Seguía en esa banca.
El vestido aún húmedo de sangre se pegaba a mi piel, ya no me dolía el cuerpo… me dolía el alma. No sabía si estaba dormida con los ojos abiertos o simplemente flotando entre la angustia y el silencio. Había dejado de llorar hacía rato, pero mis ojos seguían ardiendo. Me dolían los dedos de tanto apretarlos, el cuello de tanta tensión, y la garganta de tanto contener gritos.
Y entonces la vi.
—¡Ana! —su voz resonó fuerte, como un rayo de sol en medio de la tormenta.
Levanté la vista y ahí estaba Clara, corriendo hacia mí, con el cabello alborotado, un abrigo largo sobre su ropa casual, y detrás de ella, los dos guardaespaldas de Liam. Su rostro se contrajo al verme.
Me lancé a sus brazos sin decir nada. Las lágrimas volvieron sin permiso, con rabia, con dolor. Ella me apretó tan fuerte que sentí que por fin alguien sostenía mi mundo cuando yo ya no podía más.
—¿Qué pasó? —susurró, con la voz entrecortada.
—Le disparó… Clara… Amanda le disparó a Liam… cayó en mis brazos… yo… yo no podía hacer nada… —las palabras salían ahogadas, quebradas—. Nos íbamos a casar, estábamos en el altar y… y ahora está luchando por su vida.
Ella me acarició la espalda con fuerza, como si quisiera calmar la tormenta que llevaba dentro.
—Dios mío, Ana… estoy aquí, ¿okey? Estoy aquí contigo. No estás sola —me dijo, mirándome a los ojos mientras me limpiaba las mejillas con sus manos tibias—. Vamos a salir de esta. Liam va a salir de esta.
Asentí, aunque no podía creer nada.
—No tengo los números de su familia, Clara… no los tengo. No sé si alguien les avisó. No sé qué hacer.
Ella asintió con determinación.
—Déjame eso a mí. Me encargo, ¿sí? Tú quédate aquí. No te muevas.
Sacó su teléfono y empezó a teclear con rapidez. Llamó a alguien, habló con tono urgente. No entendí nada. Pero la vi moverse con firmeza, con el temple que yo ya no tenía.
Poco después, un guardaespaldas se acercó y le entregó un papel. Clara leyó y asintió. Me hizo un gesto.
—En unas horas llegarán sus padres. Pero hay alguien más en camino. Un amigo de infancia. Arturo. Hermano de vida, me dijeron. Viene lo más rápido que puede.
Sentí una pequeña chispa de alivio. No estaba sola. Liam tampoco.
Y justo entonces, como si lo hubiera invocado, apareció.
Era alto, moreno, con un rostro serio y unos ojos oscuros que escaneaban cada rincón con precisión. Vestía de n***o, y su presencia imponía. Al verlo, me puse de pie, con el corazón latiendo con fuerza.
Él se acercó sin decir una palabra. Me observó de pies a cabeza. Sus ojos se detuvieron en mi vientre, luego en el vestido manchado, y finalmente en mis ojos enrojecidos.
—¿Ana? —preguntó.
Asentí.
—Soy Arturo. ¿Dónde está Liam?
—Está en cirugía… lo estabilizaron… pero… aún no sé nada más…
Él no mostró emoción. Solo asintió y se giró hacia el mostrador. Su voz fue firme.
—Quiero hablar con el médico a cargo de Liam Valtor. Ahora.
Nadie discutió. Nadie osó negarse. Unos minutos después, un doctor salió. Arturo habló con él en privado, luego firmó algo, hizo llamadas, habló con Clara. Todo se movía a su alrededor mientras yo solo me sostenía a duras penas, respirando porque alguien tenía que hacerlo por el bebé que crecía dentro de mí.
—Ana —me dijo Arturo al rato—. Ya hablé con el jefe de cirugía. Está estable. Pero sigue en riesgo. Han sacado la bala, pero ahora hay que esperar. No está solo, ¿de acuerdo?
Asentí. Quise agradecerle, pero no pude. Solo bajé la cabeza, apretando las manos sobre mi vientre redondo.
Él se acercó un poco más.
—Ese bebé… es suyo, ¿verdad?
—Sí —susurre mientras mentía.
Sus ojos se suavizaron un poco, apenas.
—Liam hablaba de ti todo el tiempo. Me envió fotos tuyas. Me dijo que lo habías salvado sin darte cuenta. Y que por ti, había aprendido a amar de nuevo.
Mis lágrimas brotaron sin control.
—Él me salvó a mí, Arturo… me enseñó lo que era el amor de verdad. Y yo no… yo no puedo perderlo…
—No lo vas a perder —me dijo firme—. Yo no voy a dejar que eso pase.
Se alejó para hacer más llamadas, organizar más cosas. Arturo estaba tomando el mando. Mientras tanto, Clara me acompañaba, sin soltarme la mano. Afuera, una tormenta había comenzado a caer. Pero dentro de mí, por primera vez en horas, algo parecido a la esperanza comenzaba a nacer.