1-ღ𝐴𝑚𝑜𝑟 𝑡𝑜́𝑥𝑖𝑐𝑜ღ
Aurora.
(Aurora, 21 años)
Voy corriendo a la Universidad. Se me hizo muy tarde. Anoche salí con Víctor y, cada día, nos desatamos más. Lo peor es que me la pasé de lo más feo, porque se molestó conmigo. Es que yo tuve la culpa. Él ya me había dicho que no le hablara a Omar, pero no le hice caso.
—Ya es tardísimo, Aurora. Lo bueno es que el maestro aún no ha llegado. Mandó mensaje en el grupo del chat que estaba atorado en el tráfico —me comenta Lizbeth, mi amiga de la Universidad, mientras camina rápido a mi lado por el pasillo. El eco de nuestros pasos rebota en los muros blancos—. De verdad, siempre he pensado que tienes tanta suerte.
—Ni lo digas. No puedo perder mi beca —contesto, jadeando, con la mochila golpeándome la espalda.
—¿Qué te pasó en la cara, Aurora? —me frena en seco, tomándome del mentón con cuidado.
—¿De qué hablas?... —Estaba confundida. No sabía qué me preguntaba. El corazón me dio un vuelco.
—Tienes un moretón… mira.
Me dio un pequeño espejo que traía en la bolsa. Y ahí lo vi: un golpe, bastante marcado, en el pómulo derecho. Morado, con el borde amarillento. En la mañana no lo noté. Salí corriendo de mi casa, así que, por ende, ni me miré en un espejo. Lo bueno fue que llegamos al salón antes que el maestro.
—Ah… no, seguro me pegué en la cama. No sé —dije ya sentada en mi banca, restándole importancia. Tragué saliva. La garganta me sabía a metal.
—Como que van varias veces que te pegas en la cama, ¿no? —Liz arqueó una ceja. Su voz era suave, pero los ojos me taladraban.
—¿Acaso tienes algo que decir? —la miré a la defensiva, apretando los puños bajo la mesa.
—Solo te digo que ya no deberías ser tan… distraída.
Estaba a punto de decirle algo cuando entró el profesor. Liz me volteó a ver y negó con la cabeza, decepcionada.
No recordaba lo que había pasado, hasta que Liz me mencionó el golpe. Víctor anoche me volteó una cachetada… por eso era el moretón. El sonido todavía me retumbaba en la cabeza: seco, rápido. Pero es que lo saqué de sus casillas. No es por justificarlo, pero yo igual me puse un poco agresiva. Le grité.
Terminamos las clases. El día de hoy ni me despido de Liz porque Víctor me mandó un mensaje: _Estoy afuera esperándote_.
—Hola, preciosa. Esto es para ti —me trajo un hermoso ramo de rosas rojas. El celofán crujía entre sus dedos—. Perdón por lo de ayer.
—¡Mi amor, están hermosas! —Las tomé, sintiendo las espinas a través del papel.
Me encantan los detalles que tiene Víctor conmigo. Es un amor. Subimos al auto y me lleva directo a mi casa.
—Pero… ¿no quedamos en que iríamos al cine? Hoy es mi día libre en el restaurante —digo un poco desilusionada. Víctor se quita las gafas oscuras que trae puestas y me mira serio. El sol le marca la mandíbula tensa—. Me lo prometiste.
—Lo sé, cariño, pero mira, me surgió algo de última hora. Así que tengo que cumplir con el deber. Negocios.
—Entonces… ¿por qué fuiste por mí? Te había dicho que Liz me había invitado a su casa.
—¿Para qué? Ya te dije que esa tal Liz me odia, preciosa. ¿Acaso sigues hablándole?
—Es mi amiga. Te dije que me había dicho…
—¡Ya cállate, Aurora! —de pronto me grita. El auto se llena de su voz. Me quedo callada porque estoy siendo un poco impertinente—. Acabamos de reconciliarnos y ya estás con tus estupideces. Fui por ti porque me importas, porque pienso en ti. Sí, ya sé que te dije que iríamos al cine, pero negocios son negocios, Aurora. Es dinero. ¿Sí lo entiendes, verdad?
