—No puedes. No sin ropa de aislamiento —avisó. Alina había sido clara. Nadie podía entrar ahí sin la debida precaución, o corrían el riesgo de contagiarse. Keegan resopló, pero tomó una de las batas y mascarillas de un carrito cercano y se la puso sin protestar. Se colocó un par de guates también dándose prisa. Sabía que Damien lo mataría si intentaba entrar sin protección y ponía en riesgo a Dante. Cruzó la puerta y vio al mafioso en la esquina de la habitación, inmóvil, como un lobo enjaulado observando a su cachorro luchar por su vida. Pero lo que más le llamó la atención fue Alina. Estaba a su lado, revisando cada monitor, dando órdenes con una firmeza impresionante. Ella no temblaba. No dudaba. Era como una fuerza imparable en medio del desastre. Y Damien… Él confiaba en ella.

