6| Negociar

3295 Palabras
El sonido abrupto del celular interrumpió la tensión entre ellos. Damien lo sacó del bolsillo de su pantalón y, tras una mirada rápida a la pantalla, lanzó una maldición entre dientes. —No te muevas de aquí. —soltó con una mirada breve a Alina, su voz era una orden disfrazada de advertencia, aunque por supuesto Alina no podría salir de ahí. Sin esperar respuesta, salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él y el ruido de la madera la hizo pegar un pequeño brinco. Alina exhaló lentamente. Por primera vez desde que despertó en esa habitación sintió que pudo respirar. Giró la cabeza hacia la ventana. La lluvia había cesado, dejando el césped empapado y brillante bajo la tenue luz de las enormes lámparas que alumbraban el lugar. Observó un poco más y vio a unos cuantos hombres de n***o patrullando el patio, con sus espaldas erguidas, como si fueses soldados. Algunos se detenían, otros revisaban sus relojes, pero ninguno parecía relajado. Estaban alerta. «Huir sería un suicidio» Alina no era ingenua. Tal vez podría llegar a la calle si corría lo suficiente, pero no sobreviviría mucho tiempo. Un hombre como Damien no dejaba cabos sueltos. Si escapaba, la encontraría. Se apartó la vista de la ventana y presionó los dedos contra sus sienes. —Un acuerdo —susurró ella. Esa era la palabra que Damien había usado. Pero ¿qué opción le quedaba? Tenía que verlo como lo que era: un acuerdo que le permitiera minimizar las pérdidas. Porque seguro iba a perder algo. Si aceptaba, su libertad quedaría atada a esa casa, a ese hombre. Si se negaba, él no la dejaría ir tan fácilmente. Alina apretó los labios, pensando en su carrera. No había llegado hasta donde estaba para tirar todo a la basura. Su residencia no era negociable. No podía dejarlo todo solo porque él había decidido que debía ser la niñera de su hijo. Si quería algo de ella, Damien tendría que ceder también. Cruzó los brazos y dejó que el peso de la situación se asentara en su pecho. No estaba acostumbrada a sentirse atrapada. Siempre había sabido cómo salir adelante, cómo encontrar soluciones. Pero eso parecía un laberinto sin salida. «¿Cómo negocias con el demonio sin vender tu alma?» Antes de que pudiera encontrar una respuesta, la puerta se abrió de golpe. Alina se tensó, girando la cabeza rápidamente. Pero no era Damien. Era Dante. El niño se quedó de pie en la entrada, vistiendo una pijama de dos piezas con estampado de dinosaurios. Sostenía un papel en la mano, pero sus ojos esmeralda no estaban fijos en ella. Buscaba a su padre. Dante frunció el ceño al instante. Pero un atisbo de decepción brilló en su mirada. Alina tragó saliva, cuando lo observó titubear al mirarla. No podía culparlo. Él no la conocía. Para él, era una extraña en la casa de su padre, alguien que simplemente estaba ahí sin razón aparente. Dante había llegado ahí al ver la luz encendida, frunció los labios. —¿Dónde está papá? — preguntó frotando sus ojos, era noche, se notaba que se había despertado, buscó con la mirada una vez más a su padre, pero en lugar de irse al no verlo, levantó el dibujo que llevaba. —Mira —soltó dirigiéndose a ella. Su voz era suave, un poco tímida. Alina parpadeó, sorprendida. No había esperado que se quedara. Ni siquiera la conocía y, aun así, le estaba mostrando su dibujo. Dante lo había hecho en la tarde y quería que Damien lo viera, por eso había ido a buscarlo. Alina se inclinó un poco para verlo mejor. El dibujo era acorde a un niño de su edad, aunque Dante era muy talentoso. Un niño de su edad podría haber dibujado cualquier cosa, y en cambio él había dibujado una especie de ¿Monstruo? —¿Qué es? —preguntó ella con suavidad. Dante ladeó la cabeza, como si esa fuera una pregunta tonta. —Es… un dragón —dijo al fin. Alina sonrió. —Ah, claro. Lo veo ahora. Un dragón rojo, ¿verdad? —replicó ella, observando lo bien que había trazado cada línea. Dante asintió con entusiasmo, acercándose un poco más. Alina notó algo en él. Dante era un niño dulce, contrastaba tanto con su padre. Donde Damien era control, frialdad y amenaza, Dante era pequeño, cálido y lleno de inocencia. De alguna forma sentía que los dos estaban atrapados en la misma jaula, aunque el niño aún no lo sabía. —¿Te gustan los dragones? —preguntó, solo para mantener la conversación. Dante se encogió de hombros. —Mi papá dice que son fuertes —vociferó él. Claro que Damien diría eso—. Pero a veces son buenos. —Dante levantó la mirada hacia ella, con una expresión seria. —En las historias, algunos protegen a las personas —dictaminó el pequeño