—Es que dejé a Liz porque me prometiste que iríamos al cine. Por eso la cancelé —me tiembla la voz.
—¡¿Qué acaso eres estúpida?! —El volante cruje bajo sus manos—. Es que en serio no se puede hablar bien contigo. Eres una malagradecida, Aurora. Todavía que voy por ti, que te doy flores, ¿a fuerza quieres que la pasemos peleando?
—No es eso…
—¡Ya cállate, por favor! Es que te digo que me sacas de mis casillas, preciosa… pero mira, para que veas que soy buena onda, haré como que no me dijiste nada y ya. Todo bien. Ya entra a tu casa. Paso al rato para verte.
Me quedo un poco confundida por todo. Me despido de Víctor y me dirijo a mi casa. Desde el auto me despide y se arranca, quemando llanta.
Una vez adentro saludo a mi abuelita. La casa huele a canela y a su crema de manos.
—Hola, abue… ¿cómo estás?
—Hola, hijita, ¿cómo te fue hoy? —está tejiendo en su sillón, con la novela puesta a volumen bajo.
—Muy bien. Mira —le enseño mi ramo de flores, muy contenta—. Me las regaló Víctor. ¿A poco no es un encanto?
—No, hijita. Son las flores más baratas que pudo encontrar —me dice con cara de fuchi, sin despegar los ojos del tejido.
—¡Abue! No seas malvada con mi Víctor. Él se esfuerza mucho —digo mientras busco un lindo florero para poner mis bellas flores. El agua del grifo está fría.
—¿Y ahora por qué pelearon? —pregunta de pronto, de lo más normal, como si hablara del clima.
—¿Cómo por qué piensas que peleamos, abue? No puede simplemente regalarle flores a tu nieta, su amado novio.
—No —contesta tajante.
—¡Abue!… ¿No crees que eres un poco mala con Víctor?
—No —dice con sinceridad, y vuelve a su tejido.
Me causa gracia que mi abuelita sea tan rejega. Voy a su lado para abrazarla. Huele a talco y a casa. Se pone a mirar la televisión, así que ya no me tomará en cuenta.
Le doy un beso y me retiro a mi habitación. Le mando un mensaje a Liz para que me perdone por no ir a su casa. Invento que mi abuelita se puso un poquito mal. Ruego a la corte celestial para que mi abuelita no se ponga mal de verdad por andar mintiendo. De Víctor ya no supe nada. No vino a verme como prometió. Tampoco me mandó ningún mensaje. Espero que esté bien.
✨✨✨✨✨✨
Hoy sí me toca ir al restaurante. En las tardes trabajo ahí para poder pagar mis gastos. Con la pensión de mi abuelita y el seguro que dejaron mis papás no alcanza para todo. Más si tengo a cuestas una deuda que me generé hipotecando la casa.
La casa era de mis papás. Víctor tuvo un problema muy grande. Lo acusaron de algo que no cometió. Era pagar una fianza o que él fuera a la cárcel. Así que tuve que hipotecar mi casa. Pero ya estoy saliendo de esa deuda. Me faltan meses, no años. Eso me repito.
—Perdón por lo de ayer, Liz… mi abuelita se puso mal… —le digo apenas la veo en el pasillo de la facultad. El sol pega fuerte en los ventanales.
—¿Por qué mientes, Aurora? —me dice con firmeza, sin dejarme terminar.
—¿Qué? —la miro muy confundida. El estómago se me cierra.
Vamos caminando rumbo a la clase. De pronto me detiene, tomando mis brazos con una mirada severa. Sus dedos me aprietan.
—Aurora… mírame. Sé perfecto que ayer te fuiste con ese imbécil.
Ruedo los ojos con fastidio. Cada que hablamos de Víctor, ella lo insulta. Ambos se odian y a mí me dejan en el medio, como carne de cañón.
