Esperé que se terminara de ir, estaba segura de que no iría a recordar mi cara, que ningún rastro de sangre había dejado en el auto y tampoco el conductor sabría con certeza cuál de los edificios de la calle en la que me había dejado, era donde yo vivía. Así que me encaminé por la acera hacia mi lugar de residencia, la casa de mi suegra. Al llegar saludé al perro guardián con una caricia, así que no me ladró y de ese modo pude entrar a la casa sin hacer ni el más mínimo ruido que sirviera para despertar a Tania, mi suegra o a Jorge, mi novio. Por suerte el maldito vigilante estaría dormido, o enrollado con su jefa en su respectiva habitación, así que no haberlo visto por allí fue un buen golpe de suerte. Entré a mi habitación luego de abrir la puerta a pulso y me encontré con que Jorge e
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