Mi corazón se escuchaba en la otra habitación, galopando como caballo sin riendas en las paredes de mi pecho, deseando correr y esconderse detrás del armario, evitando la súplica desesperada de su agotada voz a través de la bocina. Cuando sueñas, inconscientemente pretendes que ello se torne realidad, a pesar de todo. Pero escuchar tu realidad hablar a través del auricular es como enterrar una espada en tu garganta: hiriente, desgarradora y mortal. Incluso peor a la mordida de una serpiente en tu tobillo o torcerte una daga en el corazón. Mi lengua estaba seca, ardiente y temerosa de responder cualquier cosa. Pero tras cerrar los ojos e inhalar el suficiente oxígeno, inquirí: ―¿Nicholas? Todo el oxígeno que albergaban mis pulmones abandonó mi cuerpo cuando el calor de su nombre inundó