—Liz, no comiences con lo mismo, por favor.
—No, Aurora. Te vi. Vi perfecto cuando ese… ese tipo vino por ti. ¿Por qué no entiendes que él te hace daño? ¿Acaso crees que soy estúpida y que no sé perfecto que te golpea?
—¡Claro que no! ¡Qué dices! —Me suelto de su agarre y continúo mi camino a toda prisa. El corazón me late en los oídos. Ella va tras de mí, tratando de alcanzarme.
—¡Aurora, Aurora, para!… No porque lo evadas significa que no es verdad.
Me detengo súbitamente y la encaro una vez más. El pasillo está vacío, solo se oye el zumbido de los focos.
—¡Basta, Lizbeth! Eso solo está pasando en tu cabeza. No sé por qué razón lo dices. Ya sabía que odiabas a Víctor, pero decirme esto, ya es mucho.
—¿Es en serio, Aurora? Amiga, por lo que más quieras, él no te conviene. Ve cómo te dejó con lo de la deuda. Ve cómo te ignora. Ve todo lo que hace para hacerte sufrir. No te hace bien tenerlo cerca —me dice desesperada, con los ojos cristalinos.
—¡Ya cállate!… Basta, no digas más —me enojo mucho y sigo mi paso. Las lágrimas me queman.
—Te enojas porque sabes que te estoy diciendo la verdad.
—¡No!… Me enojo porque dices puras mentiras. Porque me tienes envidia del amor que tengo con Víctor. ¡Eso es lo que me pasa! —detengo mi paso para verla de frente. La voz me sale rota.
Me mira con desilusión. Sus hombros caen. Se da media vuelta, se va por otro pasillo. Me quedo parada ahí como una completa tonta. El silencio del pasillo me aplasta.
Mi única amiga se enojó conmigo, solo por defender a mi novio. En el fondo me siento culpable de eso. Liz me importa, pero yo amo a Víctor. De pronto ya no sé qué hacer. Las manos me sudan.
✨✨✨✨✨✨
Terminan las clases. Doy gracias al cielo que ya únicamente me falta un semestre para terminar mi carrera de Negocios Internacionales. Me ha costado muchísimo costearla. He trabajado tan duro para lograr esto que cuando me reciba me sabrá a gloria.
Lizbeth en todo el turno no me volvió a dirigir la palabra. Me duele mucho, porque muy en el fondo yo sé que me dice todo por amor. La veo reírse con otras chicas y siento un hueco en el pecho.
✨✨✨✨✨
—Hola, Rosy —saludo al entrar al restaurante. El olor a café y comida me golpea. El ruido de platos, voces, la caja registradora.
—Hola, Aurora. El capitán está enojado. Dice que ya van tres veces que llegas tarde —me dice mientras se amarra el delantal.
—Rosy, no es porque quiera…
—Vaya, qué bueno que la señorita nos da el honor de llegar temprano —llega el capitán y me mira de arriba abajo. Como ya estoy cambiada, solo tuerce la boca, con ese bigote que odio—.
—Capitán, disculpe…
—No quiero escuchar tus excusas. Apúrate, que ya estás trabajando. ¡Apúrate!
Rosy y yo nos miramos. Nos disponemos a empezar nuestro turno. El día de hoy hay muchos comensales. Al estar cerca de las empresas, es un lugar muy concurrido por hombres trajeados con pinta de millonarios. Unos amables y otros déspotas.
Cerca hay varias empresas de publicidad. Mi gran sueño es que al terminar mi carrera pueda entrar a una de esas empresas. Salir de la deuda de la hipoteca y estar más relajada con los gastos. Poder dormir sin soñar con números rojos.
—Aurora, ya llegó el cliente que siempre viene con sus dos hijos. Esos chicos son tan guapos, parecen modelos de revista —me susurra Rosy, con los ojos brillando.
—Ay, Rosy, atiende tú. Yo estoy a tope —le digo negando con la cabeza.
—Pero claro, no me lo dices dos veces.
