¡Maldita sea! Allí estaba ella. Tan hermosa como antes, con el olor inherente en su cuerpo, el vívido color carmesí de su cabello y la melodiosa voz que minutos atrás tuve el placer y el horror de escuchar en una antigua grabación de voz. Sus ojos, opacados por el dolor, se abrían y cerraban, creando pequeñas rendijas traspasadas por las lágrimas que brotaban sin cesar. No negaré que abrir la puerta y encontrarla allí fue inesperado a niveles atómicos, más cuando de sus labios surgió algo como eso. Cada segundo era más firme ese pensamiento que inundó mi cabeza los ocho meses que estuve sin ella, imaginando que al otro lado del mundo una persona me odiaba con toda su alma, aunque quizá no fuera del todo cierto. Tuve tanto miedo de hablar, respirar o incluso mirarla por más tiempo d

