Sara — años atrás (enero del 2018)
Cuando vi a Zedd, en medio de las luces de Times Square, en aquella noche de fin de año, todo en mi interior se paralizo. Deje que el tiempo pasara, sin hacer absolutamente nada. Deje que los primeros segundos del año se consumieran, bajo la mirada de Zedd, la tensión con Eugene, los gritos de las personas, las luces de nuestro alrededor, y las emociones ambiguas que estaba sintiendo en ese momento. Y ahí, mientras observaba a Zedd, a unos cuantos pasos de mí, deje que este solo se diera la media vuelta y se fuera. Dejándome atrás. Como siempre sola hacerlo.
Decidí no ir tras él. Solo me quede quieta, mirando cómo su fantasma se desvanecía por la multitud de personas y la adrenalina percibida del instante. Deje que su silueta se evaporara junto a los primeros segundos del año transcurridos.
Días más tarde, a fuera de mi departamento, me encontré una pequeña pintura, ilustrada por él. Zedd la había dejado ahí. A fuera de mi departamento. Mi corazón comenzó a palpitar con intensidad. Sentía que una ola de conmiseraciones me abrumaba. Hace mucho que no me sentía de esa forma. Esa forma de sentir, que solo Zedd podía provocar en mí. Mi corazón exploto al escudriñar con detenimiento, aquella pintura de Zedd, frente a mis ojos. En aquel lienzo se mostraban diversos colores y estructuras, que formaban la luminotecnia de Times Square, la noche profunda y un festín alrededor de este. En ese instante lo supe. Zedd había ilustrado aquella noche de fin de año. En Times Square. En donde en medio de la pintura, se mostraban dos pequeñas luces, resaltando más que las demás, entre lo que era la masa de personas. Esas dos pequeñas luces, éramos nosotros. Éramos Él y yo. Y nuestra conexión.
Aquel lienzo era una muestra de lo que Zedd había sentido en aquel momento, cuando nuestras miradas se habían encontrado, en medio de Times Square, las luces, y los primeros segundos del año acaeciendo.
¿Qué significa esta pintura? A caso, ¿me extraña?
Mi relación con Zedd nunca había sido definida en concreto. Años atrás, habían pasado un sin fin de cosas, de recuerdos, de momentos, que al final de día solo nos habían hecho tomar caminos separados. Sin embargo, ahí estaba, en ese instante, escudriñando detenidamente, con el corazón a mil por hora, la hermosa pintura de Zedd, que comunicaba algo más allá..
Comunicaba su profundidad.
A partir de ahí, un fragmento de nuestra historia sin final, volvió a ser contada nuevamente.
En ese momento, no pude evitar ir a su departamento. Al abrir Zedd la puerta, nos miramos de cerca, una vez más. Nuestros ojos reencontrándose. Una vez más. Las emociones. La atracción. La conexión. Entrelazándonos una vez más.
A continuación, no pudimos evitar abrazarnos, bajo toda esa conexión, esa emoción, entre los dos. Un abrazo. El abrazo más largo del mundo. Nos aferramos fuertemente, él uno con el otro, dejando que nuestros cuerpos se sintieran. Dejando que nuestros cuerpos experimentaran una union más allá de la física. Una union. Una conexión. Entre Zedd y yo.
Extrañaba tanto abrazarlo. Extrañaba tanto sentirlo. Oler su perfume. Olerlo a él. Y ahí estábamos, en el umbral de la puerta de su departamento, abrazándonos, sin decir palabra alguna, dejando solamente que nuestros cuerpos fueran los que se comunicaran él uno con el otro.
Ahí estábamos, en su departamento, bajo una luz tenue, y la oscuridad del exterior asechando. Ahí estábamos, entrelazados, dejando partes de nosotros en nuestras pieles.
Aquella noche de enero, dejamos partes de nosotros. Partes de nosotros en el sillón de su pequeña sala de estar. Partes. Un rastro. Un rastro de nuestro incierto recorrido.
