La carroza se detuvo con un crujido de ruedas sobre la grava desigual frente a una cabaña de aspecto modesto que parecía haber sido abandonada durante años. Celeste se asomó por la ventanilla, con sus ojos aún hinchados por las lágrimas, tratando de entender por qué habían llegado a un lugar tan desolado en lugar del palacio real que esperaba. —¿Dónde estamos, porque el carruaje se ha detenido en este lugar? —preguntó con voz temblorosa, dirigiendo una mirada confundida hacia Adael—. Comandante, este no es el palacio. ¿Por qué me ha traído aquí? La expresión del Comandante Supremo cambió en un instante. La máscara de preocupación profesional se desvaneció, reemplazada por una frialdad que hizo que Celeste sintiera un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Con movimientos perfectos