con determinación en su mirada. Alina sintió que algo dentro de ella se apretaba. Ese niño estaba creciendo bajo la sombra de un hombre intimidante y poderoso. Y, aun así, ahí estaba, hablando de dragones buenos. Todavía tenía la capacidad de creer en algo más. Alina se preguntó cuánto tiempo le quedaba antes de que el mundo de su padre se lo arrebatara. —¿Te gustaría tener un dragón? —preguntó ella, acomodando su cabello que seguramente estaría desordenado. Dante pareció pensarlo por un momento. —No —dijo su voz firme—. Ya tengo un lobo —Alina asintió, pensando que quizá era un lobo imaginario—. Se llama Hades —agregó Dante. Alina sonrió, pero su mente seguía girando. Se preguntó que tanto sabría Dante de su padre, si tendría la mínima idea del hombre que era y también se preguntó dónde estaba su madre. Pero esas eran preguntas que no podía hacerle a un niño. Ella tampoco tenía idea de cuánto tiempo iba a pasar con él, si sus preguntas serían respondidas. Entonces Dante le extendió el dibujo. —Toma —dijo entregándole la hoja —Alina le preguntó si no lo guardaría para que su papá lo viera, pero Dante negó, su papá ya tenía muchos de sus dibujos, pero Alina no tenía ninguno. Alina sintió que algo en su garganta se cerraba. No debería afectarle. No era nada. Un simple dibujo infantil. Pero de alguna manera, significaba algo más. Lo tomó con cuidado. —Gracias, Dante. El niño asintió, como si fuera lo más normal del mundo, y luego corrió fuera de la habitación. Alina lo observó desaparecer por el pasillo, y por primera vez, sintió que podía respirar sin que el peso de su situación la aplastara por completo. Porque Dante también estaba atrapado ahí. Y, aunque no lo quisiera admitir, esa era la única parte de todo eso que la hacía querer quedarse. El sonido de los pasos de Dante desvaneciéndose en el pasillo dejó a Alina sumida en un silencio denso. La imagen de ese niño mostrándole un dibujo tan inocente parecía seguirla, aunque intentaba quitarla de su mente. Se dijo así misma que no podía dejarse atrapar por la ternura de Dante. No era su responsabilidad. Alina guardó el dibujo en el bolsillo de su abrigo que aún estaba abierto y húmedo. No sabía si lamentarse o enfurecerse. Pero se quedó ahí, en el centro de la habitación, esperando. Pensando. Si ese hombre la había elegido para cuidar de su hijo, debía haber alguna razón. No podía ser solo porque necesitara una niñera. Algo había en ella que Damien había visto y le había dado una especie de confianza, ¿pero en qué podía confiar un hombre como él? ¿Qué más tenía que perder? Alina soltó un suspiro pesado, frustrada. Si Damien quería que ella aceptara su “oferta”, tendría que ceder también. Alina no era tonta. Sabía que no podía escapar, sabía que él tenía sus hombres vigilando cada rincón de la mansión. Ella se había sentido observada todo el tiempo, como si las paredes mismas la estuvieran acechando. Pero, al mismo tiempo, la idea de que ese hombre, pensara que ella era alguien que podía cuidar de su hijo, la intrigaba. Casi como si una respuesta inminente se escondiera en las sombras, Alina dio un paso hacia la puerta. El golpe seco de un tacón contra el mármol la hizo volver en sí. Al salir al pasillo, un hombre alto la esperaba. Era moreno, con una postura rígida y ojos que brillaban con una intensa vigilancia. Su presencia era imponente, como si su sola mirada pudiera detenerla en seco. Un guardia. Alina no necesitaba que nadie se lo dijera. Lo miró detenidamente, sin amedrentarse. Alina no dio ni un paso atrás. En su rostro se reflejaba esa mezcla de determinación y desconcierto. —¿Dónde está tu jefe? —preguntó, manteniendo la voz lo más neutral posible. El guardia la miró un momento más, y en ese espacio de silencio, Alina se sintió casi despojada. Ella estaba atrapada en un lugar del que no entendía las reglas, y por un momento se preguntó si Damien simplemente estaba jugando con ella. Pero ese pensamiento fue efímero. El hombre finalmente asintió, sin decir una palabra. Alzó su mano y señaló al final del pasillo, más allá de una serie de puertas cerradas y en un extremo donde la mansión se veía más cerrada, más privada. El despacho de Damien. Alina asintió, aunque nada en su rostro dejaba ver que estaba agradecida. Ella sabía que este no era un lugar para agradecer. Se giró sin perder el rumbo y caminó hacia ese lugar, esa oficina que ya se le antojaba como una guarida de secretos. A medida que avanzaba por el pasillo, la mansión se volvía más opresiva. Las habitaciones daban paso a un pasillo largo y estrecho, donde las