Nuestros labios danzan a la par con hambre mientras nuestras lenguas juguetean de forma traviesa. De momento siento calor y la ropa se torna asfixiante. Cómo deseo desnudarme y desnudarlo a él. Quien viera al señor Lacroff, tan serio y reservado, sin embargo, en este momento parece un depredador peligroso, que disfruta saborear a su víctima. Sus labios dejan los míos para atacarme el cuello con lamidas. Ah... Es tan delicioso que me remuevo inquieta ante las sacudidas en mi pelvis y los temblores de mis piernas. Los dedos se me enredan en el cabello de él, como manera de motivarlo a seguir con esta delicia y tal vez ir por más. «Sabes que no puedes darle más que esto». Esa realidad me golpea de repente. Me pongo rígida y el desánimo va acabando con la pasión que hace poco me estaba

