Capitulo XXI

943 Palabras
“Ya no existo como vosotros descubrí mi cielo aquí, en el medio líquido, donde nació la vida. No me siento solo. Acá te sientes más unido a la vida. Los océanos de aquí son semejantes a los de Titán, en Saturno. Los mares de las distintas orbes tienen mucha similitud entre si, salvo ciertas variaciones. El agua se encontraba aquí desde que el mundo se formó, y posteriormente llegó en más cantidad desde el cinturón de asteroides, ya que en esa zona hay mayor concentración de deuterio. Mamá, busca a Dios Papá, vence tu sospecha y reclamos a Dios, enmascarado de escepticismo que solo te vuelven más altivo. Cada día aspiro más irme de aquí, me conmueve desmesuradamente el calentamiento global. En vista de la proporción actual de la contaminación, los océanos del mundo quedarán desprovistos de vida. La sociedad ha tenido durante siglos la noción equivocada de que los océanos tienen una disposición inacabable para recibir los desperdicios. En este ambiente acuoso todo se mueve, todo se transforma con considerable prontitud. A diferencia del ambiente terrestre, aquí no se puede pretender ser inerte, tus celulas y partículas se mueven más, a causa de la mayor conductividad eléctrica y térmica por la salinidad del agua. Por las mareas estoy más consciente de las fases lunares. Aquí cada ser se alinea a estos intercambios energéticos globales, ocasionado por las mismas. Hay que honrar la vida, porque todos nos trasladamos por diferentes etapas de existencia. Anteriormente a ser humano: alguna vez fuí la libélula en las charcas; fuí las anémonas de mar, que comúnmente son confundidas con plantas debido a su apariencia fija y ramificada. Fuí la medusa inmortal capaz de revertir su edad adulta a una edad sexualmente inmadura, cuyo ciclo puede repetirse indefinidamente. Fui todo eso y más. Tenemos que salvar los océanos si queremos salvar a la humanidad¹“ Este mensaje estaba grabado en la superficie de una gran concha blanca, en forma de espirales con patrones de crecimiento . La escritura aparecía en el centro y, acorde más se expandían los espirales, los mensajes se mostraban más alarmantes. La letra era de color verde alga marina. En una porción interna de la caracola decía: “Verdaderamente, la naturaleza y los demás seres suministran al hombre, contemplen el ejemplo de las algas, proporcionan alimento, refugio y hábitat a las demás especies. Su vida es un eterno donar(se). Como mencionaba un verso bíblico: "el sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado"². Aquí se manifiesta cómo todo en el planeta sirve al alma, y no podría ser de forma opuesta. Sin por ello irrespetar la vida y la armonía en todo.“ Beatriz la leyó en voz alta, soportando el impacto de lo inesperado. Después de un rato, le dijo a Clara. —¿En realidad están convencidos de que estos grabados los escribió Uriel? — Agustín lo descubrió en un sector de la playa. Cuando lo vió, muchos delfines se localizaban por aquella zona. El escrito es muy evidente en su destinatario. Está dedicado a nosotros y al mundo. Nuestro hijo ahora es una especie de cetáceo. Se encarnó en un animal así. No me preguntes cómo. —Con las experiencias vividas, la verdad ya nada habría de asombrarme. Beatriz tomó una fotografía de la concha, la guardó con gran consideración, ya que estimó que desvelaba revelaciones espírituales relevantes a la humanidad. Clara le propuso a Beatriz quedarse a comer. Durante la comida, Beatriz preguntó: — Tengo una duda, no lo vean como una disposición egoista mía pero ¿No saben de algún recado que Uriel me haya dejado a mi? —No la verdad. Pero si quieres puedes consultar—dijo Clara. —Hay un precioso delfín que se me manifestó en un sueño, estoy confiado de que existe en la materialidad. Tenía la dicción de mi niño. Por esta y más pruebas sé que mi hijo anda por ahí en el Océano—dijo Agustín, como alguien totalmente curado de su escepticismo. — Entonces, tendré la oportunidad de consultarle cosas— dijo Beatriz como si sus ojos volvieran a reflejar ilusión. Al acabar de alimentarse, Beatriz se quedó un rato en la sala, mientras Clara y Agustín se trasladaron a sus respectivas habitaciones, donde acostumbraban a pasar mucho tiempo aislados. Beatriz ingresó a la habitación de Clara, cerró la puerta y le dijo: —¿Puedo hacerle una pregunta? —Si claro—dijo Clara. Beatriz bajó aún más la voz y le dijo: —¿Usted cree que yo pueda enamorarme una vez más? —¿Por qué me preguntas eso? Claro que sí mi niña—por la forma cortez con la que se lo decía, Beatriz sonrió. —Uf, gracias. Siento que me extrajo un peso de encima. — Pero ¿por qué vacilas de algo así? enamorarse es normal. —Es que yo le prometí a su hijo que lo aguardaría. Le prometí fidelidad. Pero la vida se transmuta y tiene sus giros. Sentí que lo esperaría, que podría, pero no sé. Ahora, por las alteraciones tan rotundas en todo, a él lo siento más lejano, casi impenetrable desde la perspectiva humana. —No te sientas culpable. No te reclamaría, de manera egoista, lealtad a mi hijo. No le debes nada. Esa decisión de serle fiel fue tuya, pero tienes completo derecho de cambiar. Cambia de pensamiento si así lo deseas. —Se me complica tomar decisiones de este nivel de trascendencia. Pero su voz tiene autoridad sobre mí, y me siento más calmada. —Tranquila ¿te menciono algo? ni mi hijo es perfecto. Beatriz se despidió.
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