Sara — años atrás (marzo del 2018)
Era marzo. Y Zedd seguía siendo parte de mis días. Nos seguíamos viendo casi todos los días de la semana. Iba a su departamento. Salíamos a recorrer la ciudad, en su moto, estacionándonos en cualquier lugar desconocido, y ver la vista a nuestro alrededor. Ya que, Nueva York, contaba con una vista única en cada rincón al que fueras. Nos gustaba perdernos, en medio de edificios, luces y rostros desconocidos. Nos gustaban perdernos, en medio de donde nadie pudiera vernos. En medio de la conexión, los instantes y las miradas que solo quedarían guardados en nuestras memorias.
Nos gustaba perdernos dentro de nosotros mismos. Explorando cada parte de nuestros cuerpos. De lo que éramos. Cada parte. Cada fragmento. De nuestras pieles. Extremidades. Y rincones. Nos gustaba trazar historias sobre nuestras espaldas, las cuales, expresaban emociones ocultas, que se encontraban dentro de lo que éramos. Emociones, que solo eran transmitidas, por medio de las miradas, bajo aquellas noches fantasmales de invierno. Emociones, que solo eran transmitidas, por medio de los trazos a dedo y tacto. Nos gustaba presenciar los sentires que nos provocábamos, en donde nadie podía vernos. En donde nadie podía escucharnos. Ver los rostros extasiados, ante el deseo mutuo de lo que éramos. Ante el deseo mutuo de nuestras pieles. De nuestros cuerpos. Ante el deseo mutuo de sentir nuestras extremidades entrelazadas entre sí. Nos gustaba experimentar sobre la electrizante manera, que teníamos de mezclar la conexión emergente, con la atracción almacenada dentro de nuestros corazones. Con la atracción que nos juntaba, una y otra vez, en medio del mirar adictivo que ambos teníamos. En medio de la manía adictiva de besarnos los labios y la piel. De besarnos el alma, con tan solo juntar parte de lo que éramos. Con tan solo juntarnos. Haciéndonos uno solo. Haciéndonos uno solo, en medio de la ciudad de luces. En medio de lo oculto. En medio de los recuerdos que nos conectaban, en espacio y tiempo, así alterando estos a nuestro antojo.
Alterábamos espacio y tiempo. Con tan solo mirarnos. Con tan solo sonreírnos. Con tan solo sentirnos, entre nosotros. Alterábamos todo a nuestro alrededor. Zedd me alteraba a mí. Yo lo alteraba a él. Dentro y fuera. Externa e internamente. Eran adictivos aquellos encuentros en donde alterábamos el espacio y tiempo a nuestro antojo. Eran adictivos aquellos encuentros en donde nos fusionábamos, por medio de un cálido beso, mientras nos recostábamos sobre las sabanas, las cuales nos acobijaban cada noche que compartíamos. Zedd era adictivo para mi. Yo era adictiva para Zedd. Adictiva desde que probábamos el sabor de nuestros cuellos, después de un largo día monótono. Adictiva la forma en la que entrelazábamos nuestras manos, mirándonos fijamente a los ojos, mientras éramos uno solo, bajo las sabanas, el deseo y la conexión, entre nosotros.
Me gustaba perderme, en lo que él me hacía. En la artística forma, en la que Zedd me tocaba. A veces con delicadeza. A veces con ternura. Y otras veces, con deseo. Con pasión y desespero. Zedd me tocaba como si pintara un lienzo inundado de diversos colores. Como si pintara, concentrándose primero en los tonos cálidos. Esparciendo la nitidez de estos, entre mis caderas y mi pecho. Luego, pasaba a pintar los colores fuertes. Esparciendo la intensidad de estos, entre mi abdomen y mis piernas. Y así constantemente. Me gustaba sentirlo a él. Sentir el arte que emana de sus poros. Sentir el arte, que hacía, con tan solo tocar una parte de mí. Era como si yo fuera parte de un lienzo que Zedd pintaba, absortamente, transmitiendo cada emoción de si. Transmitiendo cada sentir. Cada fragmento de él.
Me gustaba ver su rostro y su cuerpo extasiado. Darle placer con tan solo recorrer su cuerpo con mi mirar. Me gustaba sentir sus extremidades. Aferrar su cuerpo contra el mío. Me gustaba ser parte de aquel sentir, que lograba transmitirle. De aquel sentir, que él expresaba por medio de tañidos inundados de excitación. Tañidos que lograba contagiarme.
En medio de aquel encuentro, de nuestros cuerpos siendo invadidos de la excitación y el deseo que volaba por los aires, yo tenía en claro una cosa. Para mi, aquellos instantes de su sexo con el mío, no solo era para satisfacción mía. No solo era un encuentro casual y ya. Para mí, aquellos instantes, eran más que eso. Mirar sus ojos verdes, hipnotizados ante el sentir del choque de nuestras extremidades. Mirar sus ojos verdes, mientras miraba los míos, en medio de aquel constante movimiento, de nuestros cuerpos transmitiendo todo de sí, de nuestros cuerpos expresando. Expresando tañidos. Expresando sensaciones. Y emociones ocultas. Para mí, aquellos instantes era más que eso. Aquellos instantes, eran un intervalo, en donde sin importar qué, nos podíamos olvidar de absolutamente todo. En donde, sin importar que, no solamente, disfrutábamos de manera carnal, si no de otras formas, que entrelazaban nuestras almas. Haciéndola una sola. En donde me sentía atrapada ante la conexión que nos abrazaba en esos momentos.