Un rastro de nosotros. En aquella noche fantasmal de una estación sin final. En las cómodas sábanas que nos acurrucaron, bajo el ocaso inexistente. Dejamos rastro dentro de nosotros mismos. Con cada abrazo. Cada mirada. Cada gesto. Qué de nuestro cuerpo salió despedido.
Rastro, en aquel encuentro de mis labios con los suyos, percibiendo las palabras inaudibles de su boca. Percibiendo aquellos sentimientos que fluctuaban en lo oculto de un corazón roto.
Rastro. En los cubiertos de la cocina. En los cigarrillos, que Zedd había fumado, regados sobre el cenicero. En el frío suelo de su habitación. En los lienzos que narraban nuestra historia. Y en los dibujos trazados, en medio de aquella noche, sobre las hojas de papel y nuestros cuerpos excitados.
Lo que compartíamos, la conexión que nos entrelazaba, iba siguiéndonos, alterando espacio, lugar y tiempo. Alterando instantes. Momentos. Pasados, presentes y futuros.
Y eso éramos nosotros. Una historia agridulce que iba dejando rastro, en cada ente y espacio recorrido. Dentro de nosotros mismos. Éramos una historia narrada en forma de fragmentos y recuerdos, que iba formando aquel invisible rastro, que siempre sería prueba de los instantes compartidos. Aquel invisible rastro, de lo que tuvimos, siendo tan jóvenes e inmaduros, buscando a sentir experiencias y vivir emociones. Un rastro de lo que tal vez pudo ser. De las palabras jamás dichas y de los pensamientos que caían sobre el vacío de su recuerdo.
Y al final de día, aquel rastro, de aquella noche, dejado por nosotros, por los momentos, las emociones, por las pequeñas sonrisas bajo la luz de la luna, y las miradas indescifrables sobre el umbral de la puerta, aquel invisible rastro, conformado por huellas, lagrimas, partículas de nosotros, quedaría intacto para toda la vida.
Los años pasarían, Zedd y yo cambiaríamos, siendo individuos completamente distintos, con una actual historia, contada de diferente manera, sin embargo, ese rastro, esas huellas, lágrimas, partículas de nosotros, permanecerían sobre los entes y la faz de la tierra, sobre los recuerdos y el camino que emprendimos.
Mientras tanto, Zedd y yo íbamos dejando rastro de nosotros a dónde nuestros cuerpos iban. Cada vez que nos volvíamos a reencontrar. Cada vez que aquella conexión volvía a hacerse presente. Íbamos dejando un rastro dentro de nosotros mismos. Un rastro, que ni el tiempo ni las circunstancias desvanecería por completo.
Eso éramos nosotros, un rastro, y una historia jamás contada.
Esa noche, la pasé en el apartamento de Zedd. Te extrañaba tanto, pensé, mientras lo divisaba, en medio del silencio. Su mirada glauca me decía tanto y nada a la vez. No hablamos mucho. Solo dejamos que nuestros ojos, nuestros cuerpos y la conexión del momento, se comunicaran por sí solos.
A partir de ahí, la historia con Zedd, que se hallaba enterrada, desde el bachillerato, volvió a surgir. Comenzamos a vernos todos los días por las tardes. Me recogía de la universidad, en su moto gris, estacionándose lejos de donde nadie pudiera vernos. Sabía que si mis amigos se enteraban que Zedd y yo estábamos saliendo nuevamente, ellos se molestarían y no estarían de acuerdo en lo absoluto.
Y fue ahí, cuando, sin darme cuenta, comencé a alejarme de Eugene. Quería contarle todo sobre Zedd. Quería mostrarle que era feliz. Quería que él aún formara parte de mi vida. Sin embargo, aquello parecía ser imposible. Ya no tenia tiempo ni para salir con Eugene. Pues mi mayor tiempo lo pasaba con Zedd. En su moto. Recorriendo la ciudad. En donde también, dejábamos aquel rastro de nosotros en la metrópoli y en los edificios de nuestro alrededor. Dejando aquel rastro en los lugares a los que solíamos ir juntos..