Rosy está dispuesta a salir y atender la mesa del señor cuando entra el capitán, súper enojado, y la regaña.
—¡Rosaura!… En la mesa de la terraza te faltó tomar una orden. ¡Ve rápido! Y tú —me señala—, ve a atender al cliente que acaba de llegar. ¡Muévete, muévete!
—Sí, capitán —Rosy pone los ojos en blanco, por no poder ir con los chicos guapos.
Que sí, parecen modelos de revista. Siempre viene un señor con dos jóvenes, pero hoy viene otro con ellos. Igual de guapo, cabe mencionar. Más alto. Más serio.
—Buenas tardes, les tomo la orden —me acerco a la mesa. De inmediato me pongo nerviosa. El aire acondicionado me eriza la piel.
—Hoy solo vamos a querer una botella de whisky —dice el señor. Tiene voz gruesa, de mando.
—¿Algún aperitivo? —pregunto, un tanto nerviosa, ya que el nuevo chico que viene no quita su mirada de mí. Siento sus ojos como un peso físico.
—No, hija, gracias… ¿O ustedes quieren algo, chicos? —señala a los tres jóvenes que parecen artistas de lo guapos que son.
—Eh… a mí sí, tráeme la carta, por favor —me dice el otro chico que no había venido con el señor todas las veces anteriores.
Lo veo de cerca. Es muy guapo, con su traje a la medida y esa camisa color azul celeste que hace contraste con su piel morena y ojos claros. Me pongo nerviosa, extrañamente, al verlo a los ojos. Tiene una mirada enigmática, profunda, como si viera más allá de mi uniforme.
—Sí… eh… en un momento traigo su orden. Permiso.
Camino directo a la barra, pero siento la penetrante mirada de alguien en la espalda. Volteo y es el joven que acabo de atender en la mesa del señor. Me topo con su mirada y me pongo aún más nerviosa. Me da una sensación de vacío en el estómago, como si me fuera a caer. Me volteo rápidamente. De momento me pongo muy torpe. Casi tiro una copa.
Les llevo lo que me han pedido y le doy la carta al joven.
—Aquí tienen su orden. La carta, joven.
Extiendo la carta. Al momento de tomarla me roza ligeramente la mano. Una electricidad me recorre hasta la nuca cuando siento sus suaves dedos tocando mi piel. Calientes. Firmes. Me descolocó cuando me sonríe ligeramente. Tiene una sonrisa lenta, segura. Me pongo muy nerviosa por una extraña razón. El corazón se me acelera.
—¿Me puedes traer la especialidad de la casa? ¿Me recomiendas algo en especial? —me pregunta con esa voz varonil, grave.
—Dionisio, por favor, solo pide algo sencillo. Vamos a tratar algo importante —lo corta el otro chico, rodando los ojos.
—Hermano, hoy no comí. Ya sabes que papá me trajo aquí a la fuerza —contesta él, sin quitarme los ojos de encima. Dionisio. Así se llama.
—¡Basta! Deja a tu hermano, Leandro. Pide lo que quieras, hijo —el señor defiende al chico lindo.
El tal Leandro pone sus ojos en blanco y le da una mirada severa al que se llama Dionisio. El tercer chico se lleva las manos a la boca, ocultando una sonrisa.
Me quedo parada, súper incómoda, esperando la orden. El aire se siente denso.
—Un filete término medio, por favor. Y una ensalada —dice Dionisio, al fin.
Me da su orden y me voy rápidamente. Estoy esperando a que salga su comida en la barra del lugar. Miro de reojo lo que hacen y veo que están riendo por algo mientras el señor los está calmando.
Es un señor mayor, no pasa de los sesenta años. Muy bien parecido, igual de guapo que sus hijos, con un porte de señor galante demasiado increíble. Sus tres hijos están guapísimos.
Me doy cuenta de mis pensamientos y me regaño en mis adentros. _Yo tengo a Víctor_, me digo. _No debo estar pensando estas cosas. Pero el roce de su mano sigue quemándome la piel.