Dentro de un pequeño cuarto se encontraba todo mi futuro, el destino que estipularon para mí y la próxima decisión que me alejaría o mantendría junto a la luz de mis ojos: la preciosa Samantha Connick. Ese lunes veintidós de agosto, siendo las nueve y cuarto de la mañana, estaba junto a Eric en el amplio y cómodo sofá, dentro del consultorio de la psicóloga que llevaba nuestro caso. Las cálidas y apacibles paredes pintadas de un armónico color, aclimataban el ambiente de relajación que los enfermos mentales necesitaban. ―¿Cómo describen su relación? ―inquirió la psicóloga. Ambos giramos el cuello, observándonos, analizando en nuestros ojos lo que en verdad conformaba esa relación paternal, viviendo bajo el mismo techo y con tantos problemas sin solucionar como gotas de lluvia en veran