Zedd comenzó a ser parte de mi monotonía. Mientras que, Eugene, poco a poco, se iba alejando de mis días. De mi vida.
A pesar de aquello, Eugene seguía siendo quién siempre había sido conmigo. Mas, podía discernir desde lo profundo, que él notaba y sentía que algo sucedía. Que él notaba y sentía que nuestra amistad ya no era la misma. Y no. No podía contarle de Zedd. No podía darle ningún tipo de explicaciones, mas que solo alejarme, de manera inconsciente. Así que, deje que las cosas fluyeran. Con Zedd. Con Eugene. Con todos a mi alrededor.
Fue por eso, que llegó un día, en el que supe que había perdido a Eugene. En el que supe que nuestra amistad ya no era. Ya no estaba. Él se había graduado y al no vernos seguido en la universidad, dejamos de hablar, de salir, de buscarnos. Fue como si Eugene desapareciera del radar. Como si cada quien tomara distintos caminos. Y deje que las cosas marcharan por aquel rumbo. Aquello fue algo de lo que me arrepentí tanto. Dejar ir a alguien como Eugene. Mas, 4 años después, al reencontrarme nuevamente con él, supe que la vida me había dado otra oportunidad. Otra oportunidad para tener la amistad de Eugene conmigo, y no dejarlo ir. Para cumplir aquella promesa que alguna vez le hice. Siempre estaré para ti, Eugene..
Aquel año 2018, en el que Zedd formo nuevamente, parte de un pequeño fragmento de mi vida, fue como era de esperarse. Fue caótico. Pasional. Ambiguo. Agridulce. Había tantas palabras para describir aquella época de mi vida con Zedd.
De alguna manera, Zedd seguía siendo él mismo desde siempre. No había cambiado. Seguía siendo callado, observador, lleno de un misterio intrigante. Zedd seguía siendo Zedd.
Mas, aquella versión de Zedd de 21 años de edad, usaba unos anteojos, de vez en cuando, que lo hacían resaltar sus profundos ojos verdes. Aquella versión de Zedd se transportaba en moto y trabajaba en una fabrica de muebles.
Aquella versión de Zedd de 21 años de edad, fumaba cigarrillos de marihuana. Aquella versión de Zedd, seguía alterando todo de mí.
—¿Recuerdas nuestra discusión de los cigarrillos de tabaco, en este mismo balcón, cuándo estábamos en la secundaria?—le pregunté un día a Zedd, mientras lo veía fumar, dejando que el viento y el humo nos envolvieran.
—Si—respondió Zedd, con el cigarrillo entre sus dedos, mientras le lanzaba una sonrisa al paisaje—Ese día me sentí tan confundido. Estaba molesto porque alguien se atreviera a darme la contraria, sin embargo, al mismo tiempo, me sentí tan atraído por ti.
—Supongo que, esa atracción ha estado desde siempre ahí—dije, arrebatándole el cigarrillo de sus dedos, para a continuación fumarlo—Tan palpable..
—Creí que no te gustaba fumar—dijo Zedd, mientras el humo despedido por mi, envolvía su rostro—Mucho menos si es cannabis..
—No, no me gusta. Ni el tabaco ni la hierba. Y sigo pensando lo mismo qué pensaba hace años—conteste, sintiendo el fuerte olor a la marihuana—Sin embargo, solo dejo que fluya el momento. A demás, siento como si de alguna manera esto no fuera real.
—¿A que te refieres?—preguntó Zedd, mientras prendía un cigarrillo extra, esta vez de puro tabaco.
