Los ojos de Alina se abrieron de golpe cuando se giró en la cama y su mundo entero pareció inclinarse en una pesadilla surrealista. Ahí estaba él. Damien. Acostado a su lado, con el rostro sereno y una respiración profunda que sugería que dormía cómodamente, como si aquella cama le perteneciera. El horror se apoderó de ella en cuestión de segundos. Su mente gritó un millón de cosas a la vez: «¿Qué hace aquí? ¿Desde cuándo? ¿Me tocó? ¿Dios, me tocó?» Un escalofrío le recorrió la espalda. —¡Agh! —su grito fue instintivo, gutural, una mezcla de indignación y pánico. Con una fuerza nacida de la desesperación, alzó las manos y empujó a Damien con toda su furia. El impacto fue lo suficientemente fuerte como para lanzarlo fuera de la cama. El sonido de su cuerpo golp