luces se volvían más tenues, las paredes decoradas con cuadros oscuros y tapices que reflejaban una antigua opulencia. El lugar era hermoso. Alina sentía la tensión en el aire, algo pesado. ¿Realmente quería entrar ahí? ¿Realmente estaba dispuesta a enfrentar lo que podría ser una negociación con ese hombre? La puerta al despacho de Damien se alzó frente a ella como una barrera. Sin embargo, no pudo evitar sentir que estaba más cerca de una cárcel que de una puerta que la llevara a una conversación. Su respiración se entrecortó ligeramente, y sus pasos se hicieron más lentos conforme se acercaba. La presión en su pecho aumentaba. ¿Qué le iba a decir? Su mente estaba llena de incertidumbre. Alina se detuvo frente a la puerta, justo antes de tocar el pomo. Finalmente, con una determinación que no sentía por completo, Alina tocó la puerta. —Entra —dijo la voz gruesa de Damien Alina entró y la puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave, pero firme. Alina se detuvo en el umbral, midiendo la distancia entre ella y Damien, quien estaba sentado detrás de su escritorio. La luz tenue del despacho resaltaba las líneas afiladas de su rostro, como si cada sombra estuviera hecha a medida para él, algo oscuro y peligroso, pero intrigante. «No te acerques demasiado» Fue lo primero que pensó, la voz interna que siempre intentaba ser racional, pero no estaba segura de sí era capaz de mantenerla. La intensidad de la atmósfera le erizaba la piel. Damien no era un hombre común, y eso quedaba claro solo con su presencia. —Siéntate —dijo él, su voz profunda y segura. Alina dudó por un momento, mirando la silla frente a él. El miedo la acechaba, pero no iba a ceder. En su mente, su orgullo era la última pieza que podía controlar. Y no iba a dejar que él la hiciera sentir vulnerable, aunque la idea de estar tan cerca de él la aterraba. Tomó asiento, manteniendo una postura erguida, pero sintiendo el peso de su mirada sobre ella. Damien sonrió ligeramente, y esa sonrisa, que parecía casi imperceptible, fue suficiente para que un estremecimiento recorriera el cuerpo de ella. Su mirada se mantuvo fija en ella. «Se ve hermosa sentada en esa silla, pero se vería mucho mejor sobre mi escritorio» pensó Damien, mientras observaba a la pelirroja frente a él. Mientras detallaba sus cabellos de fuego, las pecas en su rostro y esa mirada que delataba que por dentro lo estaba maldiciendo. Damien observó el pecho de Alina subir y bajar, sus pechos apretados bajo la blusa. Entonces devolvió su mirada a los ojos ámbar de ella. —¿Estás dispuesta a cooperar? —preguntó, con tono impasible, como si la respuesta ya estuviera escrita en el aire. Alina no lo pensó demasiado. Cooperar. Esa es una palabra que no se había atrevido a pronunciar. La idea de simplemente ceder le parecía repulsiva, pero algo dentro de ella la impulsaba a luchar. No era solo por ella, sino por lo que realmente importaba: su futuro, su carrera. —No quiero cooperar —respondió con firmeza, mirando directamente sus ojos fríos—. Quiero negociar. Damien no se inmutó. Se reclinó en su silla, relajando los hombros mientras sus ojos la mantenían atrapada. Los negocios definitivamente eran lo suyo, y disfrutaba de cada uno de ellos, sobre todo los que tenían la ventaja a su favor. Alina no podía ser diferente. Alina, por su parte, apretó los puños con disimulo. No estaba ahí para aceptar ser una marioneta. No estaba dispuesta a dejarse intimidar, sabía que, al contrario, debía usar su inteligencia. Quería que él supiera que no se iba a rendir fácilmente. Era una mujer de principios, y su futuro significaba todo para ella. —No sé quién demonios te crees, ni qué piensas que eres capaz de hacer, pero si algo tengo claro —continuó, la voz firme y llena de una audacia que sorprendió incluso a ella— es que tu hijo te importa. Eso es obvio. Y si te importa, no vas a querer cerca de él a alguien que lo odie, sino a alguien en quien confíes. La reacción de Damien fue inmediata, y Alina pudo ver la ligera fascinación en su rostro. Era un hombre acostumbrado a manipular, pero nunca había tenido a alguien que lo desafiara de esa manera. Estaba disfrutando de cada palabra que salía de sus labios, y ella sabía que había golpeado justo en el centro de lo que él más quería, su hijo. —Continua —comentó, la admiración y el deseo flotando en su tono, aunque al mismo tiempo, había algo peligroso en su sonrisa—. ¿Qué me quieres ofrecer, doctora Everhart? Alina respiró hondo, enfrentando la tensión creciente. Ella no había estudiado tanto para ser una niñera. —No voy a