Sentí mis sientes retumbar dolorosamente. No cabía en mí la aceptación de verla morir. —¡Diana! —grité, corriendo hacia el cristal—. ¡Diana, no! —volví a gritar golpeando con todas mis fuerzas el cristal. Era inútil, pero el desespero me cegaba. Así que miré a todas partes y di con la ubicación del bate. No calculé el tiempo que me tomó agarrarlo en mis manos y regresar al objetivo, golpeándolo. Apenas crujió el cristal, no se rompió, Diana seguía dentro, flácida, lánguida, inconsciente. Repetí el golpe, el cristal pareció querer fragmentarse, pero se dibujaron asomos de unas grietas, el agua no parecía poder salir. Di otro golpe con el bate, cada vez se resquebrajaba más el vidrio, pero no terminaba de romperse, como si fuesen unas cuan

