay mucho que decir. Estudié Contabilidad y es posible que trabaje en el negocio familiar.
—¿Eso es todo? —preguntó con ansias de saber más. Ella se avergonzó—. No pareces una chica contable.
—No todos podemos vivir de nuestros sueños.
—Entonces, tienes un sueño —especuló.
—Bueno… No sé si es un sueño… Pero me gusta la fotografía —respondió con un brillo que él no le había visto antes—. Siempre quise estudiar eso y poner mi propio estudio… —dio un suspiro—. Pero no fue posible.
—¿Por qué no?
—Es complicado —contestó dando a entender que no quería dar detalles del asunto.
—¿Y te gusta la contabilidad? —preguntó sospechando la respuesta. Ella pensó unos minutos.
—Bueno… No me desagrada.
—Eso sonó triste. ¿Por qué dedicarte a algo que no te gusta? —dijo sin reparos. Laura bajó el rostro. Realmente se sentía patética. Hasta sintió un poco de envidia, ya que él era lo opuesto a ella; de hecho, era como ella quería ser.
—Por lo visto, tú y yo somos muy compatibles —dijo Claudia de repente mirando a Kevin—. Ambos tenemos interés en el arte. ¿Sabes que llegué a trabajar como modelo? Ahora trabajaré en mi sueño. Acabado de terminar mi carrera de diseñadora y puedo dedicarme a lo que realmente me llena. Cuando lleguemos a la ciudad, te enseñaré mis dibujos. —Su mirada era coqueta. Laura miró a Claudia y a Kevin. Ellos dos harían una bonita pareja. Ambos eran fuertes e independientes y hacían lo que querían. A diferencia de ella, que siempre hizo lo que se le exigía, ya que se terminó de criar por la dádiva de su familia.
Kevin buscó su guitarra después de las insistencias de las hermanas Gutiérrez. Cantó una de sus canciones y todos quedaron maravillados. Su voz era hermosa y tocaba aquel instrumento con mucha habilidad.
—Deberías dedicarte al canto — Cecilia comentó fascinada.
—Sí, podrías ser famoso. Tienes todo para serlo, tanto apariencia como talento —dijo Claudia.
—No, eso no es lo mío —contestó—. Me gusta cantar, pero me gusta más escuchar mis canciones en otros artistas. Además, no soportaría ser famoso.
—¡Qué desperdicio! —profirieron las hermanas al unísono.
—No exageren —dijo Frank—. Él no canta malo, pero tampoco es que sea lo máximo. — Todos lo abuchearon.
—¡Qué envidioso eres! —expresó Jimena—. No soportas no ser el centro de atención.
—No digas tonterías —él replicó—. No necesito ser el centro de atención, destaco de todas formas. Además, eso de “artesito” no es un verdadero trabajo. Un hombre responsable debe trabajar duro.
—¿Dices que no trabajo duro? —Kevin preguntó como si le recriminara—. No hables de lo que no sabes. Eso es vergonzoso.
—¿Tú te crees la gran cosa, Kevin Mars? Que parezcas y actúes como un playboy no te hace mejor que nosotros —respondió molesto por el comentario de Kevin—. Usas esa basura que llamas “hacer lo que te gusta” para evadir tu responsabilidad familiar. ¡Eres un irresponsable!
—¿Qué acabas de decir, ignorante? —Kevin dijo desafiante—. ¿Hablas de fachada? Tú, que te ocultas detrás de la fortuna de papi porque no tienes la capacidad de hacer nada por tu cuenta. —Eso fue añadir pólvora, pues Frank se levantó dispuesto a golpearlo. Kevin se echó para atrás y Pablo atrapó a Frank con un agarre, llamando la atención de Jimena.
—¡Será mejor que me sueltes! ¿Acaso este imbécil no puede defenderse solo que necesita guardaespaldas?
—Lo siento, Frank —Kevin respondió—, pero no me voy a rebajar a tu nivel.
—¡Eres un idiota, Kevin Mars! —gritó airado. Pablo lo tenía todavía atrapado para evitar que le saltara encima a su primo. Los adultos escucharon el escándalo y fueron a indagar qué estaba sucediendo. Sus padres consiguieron que ambos se disculparan y estrecharon sus manos; bajo ninguna circunstancia permitirían enemistad entre ellos, ya que estaban empezando una sociedad. Ese fue el apretón de manos más hipócrita de la historia. A ambos se les notaba la rabia en los ojos. Después de que todos se calmaran, los padres de Frank se reunieron con él a solas para darle el gran sermón por haber ofendido a Kevin. Por otro lado, al acabar el padre de Kevin de calentarle el oído a su hijo sobre lo mal que estuvo su comportamiento, Kevin volvió al lago a reunirse con los demás. Pablo estaba muy entretenido hablando con las tres hermanas, especialmente, respondiendo a las preguntas de Jimena sobre el arte marcial que él practicaba y sobre lo mucho que a ella le gustaban. Vio a Laura sentada aparte, solitaria como siempre. Se le acercó y extendió su mano para que ella se sostuviese.
—¿Quieres dar un paseo? —preguntó con los brazos aún extendidos. Ella se incorporó en silencio; ya de pie, soltó su mano con rapidez, como si le hubiera dado un choque eléctrico. Ambos empezaron caminar alejándose del lago. Llegaron a un jardín, los ojos de Laura brillaron de la emoción al ver el lugar lleno de luciérnagas.
—¡Son hermosas! —expresó encantada. Se sentaron sobre la grama.
—Sí. Es un hermoso espectáculo, pero no es comparable con el brillo de tus ojos melosos. —Sus miradas se conectaron. Laura se ruborizó y su corazón empezó a latir con rapidez. Él sonrió al notar lo que provocaron sus palabras en ella—. Si quieres… te puedo enseñar —dijo con la mirada puesta en el cielo. Ella no entendió a qué se refería.
—¿Enseñar?
—Sí. Me confesaste que te gustaba la fotografía. Como artista plástico tuve que aprender fotografía. Así que… puedo enseñarte.
—¿Cuánto me vas a cobrar? —Kevin rio animado ante aquella pregunta.
—¿Por qué te cobraría? Para mí es un placer enseñar a mi amiga a ningún costo, además, la rutina de este lugar me está enfermando, necesito hacer algo diferente. Pero debes estar dispuesta a salir de la villa para fotografiar. ¿Qué dices, ojos melosos? —Ella se lo pensó un rato, la posibilidad de poder fotografiar de forma profesional la entusiasmaba, a pesar de los nervios que sentía al saber que pasaría todo ese tiempo a solas con él.
—Me parece bien. Muchas gracias, no tengo cómo agradecerte el gesto.
—Ummm… Tal vez sí —dijo acercándose, provocando que Laura se agitara.
—¿Qué piensas hacer? —su voz denotaba nerviosismo. Él rio.
—¿Qué pensaste tú que haría? Parece que siempre estás a la defensiva conmigo.
—Lo siento. —Bajó su rostro apenada. Él tomó su mentón con delicadeza, haciendo que sus miradas se cruzaran.
—No te preocupes, Ojos melosos, tú y yo somos amigos y solo así te trataré. No tienes que estar a la defensiva. Lo que hice hace nueve años no lo volveré a hacer. Es más, hasta está olvidado. —Subió su mano derecha—. Te lo prometo. —Laura suspiró. Esas palabras debían darle alivio, pero… ¿por qué se sentía un poco molesta?
—Bien —contestó—. Más te vale. —Lo señaló con su dedo índice—. Porque si intentas algo tonto, te va a ir muy mal, Kevin Mars. —Él sonrió y asintió.
—Entonces, empezamos mañana.