Jueves veinticinco de agosto del año en curso, un recluso que llevaba por nombre Nicholas Eastwood estaba siendo conducido por un amplio pasillo, con las muñecas esposadas y una marca indeleble en el alma como el peor hombre que el condado de Charleston alguna vez pudo albergar. Lo llevaban a un lugar del que no podía escapar, un lugar que cercenaría todas sus esperanzas sino resultaba a su favor, arrancándole la preciosa libertad de entre sus manos, atando sus pies al anclado suelo de la prisión. Ese infernal recluso que ingresaba al estrado cabizbajo, era yo, repitiéndome que todo saldría tal como el destino lo estipuló desde mi nacimiento, cuando hablaron del nombre que colocarían en la mente de mi madre y escribieron toda mi vida con tinta indeleble, desde el instante que nací hast