Aquellos instantes, eran mágicos. Pues, al sentirlos, al vivirlos, significaban olvidarse del mundo. De los problemas. De la realidad misma. Aquellos instantes era solo suyos y míos. Aquellos instantes nos pertenecían. Y nos pertenecerían para siempre.
Nos gustaba terminar. Terminar lo que habíamos comenzado, por medio de nuestras miradas, nuestros labios, y nuestros cuerpos. Terminar y abrazarnos, sintiéndonos desnudos, entre las sabanas, que nos acurrucaban. Terminar y abrazarnos, en medio de la conexión, que nos acompañaba en cada latir. En cada segundo. En cada instante. En cada momento.
Terminar y sentir nuestros perfumes impregnados en nuestros labios, nuestro olfato y nuestros cuerpos.
Aquellos momentos con Zedd eran un viaje hacía otra realidad. Hacía otra realidad fuera de aquí.
Al final de todo, solo quería quedarme en cama con él. Quería que nos quedáramos ahí. Completamente desnudos. Siendo parte de las cómodas sabanas. Lejos de la realidad. Lejos de todo.
Solo quería quedarme ahí, en donde estaba segura bajo los brazos de Zedd. En donde me encontraba reposando sobre su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo. Sintiendo el palpitar de su alma. El descanso en su interior. Sintiéndome a mí misma, sobre él. Acostada sobre su tersa piel.
Quería quedarme ahí y olvidarme de la realidad allá afuera. Olvidarme de todo y de todos.
Era marzo. Y Zedd y yo, nos seguíamos viendo casi todos los días de la semana. Iba a su departamento. O recorríamos la ciudad.
Nos gustaba perdernos, en medio de edificios, luces y rostros desconocidos. Nos gustaban perdernos, en medio de donde nadie pudiera vernos. En medio de la conexión, los instantes y las miradas que solo quedarían guardados en nuestras memorias.
Una noche cálida de marzo, nos perdimos en medio de un lugar escondido de la ciudad, en el que nunca antes habíamos estado. Aquel lugar, no era muy conocido. Se trataba de el faro del puente George Washington, cerca del parque Fort Washington, en Washington Heights. Solo nos habíamos montado sobre aquella moto, dejando que nos guiara a dónde quisiera. Y ahí habíamos llegado. Frente aquel pequeño faro rojizo, que alguna vez funcionó, alumbrando el camino, en medio de las aguas.
—No conocía este lugar—repuse, mirando la manera en la que Zedd lanzaba su vista hacia el espacio en el que nos encontrábamos.
Zedd y yo nos sentamos sobre unas rocas, admirando aquel faro de color rojo, que parecía salido de un cuento infantil. Nos sentamos sobre unas rocas, mientras observábamos el ocaso frente a nosotros. El ocaso. El atardecer, que cernía, con tonalidades rosáceas, esparciéndose sobre el manto del cielo.
—¿Eres feliz?—le pregunté, mientras seguíamos sentados, admirando el paisaje a nuestro alrededor.
—Feliz, no seria la palabra que usaría—repuso Zedd, sosiegamente—Mas, no soy infeliz..—un silencio se extendió, haciéndome pensar más de cerca en las palabras que Zedd había dicho—y tú, ¿eres feliz?
—Eso creo—contesté—Pero sería más feliz si pudiera congelar este instante para siempre.
—¿Por que?
—No lo sé.., solo no quiero este momento termine.
De un instante a otro, Zedd tomo mi mano, de manera sutil. Sentí su tacto, su piel, reposar entre mis dedos. Me gusta sentir cada parte de ti.
—¿Recuerdas cuándo éramos niños?—dijo Zedd, con una sonrisa sobre su rostro, mirándome a través de la oscuridad que iba pintándose en los cielos—¿Recuerdas cuando Daniel le dijo a toda la escuela que habías ido a mi departamento una tarde anterior?
—Si—reí—Y que Lisa se alejó de mi..—volví a decir, dejando que aquellos recuerdos me invadieran. Recordando lo mucho que me dolía perder la amistad de Lisa, en aquella época de adolescencia—Y tu también.., tu también te añejaste de mí—replique, mirando la silueta de Zedd, que emanaba una tranquilidad contagiosa—¿Por que te alejaste de mi en aquellos días? A caso., ¿te molestó lo que Daniel dijo de nosotros?
Volví a recordar todo. Aquella época. A recordar como de un momento a otro, Zedd se alejó de mí. Siempre creí que había sido porque no quería que lo involucraran conmigo.
—No, no me aleje porque dijeran que había algo entre tu y yo—dijo Zedd, provocándome diversas sensaciones con aquellas palabras.—Me aleje porque me di cuenta que solamente te traía problemas. Por mi culpa perdiste tu amistad con Lisa. Y vi lo mal que la estabas pasando.. Por eso me aleje
Zedd se había alejado de mi porque creía que aquello seria lo mejor para mí. Entonces, ¿en aquella época le importaba?
No dije nada. Solo le sonreí. Siendo uno con la oscuridad y nuestras manos entrelazadas, mientras mirábamos el paisaje, las aguas, el puente sobre nuestras narices y el faro rojizo que se alzaba a un costado.
Nunca dejas de sorprenderme, Zedd..