dejar mi carrera —dijo, dejando claro que su mayor sueño era ser pediatra—. Si quieres que cuide de tu hijo, lo haré, pero continuaré mi residencia en el hospital —avisó Alina, Pensando que, si Damien la había elegido a ella en lugar de buscar a otra persona, ella le interesaba más de lo que iba a demostrar y existía la posibilidad de negociar con él. Damien la miró fijamente. Por un momento, sus ojos parecieron brillar con una intensidad que la hizo sentir vulnerable. Sin embargo, ella no se dejó llevar. Esa era su oportunidad, y no podía desperdiciarla. El silencio que siguió fue tenso, casi insoportable. Finalmente, Damien se levantó, rodeando la mesa con lentitud y se acercó, deteniéndose frente a ella. La cercanía era abrumadora. Se apoyó en el borde del escritorio. Alina podía oler su colonia, sentir su calor, el espacio entre ellos casi se volvió eléctrico. ¿Por qué estaba tan cerca? ¿Por qué su presencia era tan invasiva? Miró sus ojos y vio algo nuevo, algo que la hizo estremecerse. No era rabia, ni desdén. Era respeto. Y eso la desconcertaba. —De acuerdo —dijo finalmente, su voz más suave de lo que Alina esperaba. Damien era un hombre astuto y lo que ella decía era cierto, quería que ella cuidara de su hijo de la misma forma que lo atendió en el hospital. Si la forzaba, solo lograría que ella lo odiara y eso no era importante, pero no quería que odiara a Dante—. Está bien. Pero solo por las mañanas. Ahí podrás cumplir con tu “trabajo” —espetó sin basilar. Alina lo miró, desconcertada. ¿Por qué se estaba ablandando? Todo lo que él hacía era algo que le provocaba desconfianza. —Eso no es posible —respondió con rapidez—. Tengo horarios. No puedo hacerlo solo por la mañana —siseó como si fuese una locura. Damien sonrió, pero era una sonrisa peligrosa. Los turnos de Alina eran largos y él la quería más tiempo con Dante, bastaba con ofrecer un fuerte donativo al hospital, o comprarlo si era necesario. Intimidarlos quizá. Había muchas opciones. —Todo es posible, Alina —replicó con calma—. Yo me encargaré de ajustar tus horarios. Ella no sabía a qué se refería con eso, pero Damien parecía muy seguro de sus palabras. Y ella tenía que seguir adelante. —Tampoco seré su niñera para siempre —dijo, su voz firme, aunque algo dentro de ella sentía que esta negociación la estaba llevando a lugares más oscuros de lo que había imaginado. Él la observó en silencio. Después chasqueó su lengua y habló: —Estarás con Dante solo el tiempo que sea necesario —finalizó él, su tono más relajado. Su respuesta no le ofrecía una fecha límite, su voz firme la hizo ceder ante su palabra. Alina no tenía ganas de discutir más. Algo en su pecho se sentía inquieto, pero al menos había conseguido que él cediera. Sin embargo, no podía dejar que él pensara que había ganado todo. Ella tenía algo más que decir. —Si seré la niñera de tu hijo, entonces deberás pagarme —dijo, alzando la voz con una determinación renovada—. Cuidar de un niño no es cualquier cosa. «Menos cuando su padre está metido en quien sabe que cosas» Damien se inclinó ligeramente hacía ella, su aliento rozó una vez más con el de la pelirroja, la sorpresa apareció en sus ojos antes de que una sonrisa astuta cruzara sus labios. —Está bien —dijo, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Pon tu precio. Pero, habrá una condición. Vivirás aquí. Alina frunció el ceño. —De acuerdo. Pero ¿Qué pasa con esas deudas que pagaste por mí? ¿Qué voy a hacer para pagarlas? —preguntó elevando su mentón. Damien la observó fijamente, como si estuviera tomando su medida. Después de un largo momento, asintió. —Dedícate a cuidar de mi hijo, has bien tu trabajo, ya me pagarás después —dictaminó él. Alina asintió, finalmente sintiendo que al menos podía respirar. Había conseguido lo que quería, aunque no sabía a qué precio. Después de breves segundos, Damien se alejó de Alina, caminó esta vez hacia el ventanal dándole la espalda. —Espera abajo —dijo él, finalmente—. Ordenaré que uno de mis hombres te lleve por tus cosas. Alina asintió sin objetar, se levantó de la silla con la espalda erguida y comenzó a caminar hacia la salida. Pero antes de que abandonara el despacho, su voz la detuvo. —No vuelvas a entrar aquí —manifestó Damien. Él siempre había sido un hombre capaz de controlar sus instintos más primitivos, sin embargo, esa vez había algo diferente. La quería lejos de sus espacios privados y cerca de Dante. Alina apretó sus labios y salió sin decir más. A partir de esa noche, viviría en la mansión Brown.
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