André llegó al apartamento para la hora de la cena, traía compras que comenzó a acomodar en la alacena sin siquiera saludarme, cuando acomodó todo se dirigió finalmente a mí. Se acercó y me rodeó con sus brazos, me besó en la boca y en el cuello, me apretó el trasero y me apretó más contra él. —¡Te deseo mucho! —me dijo—. ¿Cómo te fue con Damián? —¡Bien! Lo hicimos por horas en la cama —dije desafiante. André me soltó y se alejó. —¡Esos no son juegos Aitana, respeta, ¿Qué te pasa? ¿Estás loca? Casi no te reconozco. —¡Bueno! No sabes que hago a tus espaldas, cómo yo no sé qué haces tú detrás de las mías —le reclamé. —¡No sé de qué hablas! —se defendió. —¡Mi propia madre me ha tachado de puta porque tú le dijiste que tú eras el hermano de Damián. —¿Y no lo soy? —preguntó. —Si, per

