Erika había dejado de percibirlo hacía mucho tiempo, pues esos aromas eran parte de su día a día en el hospital. Vestía su uniforme clínico: cómodo, pulcro, con el cabello recogido en un moño bajo y una pluma sujeta al bolsillo delantero. Estaba revisando a un pequeño paciente, un niño de unos seis años que se removía inquieto en la camilla, con mejillas sonrosadas por la fiebre. —Respira profundo —le indicó con suavidad. El niño obedeció, mientras su madre lo observaba con preocupación y agotamiento. Erika sonrió apenas, apoyando el estetoscopio contra su espalda menuda. Fue entonces cuando escuchó unos pasos ligeros acercándose y, apenas un segundo después, la voz familiar de Alina. —¿Así que te negaste? —preguntó, divertida. Erika levantó la mirada un instante, apenas el tiempo s

