Me levanté temprano, como todas las mañanas desde que llegué a casa de mi abuelo. La luz del sol entraba con fuerza por las ventanas desvencijadas, obligándome a salir de la cama. A diferencia de la comodidad que tenía en mi casa, aquí las mañanas eran diferentes, más simples, pero también más reales. Decidí usar algunos de los billetes que me quedaban para comprar comida. Mi abuelo no tenía casi nada en la despensa, y aunque no era mi responsabilidad, no podía ignorarlo. Salí con ropa ligera y caminé hasta el mercado, disfrutando del ambiente bullicioso del lugar: los pescadores descargando sus redes, las mujeres regateando, y los niños corriendo descalzos por el puerto. Entre los puestos de frutas y pescado, me llamó la atención una pequeña mesa llena de collares hechos a mano. Me acer

