Damien apagó la llamada y dejó el celular sobre el escritorio de caoba. No se movió́ de inmediato. En cambio, tomó el vaso de whisky que había dejado a medio terminar y dio un trago largo, dejando que el ardor le quemara la garganta. La voz de Gaspard Bellamont aún resonaba en su cabeza, seca y cortante, como siempre. —Será el segundo aniversario de la muerte de Constance. Espero que traigas a mi nieto —había dicho el hombre con su marcado acento francés. Era exigencia disfrazada de invitación. Damien no respondió. Simplemente se despidió con la misma frialdad que lo había caracterizado durante los últimos años y colgó. No le debía nada a los Bellamont, ni siquiera después de aquel atentado donde su esposa perdió la vida. Aunque esos ultimos dos años, habían tenido una paz

