Esa noche que, aprovechando el refrigerio, revisaba los exámenes de Historia del Perú, Hubert se me acercó y se quedó mirando largo rato mis ojos. -Dime, Hubert, ¿qué ocurre?-, me sorprendí, aunque en sus pupilas leía, clarito y en mayúsculas que quería decirme que yo le gustaba demasiado. -¿Está triste, Miss?-, me preguntó. Eché a reír. -No, no estoy triste, ¿por qué?-, me extrañé. -Es que ya no se viste tan bien como otras veces-, tartamudeó. Eso de "no se viste tan bien", sin duda se refería a las minifaldas, los leggins o los jeans pegados que había dejado de llevar. ¡¡¡Qué lindo darse cuenta de ese detalle!!! -No, sino, que así me siento más cómoda-, no mentí. -Ustedes es muy hermosa, Miss-, me dijo y se fue azorado y turbado. Yo quedé encantada. ¡¡¡Ay, los hombres!!! eché a re

