LIAM El ascensor se detuvo con ese zumbido grave que siempre suena a antesala. Bajé solo. El pasillo del subnivel olía a metal y a clima controlado, a ese frío limpio de las salas que guardan secretos. La puerta del laboratorio reconoció mi huella y dejó caer el cerrojo con un clic que sentí en la nuca. Dentro, la luz era de un azul quirúrgico. Tres racks respiraban en silencio. Dos mesas con herramientas. Un sofá que nadie usaba. Y Matt, de pie, con una taza de algo que nunca fue café pero que le servía para tener las manos ocupadas. —Llegaste —dijo sin darse el gusto de sonar aliviado. —Traje lo que pediste —levanté la mochila—. Y hambre, pero Saanvi me mandó con comida, así que el segundo problema está controlado. La mueca de medio segundo fue lo más parecido a una sonrisa que le vi

