—No te alejes señorita, queremos largarnos de este río—Dijo un hombre a Beatriz, había pertenecido a las SS (organización de la Alemania nazi).
—Si, eres la única persona viva, sólo tu puedes librarnos—Dijo una mujer, ella igualmente se había suicidado junto a sus pequeños retoños, las almas de sus hijos se mantenían en su anterior apariencia de bebés.
—Percibo sus espantosas formas físicas y su penosa condición emocional que los aflige ¿Como podría socorrerlos, siendo yo, una criatura tan insignificante?—Exclamó Beatriz al percatarse de que todos habían sido partícipes del mayor s******o colectivo registrado en el país. Aún conservaban sus cuerpos ensangrentados y ajusticiados por el atentado ocurrido en el pasado.
—¿Es que no lo sabes?—Dijo Fred, aproximándose a Beatriz y mirándola fijamente a los ojos—Eres un alma muy desarrollada, dotada de mucha energía.
—No me digas eso, que al momento de nuestro encuentro, tu también huías de mí—Dijo la chica algo estupefacta, debido a estar rodeada de tantos fantasmas.
—Eso lo hice porque aún no apreciaba la verdadera dimensión de tu alma, más ahora percibo que tu alma es gigante—Dijo Fred de un modo solemne.
—Calma, no temas, no te va a sobrevenir nada malo—Dijo Gisela, trataba de apaciguarla acariciándole el hombro, empero Beatriz sintió mucha repulsión, ya que ella expedía abundante sangre de sus muñecas.
El ambiente continuaba ahogado por el miedo y la presión social antaños.
Entre los ciudadanos moribundos también se hallaba una muchacha de unos quince años de edad. Beatriz experimentó un impulso irresistible de juntarse a la criatura. Tomó sus manos y le dijo:
—Oye preciosa, yo te conozco. La chica, de nombre Amanda Michelle Franks, era una joven judía que había sido encerrada, torturada y abusada, de todas las formas posibles, por años, antes de ser liberada por los soldados soviéticos. Al escuchar su nombre por primera vez en el colegio, Beatriz se obsesionó con su historia y ahora sentía profunda piedad por la joven
—Pequeña Amanda. Así te llamas ¿Verdad?—Le dijo Beatriz y tocó su cara, empapada de lodo y sangre, la muchacha judía tenia un rostro vacío, que denotaba miseria—Chiquita, sé cuánto has aguantado, sé de tu historia, y no es justo que aún hoy, vagues por la tierra sin hallar paz en tu corazón.
Beatriz la consideraba una hermanita aún sin haberla conocido anteriormente, todo esto por las profundas lecturas recopiladas Bedford.
—¿Que puedo hacer por todos ustedes?—Declaró Beatriz a gran voz—Yo, una pecadora más.
Los fantasmas le rogaron persistentemente a Beatriz que les hiciera pasar al mundo de los vivos. Amanda dió un grito macabro, diabólico, que resonó por doquier. La muchacha judía se tiró al río, acompañada de un profundo llanto.
Cuando la mayoría de los muertos estaban ya muy cerca de Beatriz, asediándola, resplandeció una luz muy intensa, a lo alto de una cumbre. La luz era cegadora. Beatriz cerró fuertemente sus ojos para no dañarse la vista.
Al entreabrir sus ojos, divisó en lo alto de la montaña a Alberto, su maestro de colegio, tenía los brazos levantados hacia el cielo.
Los fantasmas se dispusieron a atrapar a Beatriz. Ella corría -con todas sus fuerzas- hacia la dirección del docente, mientras vociferaba a los fallecidos:
—Dejenme en paz ¡no les debo nada!
—¿Cómo que no? Te conozco joven Beatriz, reconozco tu rostro, en tu vida pasada fuiste m*****o de la URSS—Le dijo un fantasma clamando venganza, le agarró un pie. Beatriz no asimilaba cómo podía un ser inmaterial tocar su materia.
Alberto provocaba, al levantar las manos, el descenso de rayos desde la estratósfera, como entronizando una fuerza suprema del cielo a la tierra. Los rayos hacían temblar el territorio de forma variable. Los efectos del terremoto, desde el epicentro, se lograban sentir hasta 160 km, provocando daños graves por doquier.
Alberto decía:
—Dado que sus organismos están ensangrentados y padecen grandes agonías, esto no es casualidad, sino que es retribución kármica por aquellos que se suicidaron en vidas pasadas—Al concluir estas palabras, muchas almas avanzadas ascendían al cielo, otros en cambio, los menos evolucionados que aún guardaban intensos remordimientos, se desintegraban en el aire.
Al oír estas amonestaciones, surgió gran fé en los restantes suicidas. Prometiero nunca más importunar a los moradores del lugar y tratar de elevarse a otras esferas celestiales, perdonándose a sí mismos y a sus pasados agresores y homicidas.
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