—No lo sé—contesté, llevándome a mi boca el cigarrillo de cannabis, permitiendo que el lento efecto, reaccionara dentro de mi—De alguna manera siento como si este momento no fuera real. Como si fuera un sueño. O algo que es producto de mi imaginación—exhale el denso humo—Así que, en ese caso, me permito fumar tabaco y marihuana al menos una vez..
—Es gracioso—dijo Zedd, fumando el tabaco—En estos últimos días juntos, he sentido lo mismo. Siento como si este es un sueño del que tarde que temprano despertare. Como si en cualquier momento voy a parpadear, y tú ya no estarás aquí, frente a mí. Supongo que nos sentimos así, no solo por el efecto del cannabis—dijo Zedd, lanzando una pequeña risa—Si no porque esto es demasiado bueno para ser cierto.. nosotros somos demasiado buenos juntos, para ser cierto..
¿Que significaban aquellas palabras de Zedd? A caso, ¿él estaba consiente que lo nuestro terminaría muy pronto? ¿Como un parpadeo..?
En ese momento, preferí no preguntarle. Preferí no indagar sobre el significado de sus palabras. Solo me limite a observarlo sobre aquel balcón en el que nos encontrábamos. Su cuerpo reclinado sobre el ladrillo de este, mientras sus sutiles manos sostenían aquel pequeño cigarrillo, que a cada segundo, acercaba lentamente a su boca, inhalándolo despacio, expulsando el humo de este, que se abría paso al entorno fresco, en el que nos encontrábamos. Su mirada glauca penetrada al paisaje lóbrego, frente a nuestros ojos, como sí por un segundo, este viera múltiples escenas que se suscitaban a la lejanía, bajo el cielo grisáceo, que cubría la pequeña ciudad a su paso.
Y yo seguí observando a Zedd. Lo observaba. Lo observaba, con aquella chamarra de mezclilla que llevaba puesta. Lo observaba, percibiendo su perfume, dejando rastro en mis fosas nasales. Lo observaba con aquellos anteojos que le hacían juego a sus ojos. Lo observaba con aquellos rizos despeinados que lo caracterizaban desde siempre.
Lo observaba. Su cuerpo reclinado sobre los ladrillos del balcón. Sus sutiles manos sosteniendo el cigarrillo. Inhalándolo. Expulsándolo. Su mirada glauca penetrando al paisaje lóbrego.
Lo observaba. Observaba a Zedd. Y por un segundo, deje de sentir mi cadencia subsistiendo dentro de mí. Así siendo yo aquel cigarrillo que fumaba, tomándolo con firmeza sobre sus manos. Siendo yo aquel cigarrillo que inhalaba, inhalando mi esencia, mi cuerpo, mis extremidades enteras. Siendo yo aquel cigarrillo que expulsaba, expulsándome de él, detenidamente, sintiendo el humo, sintiéndome a mí, a cada segundo, que la nube color gris, salía despedida de sus pequeños labios. Siendo yo aquel cigarrillo, que manipulaba de manera delicada, llevándolo hacia él cada vez que quería, con un deseo adictivo, que corría por sus venas, cada vez que lo divisaba, aferrándolo a sus fuertes manos, siendo uno con aquel pequeño ente, que exhalaba una nube de humo que llevaba mi nombre.
Mi nombre en sus labios. Mi nombre en él. En Zedd. Mi nombre en su nombre.
Lo observaba, y ahí estaba él. Repitiendo aquella acción con el pequeño cigarrillo, una y otra vez. Y ahí estaba yo. Dejando que me fumara como aquel tabaco entre sus dedos. Dejando que me inhalara y expulsara, bajo el cielo grisáceo de enero; formando una ola de humo, que narraba nuestras noches de encuentro, bajo la luna y la adrenalina, en medio de incertidumbre y silencio, donde nadie nos veía, donde solo él y yo subsistíamos, creando nuestro propio sentimiento inexistente hacia el otro, envolviéndonos en una aventura sin final aparente, que olía a una prohibición satisfactoria. Y ahí estábamos nosotros. Bajo el frio y el cielo grisáceo, perdiéndonos entre el deseo y el humo del cigarrillo, que escribía nuestros nombre, en medio de un utópico entorno.
