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1021 Palabras

. Horas después El aroma a salsa de tomate casera, vino tinto y albahaca llenaba el pent-house como si Brennan hubiera traído consigo el corazón de una cocina italiana. Mientras removía los fettuccine en una olla humeante, con los brazos tatuados al descubierto bajo una camiseta sin mangas, soltó una orden clara sin levantar la vista: —Fuera de mi cocina. Los dos —ordenó a sus hermanos que iban con intenciones de probar los alimentos que aún estaba preparando, Keegan soltó una risa baja y con resignación caminó hacia el sofá, donde se recostó con el cabello suelto y una cerveza a medio acabar. Cathal, por su parte, se encogió de hombros y se dejó caer en una silla alta junto a la barra, con la toalla de entrenamiento aun colgando de su cuello. —Eres un jodido dictador culinario —mur

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