Damien no se molestó siquiera en cubrirse. De pie, al borde de la cama con la espalda ancha expuesta y con el pantalón desabrochado, miró hacia la puerta entreabierta con esa mezcla suya de calma peligrosa y autoridad incuestionable. —Espera abajo, Kristal —ordenó con voz grave, sin mirar directamente hacia su hermana. Kristal soltó una carcajada que resonó por el pasillo. —¡Bueno, bueno! No era la bienvenida que esperaba, pero está bien, hermano —respondió divertida, y sus pasos resonaron escaleras abajo con esa energía traviesa que la caracterizaba. Alina seguía sentada sobre la cama, su cabello aún estaba húmedo y sus mejillas lucian como carbones encendidos. Tragó saliva, apretando la sábana contra su pecho mientras sus ojos seguían fijos en la puerta. Su dignidad acababa de tirars