Utópico, porque parecía que al estar a su lado, en aquel instante, a fuera, en ese balcón, bajo el cielo grisáceo de enero, era un momento ficticio, irreal. Y no por ser quien éramos, no por la historia que llevábamos cargando de tras, sí no por aquellas miradas que se reencontraban nuevamente. Miradas que hacían parecer aquel momento irreal. El instante, a fuera, en ese balcón, bajo el cielo grisáceo de enero, parecía ser un momento ficticio, irreal. Y no por ser quien éramos, no por todo lo que habíamos vivido juntos, si no por aquellos sentimientos indescifrables que flotaban en el aire.
Nos encontrábamos en lo que parecía ser un utópico entorno, por el sonido de nuestras voces abrazándonos, por el cigarrillo que fumaba Zedd, sobre su mano, y el humo que nos impregnaba, cubriendo nuestros cuerpos, de historias, palabras y emociones que exclaman nuestros nombres. Mi nombre en sus labios. Sus labios en los míos. Mi nombre en su nombre. Yo observándolo y él reclinado sobre el balcón, con el cigarrillo entre sus manos, inhalando y expulsando la nube gris frente a él. Su mirada glauca penetrada en el paisaje lóbrego, frente a nuestros ojos. Su mirada glauca penetrada en mí. Lo observaba y Lo observaba. Observaba a Zedd.
Me sentía identificada con el cigarrillo que Zedd fumaba. A veces, sentía que el no me quería lo suficiente. Que solo me usaba, como aquel cigarrillo que inhalaba. Sin embargo, prefería no pensar en eso. Ya que, realmente no sabia lo que Zedd sentía por mí. Aquello era un verdadero misterio.
—¿Que sientes por mí?—le pregunte de un momento a otro a Zedd, mientras todavía seguía fumando.
—Sara—replico lanzando su mirada glauca a donde me hallaba, observándolo, dejando que el humo y la oscuridad nos cubrieran—No lo sé. Solo sé que.., siento tanto por ti.
—¿Tanto?—pregunté—¿Pero qué clase de sentimiento es?
—Haces preguntas muy difíciles..—dijo Zedd, desviando su mirada.
—No, no es difícil..—titubee—yo solo..
—Sara, tu sabes lo difícil que es para mi hablar de sentimientos—dijo Zedd, evitando mirarme—Tu sabes por lo que he pasado.., tu sabes que yo..
Percibí la ola de emociones que se encontraba invadiendo el corazón de Zedd. Percibí la dificultad que tenia para dejar salir sus palabras. La dificultad para dejar que todo lo que sentía, todo lo que pensaba, fluyera.
No pude evitar abrazarlo. Abrazarlo con todas mis fuerzas.
Sabía que Zedd parecía un chico rudo. Un chico que no sentía. Sin embargo, también sabía mejor que nadie, qué de tras de aquella careta de chico malo que tenía, se encontraba un corazón sencillo. Un corazón real. Qué sentía. Zedd era más emocional de lo que la gente, o incluso de lo que él mismo, creía que era. Zedd sentía más que nadie, y él no se daba cuenta.
Él había pasado por tanto.. Por traumas y situaciones que nadie nunca tendría que pasar jamas. De alguna manera, por eso él era como era. Por eso era frio. Distante. Por las heridas de su pasado. Por las memorias que lo atormentaban.
Él había pasado por un infierno. Zedd mismo me lo había contado una vez.
Y ahí estábamos, en aquel balcón, dejando que el frio nos cubriera. En aquel balcón, abrazados. Nuevamente, dando lugar a que nuestros cuerpos entrelazados fueran los que se comunicaran.